Nuevos viejos extraños

 

Por Rubén Sánchez Trigos.

 

Esta semana, un (extenso) artículo de Javier Calvo sobre lo que él ha denominado “nueva narrativa extraña española” ha despertado un cierto interés entre quienes se interesan, como autores, como editores o simplemente como lectores, por los (en mi opinión mal llamados) géneros no miméticos en la literatura de nuestro país. El texto, discutible como todo, pero precisamente por eso cargado de valor, ha llamado mi atención, sobre todo, por la forma en que hace pivotar a gran parte de los autores que cita en torno al concepto de fándom (habla de escritores que empezaron en él para luego exiliarse, autores que nunca estuvieron, e incluso llega a hablar de autores post-fándom). El fándom, a grandes rasgos, es un concepto escurridizo, en principio asociado a la Ciencia Ficción, que alude a aquellas comunidades de aficionados que participan del fenómeno literario (antes en fanzines, ahora en Internet, siempre en convenciones), y de entre las cuales acaba surgiendo, inevitablemente, algún autor con más o menos proyección, más o menos talento. No es mi intención debatir aquí el artículo de Calvo, sino destacar la distancia que existe, en este sentido, entre el cine y la literatura de género (o percibidos como de género) facturados en España.

 

2303988_REC(2)_062Salvando las distancias, que desde cierto punto de vista tampoco son tantas, tan aficionados al género son la mayoría de autores que Calvo cita en su artículo como lo pueden ser Jaume Balagueró, Paco Plaza, Álex de la Iglesia o Nacho Cerdá. La primera diferencia capital que se me ocurre entre unos y otros, sin embargo, es que mientras los escritores, por norma general, necesitan publicar en sellos en principio no especializados en literatura de género para, digamos, ser tenidos en cuenta más allá del universo del fándom, los directores de cine no participan necesariamente de este requisito, o por lo menos no resulta tan patente: Balagueró, que empezó editando el fanzine Zineshock y trabajando en un programa de radio dedicado al terror, hace cine encuadrado en este mismo género, y no necesita disfrazar sus películas de otra cosa ni distinguir entre productoras de categoría A, B o C para llamar la atención de la crítica y del público interesado en sus productos. Lo mismo puede decirse de recientes éxitos como Los ojos de Julia (2010) o El cuerpo (2012). Quizás camuflen su verdadera naturaleza (su corazón de genuinos giallos) bajo la mucho más cómoda etiqueta del thriller, pero la fuerza con que son acogidas por el público y por gran parte de la crítica y la prensa (insisto, no especializadas) contrasta con las reticencias con que, aún hoy, las grandes editoriales españolas y las grandes cabeceras periodísticas se resisten a acoger literatura de género a cara descubierta.

Una primera conclusión de este fenómeno, temeraria y quizás un tanto simplista, es que el cine español se ha despojado por fin de toda una batería de complejos que a la literatura, en cambio, aún parecen pesarle. En este sentido (y lejos de mí caer en el chauvinismo), quizás le sorprenda a muchos saber que nuestro país es considerado desde hace alrededor de quince años una primera potencia en la creación de pesadillas cinematográficas, y que los nombres de Bayona, Balagueró o Villaronga se encuentran entre los más reputados artesanos del mundo. Basta con apuntar la inclusión de algunas de sus películas en listas internacionales como la que un puñado de especialistas y profesionales del género realizaron para la revista Time Out. Por no hablar de Jesús Franco o Paul Naschy, verdaderos mitos del Euro-horror de los años setenta, nos parezcan lo que nos parezcan, mejor considerados, incluso, fuera de nuestras fronteras que aquí. Es cierto que, en los últimos años, éxitos literarios como El mapa del tiempo de Félix J. Palma, Fin de David Monteagudo, o El asesino hipocondríaco de Juan Jacinto Muñoz Rengel, han permitido abrigar cierta esperanza, pero la distancia entre cine y literatura sigue siendo aún dolorosamente palpable.

No será por falta de calidad: para quien esto suscribe, en la última década nuestros “extraños” -tanto los que provienen del fándom como los que no- han entregado algunas de las mejores novelas y cuentos escritos nunca en España. Uno tiene la impresión, sin embargo, de que la crítica canónica, “oficial”, se está perdiendo algo, de que su proyección entre los lectores y el periodismo literario general (y esto último me parece aún más fragante, puesto que la atención de un medio no debería depender de la visibilidad del libro en la estantería de una librería) ha venido determinada simple y llanamente por la especialización o no del sello en que han publicado. Para entendernos: es como si una revista de cine generalista del tipo Fotogramas se negara a reseñar una película sólo por venir de la mano de esta u otra distribuidora. Prejuicios. Complejos. A veces no sólo del que reseña, sino también del que decide emplear la retórica de uno o varios géneros con la timidez del que está cometiendo una falta.

 

Rubén Sánchez Trigos es profesor de cine en U-Tad, Centro Universitario y Tecnología de Arte Digital, e investigador en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos. Actualmente culmina su tesis sobre el zombi en el cine español. Especializado en cine y literatura fantástica y de terror, sus cuentos han aparecido en diversas antologías. Su primera novela es Los huéspedes (Finalista Premio Drakul).

 

 

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