Entrevista a Luisgé Martín por “Donde el silencio” y “La misma ciudad”

 

Por Benito Garrido.

 

Luisgé Martín. Foto de Germán Gómez.

Luisgé Martín. Foto de Germán Gómez.

Luisgé Martín (Madrid, 1962) presenta sus libros a pares. Experto en dibujar paisajes humanos para bucear en ellos, Martín ha conseguido que la calidad literaria de su trabajo sea la mejor tarjeta de presentación. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense y MBA por el Instituto de Empresa, ha publicado libros de relatos como Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002); y novelas como La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (Premio Ramón Gómez de la Serna, 2000), Los amores confiados (2005), Las manos cortadas (2009), o La mujer de sombra (2012). Obtuvo el Premio Antonio Machado de relatos en el 2009 y el Premio Vargas Llosa de relatos en 2012. Es un explorador incansable y colabora habitualmente en el suplemento de El País El Viajero. Con Donde el silencio y La misma ciudad, sus dos últimos títulos publicados, Luisgé Martín vuelve a confirmar ese talento narrativo que lo ha convertido en uno de los escritores de referencia de la literatura actual.

 

Donde el silencio.

Donde el silencio.

Donde el silencio.  Luisgé Martín.  Imagine Ediciones, 2013.  216 páginas.  15,00 €

Un viaje poético y emocional cargado de reflexión y literatura por algunos lugares de nuestro país realmente inaccesibles y solitarios. Pueblos y aldeas sepultados durante años por el abandono y el olvido, que se vieron rescatados gracias al empeño individual de peculiares aventureros modernos: personas que, intentando escapar del agobio de las grandes ciudades, hallaron en estos lugares perdidos su modelo de serenidad. El autor, que consiguió hacerse gracias a este libro con el Premio Llanes de Viajes, demuestra una vez más su habilidad literaria para escribir un relato poderoso que conduce al lector hacia un paisaje, ese que en el fondo, está dentro de cada uno de nosotros. En el mundo del siglo XXI, construido sobre autopistas de cemento y de información, cabe preguntar si es posible esconderse en alguna parte, si es posible apartarse de la modernidad y del bullicio.

 

P.- Hablas sobre la fascinación que a veces produce el paisaje de la miseria. ¿La ausencia de modernidad es siempre sinónimo de penurias, de vida difícil?

No, en absoluto. Eso es lo que yo buscaba, o una parte de lo que buscaba: la sencillez no mísera, la austeridad como forma de vida (no la de Merkel, sino la del espíritu). Pero con un grado de confort que ya es irrenunciable. Es verdad que en el ojo turístico, la miseria suele producir una gran atracción, quizá por lo extraña que nos resulta. Yo recuerdo un barrio de Ankara, uno de Vieja Delhi y las favelas de Río.

 

P.- ¿Cuál debe ser el ritmo de nuestra vida: el que nos marquemos nosotros o el que nos marca el espacio por el que estemos imbuidos?

El problema es la mayoría de las veces el dinero. Deberíamos ser capaces de elegir, de presionar el acelerador tanto como queramos, pero casi nunca podemos. Cuando no es el dinero, es la brevedad de la vida: tenemos tan continuadamente la sensación de que no nos da tiempo a vivir todo lo que querríamos que nos forzamos a nosotros mismos a hacer todo lo que podemos, sin darnos cuenta de que para disfrutar de verdad de las cosas hace falta un cierto sosiego.

 

P.- Tras leer tu libro, ¿crees que el silencio (cómo algo buscado) es realmente posible, o se trata de un bien cercano a la soledad cada vez más escaso? Cómo la felicidad o la satisfacción personal.

Es realmente posible, claro. He conocido a gente que lo disfruta. Aunque sea muy difícil, es posible.

 

P.- En la sociedad de la información y los avances tecnológicos, la idea para el ser social de volver a lugares donde el tiempo parece detenido o ha dado un salto hacia atrás parece algo verdaderamente utópico. Algo puntual, una escapada… ¿no?

Son dos cosas las que están en juego. La primera, el manejo del propio tiempo, la regulación de la vida que uno desea vivir de verdad. Encontrar el silencio acomodando lo que somos capaz de disfrutar con lo que hacemos. La segunda es el primitivismo, la huida del contacto humano, incluso de aquel que se produce a través de skype. En esta segunda yo no creo, no me interesa. Me gusta mucho la gente. Y creo que misántropos de verdad no hay tantos.

 

P.- Tu libro recupera personas y paisajes alejados del ruido que hoy nos gobierna. ¿Vidas que tienden a desaparecer con la vorágine actual? ¿Vidas que los jóvenes no llegan a compartir?

Me temo que algunas cosas permanecen inalterables. Es verdad que la vida moderna ha devorado casi todo, pero esos espacios de libertad personal van a seguir quedando, y van a seguir quedando también entre los jóvenes, que enseguida dejarán de ser jóvenes.

 

P.- El silencio se respira en tus textos, tanto que incluso has obviado cualquier diálogo, aunque surgen conversaciones con los personajes. ¿Buscabas la conjunción de estilo y contenido?

Un escritor sólo debe buscar eso. El contenido es el estilo, el fondo es la forma. Nada de lo que yo cuento estaba sin contar (no hay nada ya sin contar, casi desde Homero), por lo que buscar el tono era mi trabajo. Y el silencio tenía que respirarse. No sólo el silencio físico, la ausencia de ruido, sino ese silencio del espíritu del que hablaba. Es un libro que sólo podía escribirse con un determinado estado de ánimo. Melancólico.

 

La misma ciudad.

La misma ciudad.

La misma ciudad.  Luisgé Martín.  Editorial Anagrama, 2013.  136 páginas.  13,90 €

A Brando Moy le pesa demasiado la sensación de fracaso: a pesar de tener una familia, un trabajo y un apartamento realmente envidiables, siente que eso no es lo que de verdad buscaba en la vida. El encuentro con un amigo de juventud se lo hace más evidente. Así, el día 11 de septiembre de 2001, cuando Moy se dirige con retraso a su trabajo en las Torres Gemelas, un atentado terrorista le hace creer que el destino le ha ofrecido una segunda oportunidad. La misma ciudad es la historia de esa nueva puerta que se abre en la búsqueda de uno mismo, un camino que a veces e inevitablemente puede conducir a espacios oscuros. Un viaje a través de lo ilusorio de los sueños y del valor de la aventura como fuente de riqueza existencial. Una carrera donde quizás finalmente no importen las metas sino el ansia de llegar hasta ellas.

 

P.- La crisis de los cuarenta como una huída hacia delante, como un quiebro a la vida que se nos ha impuesto. ¿Una liberación quizás? ¿O una simple aventura?

No quería ni creo que La misma ciudad sea una novela sobre la crisis de los cuarenta. Me interesaba hablar de la insatisfacción humana permanente. Y es verdad que a determinadas edades, cuando nos damos cuenta bruscamente de que hay muchas cosas que no volveremos a hacer nunca o que tenemos que darnos prisa si queremos hacer otras, esa insatisfacción de vuelve casi estructural, nos define. Pero estuvo antes y dura hasta casi la muerte.

 

P.- ¿Realmente existen las segundas oportunidades?

Yo no soy muy optimista. Pero negar que existen sería tonto. Lo que no existe es la posibilidad de volver a tener 20 años, por ejemplo, eso es una de las cosas que descubre el protagonista. Puedes hacer a los cuarenta las cosas que querías hacer a los veinte, pero eso no te devuelve la juventud. A veces, por el contrario, agrava tu madurez, la ridiculiza. A partir de los 20 (quizás antes) tenemos la personalidad muy formada, y lo que viene después son sólo variaciones.

 

P.- Hablas de un bienestar medido por el nivel que han alcanzado los que te rodean, o incluso por lo que puedan pensar ellos del tuyo. ¿La envidia como medidor universal?

La envidia como motor de la ambición humana. Sí. No siempre una envidia enfermiza, pero siempre una envía emuladora. Y sobre todo, una envidia a menudo errada, porque no somos capaces de radiografiar los sentimientos de los demás, sino los que creemos que tendríamos nosotros en sus circunstancias.

 

P.- Cambiar de identidad… ¿cómo ponerse una máscara?

O como quitársela. Es ya vieja la idea de que en carnavales algunos se disfrazan de aquello que realmente son y que no pueden representar, que ser durante el resto del año. La identidad es muy compleja, por eso me fascina tanto literariamente. Brandon Moy era también Albert Tracy, no se trata de una máscara.

 

P.- Este es un libro con un profundo mensaje. ¿Era algo ya pensado o surgió conforme avanzaba la historia?

No sé si hay un mensaje tan profundo, pero lo que hay estaba en el corazón de la historia, y por lo tanto estuvo siempre en el proyecto.

 

P.- ¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto?

Tengo muchos proyectos literarios, demasiados, eso es lo malo. Y una vez más, poco tiempo y poca vida. So many books, so little time.

 

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