Crítica de libro: “El amante extremadamente puntilloso”

amante puntillosoPor ALBERTO DI FRANCISCO. Algún tiempo atrás acometí la escritura de un artículo, con el firme motivo de hablar sobre un libro que había leído; pero, como buen argentino, algo del Cambalache que nos identifica lo llevo en el ADN, entonces,  lo que empezó siendo una reseña libresca, se desvió, se bifurcó, se ramificó entre los numerosos pliegues de mi pensamiento, y terminé al pie de un artículo poco literario, aunque sincero y cotidiano, al cual titulé “Cambalache”.

Hacía no poco, engañado por los comentarios de algunos lectores, y otro tanto por la reseña en su contra-tapa, me decidí a comprar ese libro que traía entre ceja y ceja hacía ya un tiempo. Lo compré con decisión firme, algo no común en mí, que suelo auto-sorprenderme con mis elecciones “de momento”… “in situ”. La magia del libro nuevo (¿diré el título…? bueno: “Los adeptos”) y el cosquilleo de desandar sus hojas con fervor, duraron apenas hasta el primer capítulo… El resto fue aburrimiento y llanura. A la mitad del libro ya era decepción, y al final del mismo era bronca por el dinero malgastado.

Evité por unas semanas las librerías, como quien, víctima del desamor de una mujer, no quiere pasar por esos lugares que la recuerdan, que todo en ellos llaman a su presencia y su recuerdo. Pero, como es sabido, en la vida a veces el asombro nos vuelve desde las cosas simples y humildes.

La nueva moda de los Supermercados, de tener dentro de ellos venta de libros, es bueno para el hombre casado que va con su mujer de compras. Puede ojear algún ejemplar con total libertad, mientras ella tarda 1/2 hora en elegir un desodorante de piso, entre “Lavanda”, “Limón” y “Aromas del bosque”. Así fue que, feliz en el refugio que es el  sector “Librería”, por mera curiosidad me topé con un librito minúsculo, menos de 100 páginas, con un valor irrisorio para un libro. Me lo llevé, feliz y pícaro como un niño.

“El amante extremadamente puntilloso” era el rimbombante título que Alberto Manguel (su escritor, un argentino-canadiense que reside hace años en Francia) había dado a la historia de Anatole Vasanpeine.  Siempre me he sentido atraído por los personajes algo “extraños”, ya en libros o en el cine (allí el “Hombre mirando al Sudeste” del cineasta Eliseo Subiela, es claro ejemplo), club al cual sumé de inmediato a éste personaje de Poitiers del siglo XIX.

La crónica de Vasanpeine está magistralmente descrita y ambientada por Manguel, por el equilibrio entre misterio y realidad, historia socavada de entre investigaciones dudosas, que hacen aún más grande el mito de nuestro extraño personaje.  Un joven que trabaja en los baños públicos (Bains-Douches) de Poitiers, y que ama la fotografía; allí comienza una aventura de amor para Vasanpeine, quien, contra todas las leyes de la Gestalt, él pondera el detalle, la Parte,  por sobre el Todo… Así, asomado a los baños públicos donde trabajaba, espiando a sus concurrentes, se ve fascinado por aquellas formas, manchas, colores, texturas que la pequeña ranura le permite captar a su ojo ávido.  Aquello que gusta de Vasenpeine, por lo extraño, es que no es un vulgar Voyeur (mirón) con deseos sexuales; en él no hay diferencia si es mujer u hombre, si es un pubis femenino, o una nudillo varonil…el amor está en la perfección de ese detalle, independiente del  Todo al que pertenece.

El personaje incursiona en la fotografía de estas partes que lo seducen y lo erotizan, y retoza con ellas como fetiches; sobre las fotos de esas partes él halla los evocadores de todo un sinnúmero de placeres; las instantáneas son el ancla, le traen el recuerdo vívido de ese océano de minúsculas seducciones, como la rugosidad de la piel, la tersura de una mano, el vello de una entrepierna, o las curvas de una oreja.

Para explicar el desenlace sin aventurar una explicación que destruya el enigma, recordaré unos versos de Borges a Baltasar Gracián:  “(…) Qué sucedió cuando el inexorable/ Sol de Dios, mostró su fuego?/ Quizás la luz de Dios lo dejó ciego (…)”  Vasanpeine, tanto buscar, se topa sin querer con el Arquetipo  de su amor, ese “Sol”, esa consumación de su deseo, lo fascina, pero a la vez lo ciega. Le es dado entrever  el Paraís acaso, pero desde la vereda de enfrente, y esa proximidad con la perfección supera y anula todo lo anterior, y ya no hay vuelta atrás.

Como bien se dice: el alma es un vaso infinito,  que solo se llena con eternidad.

Los pocos pesos que pagué por ese libro, son meramente anecdóticos, y ellos definitivamente no reflejan el placer que acaso supo darme Manguel con su crónica de este anti-gestáltico joven de Poitiers.  Acaso Vasanpeine fue un reflejo , un recordatorio, de aquello que hoy hemos perdido en gran manera: el asombro…, el reconocimiento de la Belleza como leitmotiv que palpita así en lo magnánimo como en lo minúsculo, ver en la pequeña y humilde semilla las multiplicaciones y floraciones por venir, asomarse a la perfección del concepto.

Como bien dije al inicio de esta reseña, a veces el asombro nos vuelve desde las cosas simples y humildes.

 

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