Un accidente, música de ópera y Soledad Puértolas

ARÁNZAZU GORDILLO.

Descubrí a Soledad Puértolas como se descubren las cosas importantes en la vida: sin pretenderlo y por accidente. Andaba buscando un ensayo en la biblioteca cuando me topé con un ejemplar descarriado; un libro que no estaba en el estante que le correspondía. Se trataba del libro de relatos Compañeras de viaje, donde una serie de personajes femeninos acompañan a alguien en un viaje que, en principio, no les concierne.

En pocas semanas había leído ya gran parte de su obra (Historia de un abrigo, El adiós de las novias, El bandido doblemente armado, Mi vida en vano…). Al fin, en un arrebato de mitomanía pueril, llegué a un documental sobre su vida y obra con el que,  ya sí, se produjo lo inevitable: el rotundo flechazo.

Ahora Soledad Puértolas publica su última novela, Música de ópera (Anagrama). Es la historia  de tres mujeres, de tres generaciones (Doña Elvira, amante de la ópera; Valentina, su sobrina; y Alba, la nieta), con el ya tan recurrente trasfondo de la Guerra Civil.

Ciertamente, el argumento, presentado de este modo, puede resultar poco atractivo; dramas femeninos y miserias bélicas escritos en tantas ocasiones con anterioridad. Pero lo importante en la literatura de Puértolas es la voz. Esa voz  con la que caracteriza cada una de sus obras, cada uno de sus narradores. Música de ópera está escrita en tercera persona a través de un narrador que recuerda las luces y sombras de sus tres personajes principales. Puértolas afirma que esa voz narradora bien podría pertenecer a la más joven de sus personajes, a la nieta.

“A media mañana de un soleado día de febrero, Elvira Ibáñez, viuda de Rafael Claramunt, salió a la calle con un propósito determinado que, curiosamente, olvidó en cuanto aspiró la primera bocanada de aire fresco”.

De esta manera introduce Puértolas a su personaje principal, Doña Elvira. Una mujer hedonista que no se ha planteado la felicidad a lo largo de su vida; que no está dispuesta a planteársela.  Doña Elvira es un personaje de un realismo casi perturbador, precisamente, por la extrañeza que provoca en el lector una mujer de universo tan contradictorio, capaz de despertar en otros gran disparidad de sentimientos.

Conforme avanzaba en la lectura no pude evitar pensar en  el iceberg de Hemingway; o la importancia de lo que no se dice en un relato al escribir. Como Hemingway, la autora de Música de ópera construye una historia conmovedora a partir de la mera sugerencia: mediante las conversaciones inacabadas de los personajes, rencores, sutiles gestos y silencios. Sobre todo silencios . Soledad otorga plena libertad al lector para que sea éste el que termine de construir, finalmente, el relato.

Posiblemente, las mejores páginas de esta novela sean las que se corresponden con la parte epistolar. Doña Elvira se refugia,  de un modo casi religioso, en las cartas que escribe a una amiga ya fallecida. Es en esas cartas donde podemos percibir la verdadera naturaleza de la protagonista. Donde podemos disfrutar de la contradicción de un personaje que en cualquier momento saltará del libro y se sentará frente a nosotros, a escuchar su apreciada ópera. Y esas son sus armas. Las armas que Elvira necesita para soportar la futilidad de los días pasados y venideros: la música y las cartas.

Música de ópera habla de mujeres. De la cotidianeidad de esas mujeres y de los rincones oscuros que las conforman. En la literatura de Puértolas suenan notas de Pío Baroja, pero también de  Elizabeth Strout o Alice Munro.

Sin pretenderlo y por accidente o, con la plena consciencia del que escoge cada una de las piezas que conformarán su joyero, acérquense a esta obra y disfruten de su elegante musicalidad.

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