Al habla con Ignacio Mª Muñoz, autor de ‘Mía’

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REDACCIÓN.

Se presenta en Madrid, el 30 de octubre,  la nueva obra literaria de Ignacio Mª Muñoz: “Mía” (editorial Cuadernos del Laberinto. Madrid, 2019), una novela dividida en tres tiempos y con tres personajes diferentes que narra y profundiza en cómo la violencia hacia la mujer se ha ejercido a lo largo de la historia.

Angustias, Esperanza y Leticia son tres mujeres diferentes, de entornos sociales distintos, y que viven en tres momentos históricos alejados entre sí en el tiempo. Pero a las tres les une una misma circunstancia que acaba por hermanarlas en una común fatalidad: son objeto de violencia por parte de sus parejas.

Diferentes maneras de ejercer la violencia, pero basadas en una idéntica concepción patológica de ellos acerca de las relaciones: el sentimiento de propiedad del hombre sobre la mujer. Una misma ciudad imaginaria es el escenario en el que se desarrollan las tres vidas. Pero en contraposición a la evolución del paisaje urbano y de las costumbres sociales que el paso del tiempo nos muestra, las historias nos confirman la realidad dramática de que el problema de la violencia contra la mujer permanece al margen del tiempo. Un final distópico y ucrónico enlaza las tres historias, que se nos evidencian como tres retratos —en sepia, en blanco y negro y en color— de una misma realidad.

—¿En qué consiste Mía, cómo surgió la idea de esta novela? 

Por desgracia, con ver los noticiarios de la televisión, o leer los periódicos a diario, se presentan infinidad de posibles argumentos para escribir sobre el tema de la novela: la violencia contra las mujeres.


La duda se planteó a la hora de elegir entre escribir una única trama, centrada en unos únicos personajes, o presentar una sucesión de historias que transmitieran la idea de que el problema –aun presentando diferencias por razón de la época o las circunstancias, personales y sociales– mantiene una misma dramática esencia a lo largo del tiempo.

 

—La obra se desarrolla en tres partes claramente diferenciadas pero íntimamente unidas que la hacen original y que cuadran como un puzle. Técnicamente, a la hora de enfrentarse con el folio en blanco ¿le resultó complejo esta unión? 

“Mía” es, efectivamente, una novela resultado de la agrupación de tres historias independientes, que suceden en tres épocas diferentes y con tres protagonistas distintas, pero entrelazadas por varios elementos integradores: una misma ciudad, algunas referencias argumentales que se repiten en las tres historias…;  pero –sobre todo– un tema común subyacente: el maltrato hacia la mujer. No pretende abordar el maltrato desde todos los puntos de vista, ni en todas sus posibles manifestaciones, porque habría sido imposible.


El propósito era poner de manifiesto algo que a mi parecer es indiscutible: gran parte de las acciones de maltrato hacia mujeres obedecen a una concepción patológica de las relaciones, basada en el sentimiento de propiedad sobre la otra persona. Para concluir con que creo firmemente que esto podría evitarse con una educación sentimental y afectiva adecuada a chicos y a chicas desde muy pequeños. Por supuesto que no quiero decir con esto que no sean necesarias la mayoría de las demás medidas; pero que el problema hay que abordarlo desde antes de que se produzca. 

Al plantear la novela como un puzle de historias, intuí que la mejor manera de unirlas y darles una coherencia, que resaltara además la tesis y el propósito, era unirlas en un extraño giro al final de la última.

 

—¿Qué le gustaría cambiar gracias a la literatura? 

—No niego que al escribir –aunque suene pretencioso–, uno siempre tiene la remota aspiración de cambiar algo, además de entretener al lector y hacerle pensar. Si en este caso la obra pudiera aportar algo, me gustaría que fuera que quienes la lean se den cuentan de que pueden contribuir a que las cosas cambien si educan a sus hijos en el respeto a sus parejas, en considerar las relaciones afectivas como entre iguales, sin tentaciones de propiedad o poder.

 

—Además es usted poeta. Su anterior libro publicado “CRÓNICA DE AUSENCIAS y DE LA LUZ Y DEL OLVIDO”, (2017) logró buenas críticas y fue recomendado por lectores y libreros ¿Qué le ha hecho girar a la narrativa?

—Siempre he tenido aparcados argumentos, tramas…, o simples “ideas”, en embrión, sobre lo que escribir obra narrativa. Pero lo cierto es que también siempre iba dejando para más adelante la idea de dar a alguna de las ideas una forma definitiva. Cuando se publicaron los poemarios, pensé que era el momento de dedicar mi esfuerzo a intentarlo. De hecho, “Mía” es la primera novela editada, pero la tercera escrita. Ahora me gustaría que alguien quisiera hacer pública alguna de ellas, o las dos. Poesía y narrativa son, sin duda, dos maneras diferentes de contar; pero obedecen las dos a una misma vocación de hacerlo.

 

—Las fotografías de cubierta y contra son también de usted; y realmente son muy eficaces a la hora de plasmar el concepto que refleja la obra. Háblenos de su faceta como fotógrafo, coleccionista y experto de arte contemporáneo. 

—Alicia Arés, la editora de Cuadernos del laberinto cuida mucho la forma final del libro que publica, con idea de que resulte atrayente también como objeto. De ahí que siempre se esmere en la elección de las portadas. Cuando hablamos de editar esta novela le sugerí que utilizara una fotografía mía –hecha años antes que la novela– para la portada, porque se podía pensar que recogía y transmitía sutilmente la sensación agobiante de acoso y de persecución que trasluce la novela. Y la fotografía de la contraportada fue también fruto de la casualidad: estaba yo trabajando en marzo (ya estaba en marcha la edición de “Mía”) en Quito, cuando dando un paseo por el centro de la ciudad vi una pared llena de carteles medio arrancados y casi desprendidos que llamaban meses atrás a una manifestación contra la violencia hacia las mujeres. Los lemas de la convocatoria, dramáticamente incompletos, como rasgados, encajan al milímetro con los conceptos que quiere transmitir la novela. 

Ahora bien, de ahí a pretender ser fotógrafo hay un trecho. Soy un simple aficionado. Y la afición a hacer fotografías la he desarrollado a partir de la afición a coleccionarlas; que, a su vez, viene de mi afición genérica al arte. Mi padre era crítico de arte y coleccionista, y he heredado el virus (que conseguí inocular a mi mujer) por el arte y el coleccionismo.

También me parece excesivo calificarme de experto. Es cierto que he colaborado en algunas publicaciones con escritos sobre la materia; y que he tenido la inmensa suerte de formar parte de jurados de importantes certámenes artísticos.

—¿Qué le pide a la vida? 

—No me gustaría caer en la respuesta tópica de una “miss” en un concurso de belleza, porque desde el punto de vista estrictamente personal, me temo que no resultaría muy original, pues no se me ocurre nada que no pueda pedir a la vida el noventa y nueve por ciento de las personas.  Desde el punto de vista literario, seguir teniendo ideas sobre las que construir historias, sean en prosa o en verso.  Y que puedan llegar a interesar a alguien más que a mí.

 

— ¿En qué proyectos literarios está trabajando? 

—Sigo dando vueltas a una idea (algo más que en embrión, a medio desarrollar) para escribir una novela “mosaico”, que encaje parcelas de vida de muy diferentes protagonistas, que coinciden a diario en el metro. Y tengo “en maceración” (que es como denomino mi proceso creativo en la poesía) dos nuevos poemarios, más recientes. 

—Por último, nos gustaría que nos confesase cuál es el libro de poesía ajeno que casi se sabe de memoria, ese que se lee y relee siempre.

— Releo mucho a mis poetas favoritos (muchos y muy diferentes entre sí, porque soy muy ecléctico), pero siempre vuelvo a Miguel Hernández.

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