“El fabuloso mundo de nada”, de Javier Mije [Acantilado]

Todo es tolerable si uno carece de imaginación, si sólo pulsa las teclas blancas del piano, no las negras que ocultan los sonidos más estridentes. ¿En qué momento la partitura se estrecha hasta el límite de una melodía monocorde, en qué momento la vida empieza a decidir por ti? Por estas páginas discurre el amor, la violencia, la soledad y el fracaso; transitan corazones desorientados, estrellas que siguen emitiendo dolor mucho después de apagarse, señales que advierten sobre el fin de los tiempos, relojes que se detienen invariablemente en la misma hora cruel. Un libro entre cuyos paisajes están los barrios residenciales del sur de Londres, un tren nocturno a Lisboa y la Barcelona más elegante, que desciende sin previo aviso al hedor de una barraca de feria.

TÍTULO: El fabuloso mundo de nada
AUTOR: Javier Mije
EDITORIAL: Acantilado
PÁGINAS: 104
ISBN: 978-84-92649-52-5
PRECIO: 13 €

¡Lee las primeras páginas!

LAS TRES Y DIEZ

Sin ningún rumbo
gira corazón, gira corazón.
Siete corazones
tengo.
¡Pero el mío no lo encuentro!
federico garcía lorca, Canciones

Es un reloj de bolsillo, regalo de Anabel. La clase de reloj que uno puede esperar que haya sido del gusto de alguien como Proust, aunque con un corazón de mercurio en mi caso. Puede resultar incómodo si alguien te pregunta la hora en la calle, y mientras un desconocido espera a que encontremos el reloj, después de extraer del pantalón una caja de cerillas y varios billetes de metro, la aparición de ese objeto elegante desentona. Su ubicación se presta a las metáforas. ¿No es tener el tiempo en el bolsillo como ser su dueño? ¿No es el tiempo también de bolsillo? Otras veces la leontina parece la cuerda de un pozo, y al tirar de ella puedo rescatar una entrada de cine que llevaba años en una chaqueta, el teléfono de la chica a la que nunca llamé, o cualquier otra reliquia que me obliga a pensar en la fugacidad de todo. Me tranquiliza apretarlo en la mano cuando estoy nervioso, y siempre suelo decir—¿ya lo he dicho?—que es un objeto extraviado en el tiempo, entre la pila de mercurio y la grandeza de Proust (hoy nadie escribe como él, nadie da cuerda a los relojes). Bajo la tapa, Anabel hizo inscribir una frase: «Esta hora se columpia en el aire, déjala correr». Así es Anabel, con esa forma misteriosa de decir las cosas que nunca sé cómo tomarme. Hablando de Proust, él sí que tiene una frase memorable, aquella en la que dice que hay mujeres que uno teme soltar, como quien abandona una bomba con el temor de que estalle.
Afortunadamente, Anabel es una mujer de su tiempo, y sé que no va a sufrir demasiado cuando la deje esta noche. Nada podrá impedir que lo haga cuando las manecillas del reloj que me regaló alcancen las tres y diez.

En el último año no hemos faltado casi ningún fin de semana. Antes de ir con Anabel nunca había comido allí, pero es uno de esos sitios a los que hemos cogido cariño, de los que toda pareja se apropia, al que no volveré (como ese colmado que siempre está abierto y en el que el más desagradable de los tenderos atesora los más raros vinos; como los puestos de pintura y la chocolatería junto al río; como el mercadillo de antigüedades de los domingos donde, según Anabel, jamás encontraremos nada más viejo que yo: la geografía de mi inmediata nostalgia). Enrique, el dueño, ya nos conoce, y se desvive en atendernos en cuanto nos ve entrar por la puerta. Se nota a leguas que Anabel le gusta, y suele llamarnos la pareja de la risa. No lo dice por mí. Es por Anabel, que se ríe de todo. Dice que soy muy feo—¿pero cuánto, Anabel?—, y se ríe. Dice que a lo mejor la despiden de la academia de idiomas en la que trabaja, y se ríe. Dice te quiero—pero mucho, Marcos—, y también se ríe. Y se ríe y tiembla cuando tiene un orgasmo.
Un año llevaba viendo el mismo reloj de pesas en el salón del restaurante. A veces Anabel se queda dormida con un sorbete de helado en la boca, y no tengo más remedio (porque tengo prisa por llevármela a casa y recibir esa boca en la mía) que señalarle la hora. Igual que mi reloj de bolsillo, también esos relojes enclaustrados en cajas resultan anacrónicos, al menos hasta donde puede decirse eso de un reloj. Son demasiado aparatosos, como si se dieran importancia, un reloj que más que acompasar la vida la interrumpe, y de los que uno percibe sobre todo sus silencios. Eso fue lo que me ocurrió hoy desde que entré en el restaurante. Cuando Enrique vino con las copas de cava que casi siempre nos ofrece como postre (cortesía de la casa y otra ocasión para clavar los ojos en Anabel), le pregunté qué había pasado con el reloj.
—Esta tarde hizo un ruido extraño, y no ha vuelto a funcionar desde entonces—dijo.
Anabel y yo brindamos. Eran las once de la noche. El reloj del restaurante señalaba las tres y diez.

La hermana de Anabel fue mi novia. Se llama Sonia, y no he vuelto a verla desde que dejó de serlo. Sonia es la mayor de tres hermanos, seguida de Pablo y de Anabel. En realidad, sólo una vez los he visto juntos, en la casa que la familia tiene en un pueblo del sur de Portugal. Fue el día en que Anabel, casi sin que me diera cuenta, empezó a ocupar el lugar de su hermana; el día también en que su madre (pero ya estaba advertido, los hijos la dan por loca desde que enviudó hace unos años) me previno contra su progenie. Sonia es más seria que Anabel. La voz le sale de muy adentro, y tiene días en que se enfada sin ninguna razón, y es mejor no hacerle demasiado caso. En general, era muy indecisa, como si le fuese la vida en cada gesto. Decía que las predicciones del horóscopo deberían tener categoría de leyes, que le gustaría leer en el periódico qué vestido tenía que ponerse, si debía quererme o no, si era mejor almorzar lentejas o ave. Tenía la costumbre de dormirse en los cines y negarlo luego, e inventaba los argumentos más peregrinos para recomponer las películas a través de las pocas escenas que había visto. Pero estos pequeños defectos—creo que Sonia los había asimilado de tal forma que se acercaba a la autoparodia, al arte—la hacían entrañable a mis ojos y despertaban mi ternura. Lo más inquietante de Sonia era sin duda su manía de mirar debajo de las cosas. Debajo de las sillas y de las mesas, debajo de las alfombras, debajo de la cama y de todo aquello sobre lo que nos acostáramos. Lo que me puso la piel de gallina fue comprobar que Anabel tenía esa misma rareza.

Inevitablemente, ahora veo más que Anabel. Acaba de regresar de ese abismo cuyo misterio sólo intuyo, y he visto por primera vez en su espalda un lunar que he besado mil veces. Cuando ríe aprieta el puño de la mano izquierda, como si quisiera aferrarse a ese instante, y me sorprende descubrir precisamente hoy una asimetría minúscula pero desconcertante entre el tamaño de sus pezones y sus pechos. En cuanto a la costumbre de mirar bajo las cosas, Anabel es más discreta que su hermana, y continuamente inventa pretextos para hacer que parezca algo natural. Si está leyendo en el sofá y se le antoja besarme, abandona tranquilamente a Proust a la sombra del mueble para ir a rescatarlo luego; si ahora quiere fumar tiene que inclinarse sobre la cama para buscar su tabaco, aunque tiendo a pensar que la necesidad de fumar es menor que la de mirar bajo el colchón. Conjeturé al principio que esta costumbre debía de estar relacionada con un hábito que Anabel y Sonia compartían. Algo que podía tener que ver con la disposición en literas de algún cuarto y la comunicación vertical entre hermanos durante la infancia. Sin embargo, hoy estoy convencido de que esa manía de mirar bajo las cosas es la secuela de una tragedia familiar. Mientras fuma apoyada en el cabecero veo más que Anabel, sólo porque conozco ya el final de esta historia. Puedo obligar a mi memoria a que registre cada uno de sus gestos, y soy capaz de oírla dando un sentido diferente a sus palabras (el sentido del fin), como si me hablara desde una fotografía, como si Anabel fuese un retrato que ha empezado a amarillear en mi cama.
—¿Quieres que bailemos un poco antes de que me vaya?—dice de pronto.
—Son las dos de la mañana.
—¡Eres un soso!
—Y tú estás loca, Anabel.
Entonces me abraza y siento toda la extrañeza y el dolor del mundo como rara vez se muestran, por el sabor a despedida que tienen sus besos, porque sé que Anabel no volvería a mirar bajo mi cama si supiera que voy a dejarla, porque Anabel o Sonia vuelven a confundir mi nombre con el de su hermano, Pablo, mientras están en mis brazos, el nombre también del padre muerto.

Antes de Anabel y de Sonia hubo, entre lo que no cayó del lado del olvido, una mujer llamada Estrella. El destino de Estrella es el viaje, por eso ella estará siempre sentada sobre una maleta, con la mano alzada para decir adiós, entre los libros de mi biblioteca. Otra peculiaridad de Estrella es que padecía una enfermedad del alma. No era sólo su incapacidad para permanecer mucho tiempo en el mismo lugar. Estrella sufría por todo lo feo de este mundo tan refractario a la belleza, y no podía cerrar los ojos al dolor por culpa de esa enfermedad. Una tarde, cuando ambos sabíamos ya que nuestros días juntos estaban contados, ella me cogió de la mano y me sacó a trompicones de una cafetería. Era un día que había resultado rancio, cargado de presagios y sobreentendidos, un día que olía a hervores, en el mes de agosto. No sé qué extraño laberinto me hizo recorrer Estrella aquel día, e ignoro si ella conocía de antemano el lugar hacia el que nos dirigíamos. Recuerdo un surtidor raquítico en una fuente, una plaza de árboles sin hojas, un callejón que reproducía nuestras pisadas y que parecía desierto. Al final de una calle sin salida se levantaba un muro. Alguien había fijado en él un aviso comercial que se había desprendido de la piedra en su mitad superior. Un viento cálido acariciaba el afiche, y sacaba del papel encolado un sonido como de bandera lunar, de rueca, de gozne, sobrecogedor en la silenciosa tarde de agosto. Estrella y yo caminamos en dirección al muro y nos detuvimos frente a lo que resultó ser una irresistible oferta de electrodomésticos. La frase publicitaria era implacable: «¡Aprovéchese, son los últimos días!». Oí la voz de Estrella mientras una ráfaga de aire sacudía el cartel.
—¡Escúchalo, Marcos, es el ruido del fin del mundo!—dijo.
El corazón me dio un vuelco. Instintivamente miré mi reloj. Eran las tres y diez.

¿Cómo murió tu padre, Anabel? ¿O es el nombre de tu hermano, también Pablo, el que confundes con el mío? Es evidente que me parezco al Pablo que conozco. La misma nariz aquilina y el pelo rubio y rizado; la cuidada barba de dos días; los ojos oscuros, que no me miraron de frente. Aunque Pablo es más bajo que yo, más arrogante y más cínico, un gallito para sus hermanas en la casa que vuestra madre tiene en la playa. Será acaso que el gusto es la costumbre. Será que amamos lo que conocemos. ¿No te puse yo mismo en el lugar de tu hermana? ¿No me dejé intercambiar por vosotras? Ningún arte (y quererte lo es) debe apurar los misterios. En la inminencia de revelarlos está la gracia. Así que voy a ahorrarte estas preguntas no sólo en nombre del arte, sino porque en el fondo no me importa tanto saber si es a tu hermano al que Sonia y tú buscáis bajo mi cama, si estás acostumbrada a verlo y convocarlo en la litera de abajo de algún dormitorio familiar para vosotras, si esa manía de mirar bajo las cosas no responde a un estado permanente de alarma ante el temor de ser descubierta en pecado muy mortal, si acaso no fue una maldad (ni fue delirio) lo que tu madre me contó para alejarme, que tu padre, también llamado Pablo, murió bajo una cama, agazapado allí, después de confirmar una sospecha de amor ilegítimo en su casa. No lo sé, conocer la verdad no me importa. Al fin y al cabo ni tú ni yo hemos inventado nada.

Si yo muriera antes de las tres y diez, esta mentira de unas horas, en la que vive desde que decidí dejarla en el restaurante, se prolongaría más de lo previsto y dejaría de ser inocente (si es inocente que alguien lleve el control, si lo es que no manejemos las riendas de nuestra propia vida). Aunque, naturalmente, no estamos casados (pensarlo es hilarante), si muriera antes de que se cumpliera esa hora, Anabel sería considerada una especie de viuda. Tendría que resignarse a recibir consuelo, y las pupilas por las que verá pasar el mundo brillarían en mi entierro junto a las de mi madre—¿o acaso te reirías, Anabel?—. A ella le tocaría además contar cómo ocurrió: miles de hombres mueren cada día cuando más cerca están de creerse inmortales. Puede que Anabel se sintiera culpable, o que se avergonzara al contarlo, pero no lo creo. Sin embargo, si muriera realmente en este instante, mi vida se prolongaría unos días en la circulación de su sangre, un resto de mí se disolvería en su cuerpo, y la idea de esta precaria permanencia me reconforta y me alivia de una muerte imaginaria e improbable. Me olvidaría, claro, porque tiene poco más de veinte años y no le importo tanto, pero mi aliento detenido junto al suyo la entorpecería, y, de algún modo, su vida se detendría junto a la mía en una parte del mundo. Para mis padres sería siempre mi novia; para Enrique, la mitad de esa pareja de la risa que, muera yo o no, no volverá a su restaurante. Qué injusta sería entonces mi muerte, Anabel, si me agotara en ti.

Anabel vive aún con su madre, por eso tiene que volver a casa en mitad de la noche. Mientras busca su ropa bajo la cama yo llamo a un taxi, y mi reloj de bolsillo descansa hoy abierto junto al teléfono. Ha llegado la hora, Anabel, la hora que se columpia en el aire y que me recordó quién soy: mi terrible vocación de astrónomo. Porque mi destino es errante, Anabel, y mi voluntad persigue fantasmas, hallazgos inesperados, destellos de luz. Te despediré ahora y volveré a andar solo por ahí, regresaré a los bares y a las plazas acechando abismos como el tuyo, estrellas que señalen el punto exacto donde acaba el universo, hermanas incestuosas, o cualquier otro misterio que me libre del tedio, del aburrimiento de las cosas sencillas de este mundo. Procuraré esquivar la muerte junto a otra mujer hasta que mi curiosidad se sacie, hasta que mi sed de experiencias se nutra de ella, hasta que otro reloj, inevitablemente, vuelva a dar las tres y diez. Eternamente insatisfecho, enfermo de esta enfermedad mortal como otros lo están de codicia o vanidad. Así que no serás mi viuda, Anabel, y aunque tarde o temprano pagaré mi osadía, aunque ya la estoy pagando, tendré que mentirte ahora, porque no es verdad que ya no te quiera, no es verdad, aunque sólo esta mentira me permita seguir siendo quien soy. Qué triste es en el fondo todo esto, qué amargo será verte salir por esa puerta para no volver, qué urgente la necesidad de hacer cualquier cosa para empezar a olvidarte, aunque sea dar cuerda a algún re­loj mientras invento una mujer que sea apenas tu sombra.

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