Picasso anarquista

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Por Fernando Campal.

 

Oscar Segarra (Barcelona, 1979) es Licenciado en Periodismo y Maître ès lettres, por la Universidad de París IV La Sorbona en Literatura Comparada.  En la actualidad trabaja como periodista free lance y ultima su ensayo Picasso Anarquista, que será publicado esta próxima primavera por la editorial madrileña La Oveja Roja.

 

Pregunta. -Oscar, ¿cómo se te ocurrió escribir un libro sobre Picasso?, ¿qué se puede decir de él que ya no se sepa?

-Respuesta. –Bueno, a decir verdad, Picasso se atravesó en mitad de mi tesis hace ahora dos años. Yo estaba entonces investigando sobre la Escuela Moderna de Ferrer i Guardia, otro personaje del siglo XX sobre el que se ha escrito mucho pero de cuyo círculo profesional apenas había noticias, y aquí fue dónde inesperadamente me encontré con Picasso.

 

-P. -¿Quieres decir que Picasso fue amigo de Ferrer?

-R. –No sabría decir qué grado de amistad pudo haber entre los dos. En realidad yo creo que el contacto mayor fue con Clemencia Jacquinet.

 

P- ¿Y Picasso?

R.- Picasso viaja a Paris en octubre de 1900, de la mano de Casagemas, para asistir a la Exposición Universal donde se exhibía una obra suya en el Pabellón Español: Últimos momentos. Ambos se instalan en el estudio de Isidre Nonell, al que conocían del grupo Els Quatre Gats. Se dice que Nonell influyó mucho en los temas que Picasso pinta en esos años: marginados, miserables, etc.

 

P.- ¿Qué era Els Quatre Gats?

R. -Un local frecuentado por artistas que compartían intereses políticos y sociales, además de artísticos. Allí discutían de arte, de literatura y también de anarquismo, comentaban los libros de Kropotkin, entonces muy populares. Allí se daban cita artistas fracasados, perdedores varios, bohemios de provincia, en fin, una fauna exótica entre la que Picasso encajaría como un guante.

 

P. ¿Y en esa época, qué sabe Picasso de anarquismo?

R.- Pues lo que oye allí. Picasso era un anarquista instintivo, una mente libre, rechazaba la autoridad, la jerarquía y las convenciones sociales y, sobre todo, las artísticas. Reniega del academicismo y de sus reglas, desprecia el arte burgués y allí, en Els Quatre Gats, se siente entre iguales. Tal vez por eso se definiera a sí mismo como anarquista, porque estaba por la destrucción del orden social, opresor de pobres y artistas y creía en un arte que generara nuevas alternativas que pusieran en crisis el orden establecido ofreciendo a cambio distintas formas de vida. Este tono, anárquico e individualista, caracterizó al pintor. Fue un anarquista sentimental, rechazaba la autoridad y sentía una gran simpatía por los desvalidos.

 

P. ¿Este ambiente trascendió a su obra?

 

R.- En efecto, basta ver sus cuadros de ese momento, pero sobre todo es explicito en dos de ellos: El prisionero de 1987, donde se ve a un anarquista preso y Un miting anarquista de 1901. Pero hay más, cuando se marcha a Madrid, en enero de 1901, participa activamente en la publicación de una revista, Arte Joven, junto a otro amigo anarquista, Francisco de Asís Soler.

 

P. ¿Esto si es una novedad en lo que se sabía sobre Picasso, no?

R.- Sí, había pasado unos días en Dijon, siguiendo el rastro a Clemencia Jaquinet. Pues bien, el hallazgo más sorprendente que hice allí fue una caja de medias, una caja realmente bonita, de diseño modernista, que la nieta, Nathalie, me mostró al comentarle la dedicatoria que Federico Urales había estampado en su libro para su abuela. Nathalie conoció a Clemencia ya muy anciana, pero con una excelente memoria; para Ferrer, decía que su abuela solo tenía reproches, pero que en Barcelona también había hecho grandes amigos y que guardaba algunas cartas de todos ellos. Ella había leído, por curiosidad, las que estaban en francés, que estaban atadas en un mazo con una cinta de raso rojo, pero que las otras, guardadas de idéntica manera, al estar en español no las había más que ojeado. Me permitió consultarlas. Eran bien curiosas, se ve que para que no le ocuparan mucho espacio había metido unas dentro de otras, por ejemplo, en un sobre cuyo remitente era Odón de Buen me encontré con la carta de este pero también con otras dos firmada una por Cristóbal Litrán, el secretario de Ferrer, y la otra por Roger Columbié, dirigente del Centro Republicano Histórico de Barcelona. En otro sobre, aunque constaba al dorso la dirección de Eudall Canibell, el editor y fundador del Centre Excursionista de Catalunya, en su interior encontré además de la carta de este, otra de Anselmo Lorenzo, entonces director de las publicaciones de la Escuela Moderna, una de Ricardo Mella, otra de Eleuterio Quintanilla y, sorpresa, otra carta firmada por Picasso. Sinceramente, la existencia de esta carta ha sido la que me llevó a aparcar momentáneamente mi trabajo sobre la Escuela Moderna y centrarme en el pasado más oscuro de Picasso.

 

P. ¿Qué decía la carta, realmente aporta datos tan relevantes como para dedicarle el esfuerzo de escribir un libro?

R.- Evidentemente sí. Al menos bajo mi punto de vista. El dato de que Mañach fue el primero que le habló a Picasso de Ferrer está recogido allí. Picasso le rememora a Clemencia este hecho, así como que nada más instalarse en Barcelona, un viejo amigo de los tiempos de la Escuela de Bellas Artes con el que incluso había compartido estudio, Josep Cardona, le había hablado de la polvareda que la escuela de Ferrer estaba levantando entre la prensa católica y catalanista. La admiración de Cardona por Ferrer está constatada hasta el punto de que, pocos años después, esculpirá su busto para un memorial.

 

P.- ¿Qué otras novedades aporta la investigación de este Picasso Anarquista?

R.- Bueno, sólo hemos hablado de una carta de lo que he llamado el fondo Jaquinet y que contiene otras sorpresas, pues este Picasso anarquista tiene muchas aristas, y tampoco quiero aquí desvelarlas todas. Dejaremos que sea el lector quien las descubra en unos meses, cuando por fin el libro esté en la calle.

 

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