RELATO// ‘Eterna tarde de amor’, de Martín M.

MARTÍN M.

Aquella tarde viví una de las más grandes historias de amor de mi vida. Todo fue sumamente diferente a cualquier cosa que alguna vez haya podido imaginar para un acto de semejante magnitud. Desde su principio hasta su fin. De hecho, partiendo de la base, observo que la tarde no es el momento del día en el que suelen abundar las citas románticas, menos aún en el verano, y con una temperatura que promedia los treinta grados. Pero nada importaba. A veces, las cosas suceden naturalmente. Y, por suerte, así fue.

Yo te esperaba impaciente bajo la sombra de un árbol, sentado en el cordón de la vereda mientras jugaba con un palito en la brea derretida. Cada tanto, levantaba la vista disimuladamente para no perderme tu llegada. Me divertía verte caminar y contemplar el vaivén incesante de tu vestido floreado. Además, al momento exacto de verme no pudiste evitar reírte y acomodar el cabello con tu mano izquierda, justo a la altura de la casa de ladrillos rojos.

Sucedió de esa forma. Caminaste hacia mí y reíste. Acariciaste tu pelo por detrás de tu oreja y disminuiste el paso. Todo muy sencillo, todo tan hermoso.

Nos perdimos por las calles desiertas de la zona. Cada tanto algún transeúnte pasaba con prisa frente a nuestra marcha lenta y despareja. El sonido de un tren retumbó en el silencio y yo tapé tus ojos con las manos. Deseamos cosas secretas –justo en el instante en el que el convoy pasaba delante nuestro– aunque intuyo que ambos sabemos la petición soñada. Un perro callejero se unió a nuestro incierto periplo siguiendo nuestros pasos incansablemente. Cada tanto preguntabas cosas de mi vida, mientras yo respondía con torpes evasivas, aunque, a decir verdad, poco a poco comenzaba a relajarme y así lograste vencer mi coraza hermética.

Se hacía tarde. Decidiste partir. El sol comenzaba a extinguirse por detrás de un edificio gris que contrastaba con las casas bajas. Nos despedimos con un abrazo breve, pero intenso, bajo las chapas del andén del ferrocarril. Te fuiste y yo bajé las escaleras con cierta nostalgia. Quizás nos veríamos nuevamente en una semana. Aunque nada era cierto todavía.

No obstante, insisto, pese a esta descripción algo confusa quizás, en que aquella tarde viví la historia más grande de amor de mi vida. Y no lo digo por los hechos en sí, porque fue todo demasiado básico. Muy diferente a lo que uno imagina como una velada romántica, o lo que puede observar habitualmente en las películas. No existieron velas, luces tenues, ni el sonido del mar de fondo introduciéndose por la ventana abierta de un cuarto de hotel, tampoco chocamos nuestras copas llenas de champagne mientras reíamos radiantes. Y mejor obviar detalles de mi vestimenta. Basta con decir que después de este encuentro me dirigía a un partido de fútbol. Pero algo intenso y mágico comenzaba a despertar. Tal vez el azar guardaba para nosotros sus mejores cartas.

Y aquí estoy, sentado en la última mesa del bar mientras escribo este breve relato. Deslizo la birome por la servilleta de papel transparente y elevo la vista disimuladamente hacia la ventana que da a la calle. No deseo perderme por nada en el mundo el momento exacto en el que 7 años, 5 meses y 14 días después, atravesarás la puerta del café, volverás a acomodarte el cabello detrás de la oreja y disminuirás el paso al acercarte a mí. Seguramente, pagaré la cerveza y nos iremos juntos a casa. Está empezando a oscurecer, tenemos que preparar la cena y comprar, antes de que cierren los comercios, el alimento balanceado para Loquillo, aquel perro callejero que se unió para siempre en nuestro extenso camino, esa tarde de verano que sentenció eternamente esta hermosísima historia de amor.

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