“La importancia de llamarse Ernesto”: Oscar Wilde y Ramón Paso, amigos para siempre

Por Horacio Otheguy Riveira

Sonríe Wilde en un palco donde pasa desapercibido. El Teatro Lara, inaugurado en 1880 (¡139 años ya!), le da la bienvenida a su obra de mayor éxito estrenada en 1895, un lustro antes antes de su trágica muerte a los 46 años, tras una decadencia estrepitosa por osar enfrentarse a cínicos aristócratas. Padre de familia con dos hijos, se enamoró de un muchacho que le trajo la ruina hasta morir solo en un hotel de París, después de años de cárcel por mantener relaciones sexuales con un hombre.

La importancia de llamarse Ernesto se estrena antes de su ocaso, como una brillantísima comedia con bastante influencia del vodevil francés, donde radicaban los maestros en hacer reír a la burguesía de sus propias trampas, hipocresías y no pocas perversiones, típicas de clase social poderosa. De aquellos ecos de muy festejadas obras coetáneas de Eugène Labiche y Georges Feydeau, surge este Wilde con voz propia, ya autor de obras muy valiosas (novelas, cuentos, poemas y comedias).

Esta versión castellana de Ramón Paso permite que un ilustre habitante del Más Allá como Oscar Wilde (coronado de múltiples premios, éxitos y consideraciones especiales después de muerto, traducido a numerosos idiomas) se instale en un teatro-reliquia de Madrid y se ubique de tapadillo en un palco. Ejecuta sonrisas que a ratos se convierten en carcajadas, sobre todo al presenciar el desparpajo de cuatro personajes femeninos a los que él no dio la debida trascendencia pero que aquí brillan con mucha gracia, notable fuerza. Personajes auténticos, los de las mujeres, mientras que los hombres son unos peleles siempre dispuestos a engañarse a sí mismos y engañar a quien se precie con tal de creerse seductores, decididos a que ellas les quieran.

Un juego vodevilesco magistralmente creado en inglés y estupendamente escrito y dirigido en castellano por Ramón Paso: un debut a la sombra de su admirado Wilde para la creación de una comedia cargada de ensueños, triquiñuelas y aventuras deliciosamente divertidas por una Compañía, la PasoAzorín Teatro, que por primera vez se introduce en un género sumamente delicado, un teatro en el que profesionales veteranos han encallado por equivocar el tono british de una función que, ante todo, necesita respirar la autenticidad de los maravillosos personajes que la habitan, sin limitaciones culturales ni geográficas: la tía Augusta, Lady Bracknell, domina su espíritu malicioso con tanto encanto que la queremos llevar a casa, incluso con el riesgo de ser destrozados con su imbatible capacidad de juzgarlo todo y a todo oponer una sentencia inclaudicable ligada al poder económico y la apariencia social. Es la espléndida Paloma Paso Jardiel quien encarna esta criatura de edad avanzada que parece bailar y cantar junto a señoritas adorables, enamoradizas como ellas solas, prendadas de falsos ernestos cuya conquista está jugada con la precisa, y preciosa, maquinaria del arte del vodevil.

Paloma Paso Jardiel domina una exquisita vis cómica en el diálogo picado, los ingeniosos gags y, en general, articula una clase magistral de alta comedia.

Las adorables jóvenes corren por cuenta de Ana Azorín e Inés Kerzan, que se mueven con la sencillez de un trabajo muy elaborado, muy preciso, dueñas de una “naturalidad” que no es otra cosa que el resultado de trabajo singular para transmitir la fascinante ingenuidad de sus pícaras criaturas. Son ellas las jóvenes expertas de la Compañía, capaces de oscilar entre un teatro costumbrista de hoy a la surrealista vorágine de ecos de la guerra civil. Sumergidas de lleno en un teatro alternativo que se ha ido haciendo a sí mismo en variedad de géneros (una tragedia por aquí, un Jardiel por allá, un Drácula para 2020…), Azorín-Kerzan son coproductoras y protagonistas de las obras escritas y dirigidas por Ramón Paso, y en cada aventura un vértigo nuevo, una sensación de descubrimiento insólito, pues pueden ir sin apenas transición de una obra a otra en un mismo día, y en cualquier caso aportan dinamismo, avidez por aprender, gran sentido del humor, y gran flexibilidad para el amor hacia sus propios personajes.

La última joven del reparto, Ángela Peirat, también integrante del elenco estable de la Compañía desde hace tiempo con notable variedad de personajes, interpreta aquí a una criada con la picardía contenida de las clásicas empleadas del hogar del teatro europeo del siglo XX, muy bien integrada en la agilidad y el ritmo casi coreográfico de esta versión.

Los varones son tres: los ernestos, impecables en su bobalicona prestancia, y en su seductora torpeza, Jordi Millán y David DeGea; y como el Reverendo bonachón, un simpático Guillermo López-Acosta.

El fantasma de Wilde ha llegado al teatro como los fantasmas de algunas de sus narraciones, en carruaje de blancos caballos, ya con el poder suficiente como para hacerse invisible, recorriendo tan a gusto las calles de Madrid, invadidas de horrendas máquinas que se mueven solas. Ya en su butaca, ríe la progresión admirable de su obra, festeja cómo se ha modernizado el concepto de puesta en escena, lo bien que se conjugan en castellano sus propuestas, con cuánto donaire se suceden las brillantes situaciones.

Ramón Paso dirige con precisión aportando ideas muy interesantes en pequeños toques anacrónicos (móviles, calzado deportivo) y atemporalidad en trajes que responden a épocas y diseños diversos. Desde luego, el autor-director agradece  mucho los aplausos de Oscar, así como los de toda la sala, llena función a función, sembrando un muy merecido éxito de una Compañía que trabaja muy duro en diferentes registros. A tal punto que, mientras en la sala principal triunfa esta Importancia de llamarse Ernesto, en la sala Lola Membrives también van de maravilla, dos obras suyas: Besarte, mimarte y follarte (martes 22,15) y Lo que mamá nos ha dejado (jueves 22,15). Una Compañía de repertorio única en esta época de vacas flacas también para el teatro nacional, que empiezan a engordar sabiamente a fuerza de esfuerzo, humildad y valentía.

El talento habitual de Inés Kerzan borda un personaje de gran personalidad, bien dispuesta a cazar a su Ernesto (David DeGea) con artes propias: tan convencida que odia ir de compras, ya “que si por mí fuera iría desnuda a todas partes”.

Ana Azorín compone un personaje sexy encantadoramente infantil. Uno más en su amplia creación de criaturas escénicas inolvidables. Su víctima, que se cree triunfador, es otro Ernesto, esta vez a cargo de un divertido Jordi Millán.

 

Versión y dirección Ramón Paso

Producción ejecutiva PASOAZORÍN TEATRO

Diseño de iluminación Pilar Velasco

Diseño de vestuario Inés Kerzan/Ángela Peirat

Vestuario de época Calabuch Costumes

Arreglos vestuario contemporáneo Sol Curiel

Espacio escénico PASOAZORÍN TEATRO

Realización de escenografía Alejandro Aguilera Cortés

Jefa de producción Inés Kerzan

Ayudante de producción Sandra Pedraz Decker 

Jefa de prensa María Díaz

Diseño gráfico Ana Azorín

Fotografía Ramón Paso

Ayudantes de dirección Blanca Azorín/Laura Auzmendi

TEATRO LARA. SALA PRINCIPAL. DEL 8 de agosto al 29 de septiembre 2019.

 

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