Recordando a la gran María Isbert

Por Alejandro Contreras.

 

Con 94 años recién cumplidos y a un paso de celebrar las bodas de platino con la profesión por sus casi 75 años de carrera, este lunes 25 de abril nos dejaba la actriz María Isbert. Actriz a pesar de su padre que intentó alejarla lo más posible de este mundo. Recibió una educación exquisita en un colegio alemán por la que aprendió varios idiomas y a punto estuvo de conseguir una plaza en las oposiciones para el cuerpo de Aduanas. Pero ella lo tenía claro, lo suyo era la interpretación.

 

Y así lo atestiguan sus más de 300 películas en el cine, tantísimas obras de teatro donde participó y la multitud de papeles que encarnó en la televisión. Fue en el teatro donde debutó de la mano de su padre, el gran Pepe Isbert, en la obra Nuestra Natacha en 1939 y no lo abandonó hasta el 2003 donde con El cianuro, ¿solo o con leche? bajó el telón por última vez.

 

Gracias a la pequeña pantalla se ganó al público con sus personajes en series míticas como Escuela de maridos (1963-64) o La casa de los Martínez (1967-1971). En televisión compaginó las series con espacios de humor, como el que compartía con Aurora Redondo en Pero ¿esto qué es? (1989), moviéndose siempre en registros cómicos.

 

Puede presumir de haber trabajados con algunos de los más grandes directores del cine español, y su nombre siempre estará asociado a obras maestras como Viridiana (1961) de Luis Buñuel y El Verdugo (1963) de Luis García Berlanga. A lo que hay que sumar su trabajo en cintas como Un, dos, tres, el escondite ingles (1970) de Iván Zulueta, El bosque animado (1987) y Amanece, que no es poco (1989) que rodó bajo las órdenes de José Luis Cuerda, hasta una de sus últimas apariciones gracias a Javier Fesser en La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2003).

 

María Isbert no sólo ha trabajado con grandes directores, sino que también ha sido parte de películas que ya son parte de la memoria colectiva de un país. Títulos como La Gran Familia (1962) de Fernando Palacios, Recluta con niño (1956) de Pedro Ruiz Ramírez o La tonta del bote (1970) de Juan Orduña, y tantos otros.

 

Su facilidad con los idiomas le permitió encarnar multitud de personajes de extranjera, como en Un rayo de luz (1960) de Luis Lucía donde era aquella profesora abnegada que trataba de educar a la rebelde Marisol. Otra vez más cediendo el protagonismo a la estrella de turno, como en tantas ocasiones.

 

Pocas veces protagonista y aceptó con grado los papeles secundarios que le ofrecían, eso sí siendo una de las secundarias de oro de nuestro cine. Ni siquiera quiso luchar contra la etiqueta que siempre le acompañó, la de ser la hija de Pepe Isbert, que terminó siendo una losa. Más premiada por su trayectoria que por sus trabajos individuales, consiguió en el 2008 ser académica de honor de la Academia de las Artes Cinematográficas de España pero le faltó el Goya de Honor. Descanse en paz.

 

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