Bonding (2019), de Rightor Doyle – Crítica Serie TV

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Por Jaime Fa de Lucas.

Netflix sigue su línea de ofrecer series relativamente provocativas que se centran en temas sexuales (Sex Education, Big Mouth…) con esta Bonding, en la que una joven que trabaja de dominatrix contrata a un amigo para que le ayude. El título es un juego de palabras entre el bondage y la conexión que establecen los dos protagonistas.

A pesar de su sugerente premisa, Bonding no es más que una serie disparatada que ni ata ni engancha –ni duele ni da placer–, pero que se deja ver gracias a la brevedad de sus capítulos. Sí que tiene algunas situaciones graciosas y algunas frases ingeniosas, pero está llena de inverosimilitudes y artificios narrativos. Su principal problema es que trata un tema oscuro con un enfoque que roza lo infantil y en ningún momento consigue un equilibrio tonal entre lo serio y lo cómico.

También adolece de una falta de profundidad considerable, limitándose a ser una especie de historia de autodescubrimiento algo típica más allá de sus ingredientes moderadamente diferentes. Doyle intenta añadir algo de sustancia con las clases de psicología y con alguna pincelada pseudofilosófica, pero se queda a un nivel excesivamente superficial.

Las actuaciones de Zoe Levin y Brendan Scannell son correctas y a nivel técnico, salvo algunas escenas mal concebidas, es competente. No obstante, si dejamos de lado a los dos protagonistas, el resto de personajes son meras caricaturas que no tienen ni un ápice de autenticidad.

Me parece especialmente débil que ese “bonding” que se desarrolla entre los dos personajes surja dando por hecho que ambos adoptan su trabajo de dominadores como si fuera su identidad, sin ni siquiera reflexionar sobre la relación que existe entre el trabajo y la identidad, obviando que no hay más dimensiones en la personalidad. Ella no duda en definirse como dominatrix, pero realmente no se explica con profundidad por qué lo es o qué resonancia tiene esto en su ser. Esto se extiende a las tendencias retorcidas que circulan por la pantalla: el espectador en ningún momento descubrirá por qué hay gente que disfruta con ese tipo de cosas; sólo verá el acto como efecto, pues Doyle se limita a presentar el dedo que señala, sin mostrar ni un mísero reflejo de la luna que se alza a lo lejos.

 

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