¿Quién es eterno?

 

Por José Luis Muñoz

 

Días atrás, creo que porque la enterraban en otro lugar más protegido tras desenterrarla del que ocupaba, hablaron por un telediario de una famosa mujer barbuda que murió hace un montón de años en México tras haber tenido una vida desdichada, explotada por su marido que la exhibía en todas las ferias, y concebir un niño, también barbudo, que no sobrevivió. El comentarista señaló que el cineasta Marco Ferreri se fijó en ese caso y lo llevó a la pantalla. Creo, si mi memoria no me falla, que Annie Girardot encarnó a esa mujer pilosa y la película se llamó La mujer barbuda. Pero en lo que pensé, en esos momentos, mientras cenaba y veía las imágenes de la verdadera mujer barbuda, y de su momia, pues ni estando muerta dejaban de exhibirla, algo muy corriente en México con su extraño y ancestral culto a los muertos — me acordé, entonces, de las momias de Guanajuato y el estremecimiento de pavor que me causaron mientras un buen número de visitantes se hacía fotos, sonrientes, a su lado— fue en Marco Ferreri. ¿Quién se acuerda hoy del cineasta italiano y de su cine desaliñado, que nunca supe si lo era por incapacidad propia o porque así lo quería? Pues casi nadie, y de sus películas, que seguramente si las viéramos hoy día, nos parecerían rancias y aburridas, quizá haya sobrevivido a la quema del tiempo El pisito, y sobre todo por el magnífico guion de Rafael Azcona. Recuerdo que Ferreri, en aquellos tiempos, que lucía un aspecto orondo, calva y barba sin bigote, era un santón del cine de arte y ensayo y sus películas provocaban sesudos debates en las filmotecas con sus mensajes feministas —en Adiós al macho un joven Gerard Depardieu se emasculaba con un cuchillo eléctrico de cortar embutido—. Pues el tiempo lo ha arrinconado como un mueble viejo y ya nadie se acuerda de él, ni siquiera las televisiones.

 

El Pisito 6

El pisito (1958) de Marco Ferreri

 

 

Al hilo de ver, meses atrás, una película inclasificable de Leos Carax, que no es santo de mi devoción, llamada Holy motors, que a muchos críticos les parece como lo mejor que se ha estrenado el año que dejamos atrás, pensé en otros tantos provocadores de la imagen que, tras sus veleidades vanguardistas, se habían esfumado de nuestra retina cinematográfica. Hubo un realizador italiano, de cámara alocada y guiones más alocados aún, o inexistentes, que se llamaba Carmelo Bene y cuya musa era una delgadísima y bella modelo negra llamada Donayle Luna. Bene desapareció del cine, y de la vida, y sus películas, tras el éxito y furor intelectual que concitaban en los exquisitos cenáculos en los que se proyectaban, no las he visto ni siquiera editadas en DVD, aunque seguro que en alguna parte estarán, ni ninguna televisión se atreve a proyectarlas. Por no hablar del brasileño Glauber Rocha, y su cine de sertaos polvorientos y cangaçeiros, precedente del spaguetti-western, desaparecido en el olvido.

También hacía mucho ruido, provocaba que las vestiduras de los biempensantes espectadores se rasgaran, un enfant terrible llamado Ken Russell que arremetía contra la iglesia mostrando curas fornicadores —Oliver Reed era su actor fetiche — y monjas lascivas en una serie de películas que tenían como leit motiv el exceso visual, musical y argumental.  De sus ruidosos filmes se salvan algunos retales hoy en día. Mujeres enamoradas, por ejemplo, sigue siendo una vigorosa puesta en escena del libro de D.H. Lawrence, y esa lucha cuerpo a cuerpo entre Alan Bates y Oliver Reed, tal como vinieron al mundo, ante una chimenea chisporroteante, todo el mundo que vio la película la recuerda. Pero de sus biografías musicales de Tchaikovsky o Mahler mejor no hablar, porque causarían sonrojo verlas de nuevo, chirriarían como ya estaban a punto de chirriar cuando se hicieron.

De tanto cineasta que antaño provocaba, pocos quedan que tengan una cierta vigencia. Jean Luc Godard es uno de ellos, aunque hace tiempo que le perdí la pista, desde que se hizo tan vanguardista y críptico que sus películas no llegan ni a los cines, pero siempre quedará Jean Seberg en Al final de la escapada vendiendo el New York Herald Tribune en las calles de un París en blanco y negro, una imagen maravillosa que resume toda una época; y luego está el revulsivo film de Pasolini Saló o los 120 jornadas de Sodoma, que me niego a ver de nuevo porque mi estómago no la aguantaría; el maestro Bernardo Bertolucci, que precisamente homenajeaba a toda la nouvelle vague en Soñadores, y cuyo film emblemático, Último tango en París, sigue siendo sobrecogedor aunque ya no escandalice y resiste una y otra vez ser visionado; y Nagisha Oshima, que hace muy poco nos dejó tras muchos años de silencio, y cuyo Imperio de los sentidos continúa estremeciendo al espectador que aguante esa historia de amor radical hasta el final.

El cine es un arte que envejece rápidamente. Hay películas, y realizadores, que fueron para una época, y que, fuera de ella, perdieron todo interés y vigencia, cuyos artificios formales, como ocurrió con esas sillas antropomórficas que hacían furor por los años sesenta, cuyos asientos se adaptaban  a la forma del culo, envejecen al poco tiempo.

Con las películas la prueba del tiempo es determinante y algunas tienen fecha de caducidad cuando se filman, o a lo mejor los que caducamos somos nosotros, los espectadores, que hemos perdido la inocencia de la mirada. 

 

*José Luis Muñoz es escritor. Su última novela es Patpong Road (La Página Ediciones, 2012)

 

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