RELATO// ‘Habitualidad’, de Martín M.

MARTÍN M.

Solo deseo abrazarte, amarte una vez más, hurgando en silencios profundos y sabios, tan habituales en vos. Quiero continuar pensándote, aunque hayan pasado cuatro horas desde la última vez que pude sentir la caricia de tu risa navegando por tus labios.

Aquí estoy, donde siempre suelo estar, en la misma plaza o en el bar contiguo a la estación de trenes, rodeado de los mismos amigos y junto a mis innumerables sueños. Transito los días muy simplemente. Vivo e intento dejar vivir sin perturbar a nadie. Seguro repita mi accionar y pida otro trago antes de que atravieses estas latitudes y el perfume de tu voz se introduzca por los recovecos de mi alma errante. Creo que –invariablemente– voy a sonrojarme al observar tus pies caminando sigilosos hacia mi mesa. Posiblemente vas a sorprenderme con la mirada hacia abajo, en el momento exacto en el que esté leyendo la sección deportiva del periódico y finja no haberte visto entrar por las puertas de madera.

Parece absurdo, pero pasaron más de dos décadas y aún siento cierto nerviosismo cuando sé que la hora de encontrarte está aproximándose. No digo que tenga mariposas en la panza, ni que vea un arco iris en el cielo. Es mucho mejor todavía. Porque lo que siento en mi interior es un amor tan cristalino, que me desborda del pecho y tengo que hacer una fuerza abismal para que las lágrimas no rueden por mis mejillas. Y pese a mi timidez cotidiana, hoy no quiero ocultar tales sentimientos, no voy a ser menos hombre por demostrarlos, sino –creo– muchísimo más notable por tener la virtud de poder vivirlos.

Así estoy. Impaciente de aquí para allá, de la calle al bar, del bar no sé a dónde. La llegada del tren indica que al fin el momento sublime de encontrarte está aproximándose. Entonces seguramente ingrese otra vez al café para ser testigo de un acto tan bello como emotivo, el instante en el que vea tus pasos pausados aproximándose hacia mí y tus labios besen mi rostro ruborizado. Intuyo que voy a hacerte preguntas tales como: ¿Qué vamos a cenar?, ¿cómo fue tu día?, y otros asuntos cotidianos de los que no quiero huir jamás.

Porque así quiero permanecer el resto de los días y más allá de ellos también, refulgente por las luces de este amor, que ennoblece la vida y hace trizas el dolor. Y aunque en ocasiones haya dudado sobre la existencia de lo divino y celestial, creo haber cometido un gravísimo error y ratifico con plena convicción que, en cada uno de estos reencuentros rutinarios del atardecer, los milagros en cualquier momento, pueden acontecer.

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