La jaula

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Por Miguel Baquero.

 

La jaula. Javier Serrano. Editorial Eutelequia, Noviembre de 2011. 212 páginas.

 

 

Existen varias maneras de ejercer la literatura, desde la crónica de aventuras y peripecias al thriller de intriga, pasando por el novelón de trasfondo histórico… Todos estos géneros, por descontado, tienen su validez, pero quien esto reseña echaba de menos una novela de carácter simbólico, que últimamente son difíciles de encontrar. Una novela donde la acción estuviese planteada en un espacio representativo, tanto del interior de las personas como de la naturaleza de la sociedad, un universo reducido donde se planteasen los grandes conflictos tanto del mundo íntimo como del mundo social.

 

En el caso de “La jaula”, primera novela publicada de Javier Serrano (Madrid, 1968), el entorno simbólico elegido es un presidio, pero un presidio (entendido, ya digo, como cárcel de nosotros mismos así como institución represiva por antonomasia de la civilización) ajeno a las leyes de la lógica común, un presidio, por ejemplo, donde las celdas no se hallan protegidas con barrotes, donde no existen reclusos ni vigilantes, sino que todos son en realidad presos, donde las puertas están constantemente abiertas para que los internos puedan en cualquier momento salir al exterior… y sin embargo no lo hacen. En la línea del más inquietante Kafka, nos encontramos ante un lugar absurdo, visto desde la distancia, pero en el que desde la primera página advertimos que rige una lógica propia (y literaria).

 

En este espacio enclaustrado, absurdo y opresivo, donde si los presos son inocentes o no pronto advertimos que carece de importancia, tiene lugar la acción de “La jaula”. Una acción que no es un cúmulo encadenado de episodios y percances, sino la crónica de una tensión que va creciendo progresivamente y que está destinada a estallar. Sobre la base de un uso magistral del ritmo novelístico, Javier Serrano va volviendo cada vez más claustrofóbica la situación y más inminente, perentoria, urgente la toma de una decisión ante todo aquello. Se trata de un ritmo “in crescendo” que, para mayor mérito del autor va subiendo de grado sin recurrir a situaciones rocambolescas, a accidentes imprevistos o a sucesos repentinos, a trucos, en fin, sino que va ascendiendo en la escala por su propia naturaleza narrativa.

 

De igual manera, es admirable la manera en que Serrano ha metido al lector en situación prácticamente desde la primera página sin valerse de descripciones exhaustivas o extravagantes, tampoco del recurso a la conmoción de lector mediante expresiones o situaciones soeces o en exceso descarnadas, sino sencillamente mediante el empleo medido, elegante y sincero de un estilo literario impecable.

 

Los conflictos que el excelente planteamiento y el acertado ritmo permiten son, a su vez, de notable calado. La lectura de “La jaula” nos va suscitando diversas preguntas (dirigidas tanto a nosotros mismo como al entorno) sobre cuál es el límite de la obediencia, hasta qué punto podemos renunciar al cambio por miedo a la inseguridad o a lo desconocido, cuánto estamos obligados a resistir y a replegarnos antes de plantar cara a la situación… La novela de Javier Serrano induce a muchas preguntas, algo desde luego inusual hoy en día. El fin de las novelas simbólicas es precisamente ese: reducir el universos a unas preguntas de fácil formulación, o de formulación novelística al menos, y en este sentido qué duda cabe que “La jaula” cumple dicha finalidad y por ello mismo puede considerarse, además de una novela lograda y efectiva, una novela de importancia.

 


 

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