Jóvenes pero alcanzables

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Por Alfredo Llopico.

Cuando a punto de empezar una obra de teatro para público familiar vemos a los padres hablando por sus teléfonos móviles, en una conversación que continuarán con sus compañeros de butaca a lo largo de la representación, es inevitable preguntarse cuál es el objetivo que el organizador persigue. Si se cumplirá algún día. Por eso, cuando al terminar la obra se inicia irremediablemente la misma conversación de siempre en la que el pesimista de turno dirá lo mal educados que son los jóvenes de hoy en día, para terminar por achacar todas las desgracias al colegio, a los profesores y al sistema educativo, no se puede evitar pensar en lo fácil que es mezclar churras con merinas, el ketchup con las lionesas de nata.

Porque releyendo estos días Jóvenes pero alcanzables. Técnicas de marketing para acercar la cultura a los jóvenes, de Franky Devos, director general del Centro Cultural BUDA de Kortrijk (Flandes, Bélgica), editado en España hace ya unos años, se descubre nuevamente que la actitud de los padres, que en muchos casos consideran por igual ir al teatro que a los encierros de San Fermín, tiene más importancia de la que a priori nos imaginamos.

Afirma el autor que entre los jóvenes, más que entre los adultos, juega un papel esencial el elemento social a la hora de acudir a actividades de carácter cultural; es decir, en muy pocas ocasiones un joven acudirá de manera individual a un servicio cultural porque la autonomía de la que suelen alardear es en gran medida una ilusión y son los amigos, el colegio, pero sobre todo los padres los que delimitan el campo de acción de sus hábitos culturales. Y se ha demostrado, por ejemplo, que los hijos de individuos con un nivel académico más alto aprecian una mayor diversidad cultural que aquellos con menos formación cuyos hijos ven por ello limitados sus intereses culturales sensiblemente.

Añade que cuantos menos años tenga la persona en el momento del primer contacto con la cultura, más frecuente será su participación posterior. De hecho entre los 15 y 18 años el gusto de los adolescentes todavía se está desarrollando y generalmente no diverge mucho del de los padres. Por lo tanto, los padres, entre otros agentes, son responsables de la creación de un marco de referencia cultural para sus hijos. Y por ello las salidas a teatros, cines y museos serán más altas en sus hijos cuanto más temprano fue el primer contacto con estas manifestaciones.

Comenta también que los padres influyen en los gustos de los hijos. Así, una preferencia por la acción y la violencia en los progenitores conducirá a ese tipo de intereses. De hecho, se ha comprobado que el impacto de los padres en la participación cultural de los hijos es tres veces mayor que el del colegio que, excepto en casos muy puntuales, no cumple la función correctora que se le otorga. Y es probablemente por esta razón por la que los jóvenes participan menos en aquellas formas culturales que conocieron a través del colegio que en las que conocieron a través de sus padres.

Además la influencia de los padres no llega a desaparecer del todo. A los 18 años, los jóvenes que han crecido en un ambiente cultural siguen siendo más activos culturalmente que aquellos que no han conocido el mundo de la cultura en su casa. Evidentemente a los 18 años los padres tienen menos influencia en las visitas a los museos o la asistencia a los conciertos de sus hijos, pero el hecho de que jóvenes de esa edad realicen o no este tipo de actividades viene determinado en gran medida por la familia, ya que afirma Franky Devos que el efecto del ambiente familiar se prolonga, en cualquier caso, hasta los 35 años.

Si el objetivo es “contagiar” la pasión por la cultura a temprana edad es de destacar la vital importancia de la existencia de elementos referenciales, que son los que, en gran medida, determinan sus gustos. Ahora ya sabemos que esas referencias no están exclusivamente fuera de casa. 

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