“Teología de bolsillo”, de Holbach : un diccionario ateo y emancipador

Por Ignacio G. Barbero.

teologia-de-bolsillo-holbach¿Qué sería de la Iglesia si los hombres se atreviesen a razonar?– Holbach

“Sapere aude!”, clamó Kant. Atrevámonos a saber, a pensar por nosotros mismos, liberémonos de nuestra culpable incapacidad, de la falaz imposibilidad de servirnos de nuestra inteligencia sin la guía de otro u otros. En resumen, tengamos el valor de hacer uso de nuestra propia facultad racional, ahuyentado cualquier conato de cobardía o pereza. Esta enseñanza, imperativa en su forma y emancipadora en su fondo, determinó la reflexión teórica de uno de los períodos más fecundos e importantes de la historia del pensamiento occidental: la Ilustración.

La vasta producción filosófica de los pensadores más afamados de esa época marginó en el trastero de la historia a muchos autores/as coetáneos que atacaron intensamente los dogmas y la irracionalidad. Uno de ellos es el barón de Holbach, colaborador en la majestuosa Enciclopedia de Diderot, activo participante en las discusiones científicas de su época y promotor ejemplar del ateísmo más vehemente y locuaz. Es esta cualidad última la que desplegó con todo lujo de detalles en su “Teología de bolsillo”, obra de título tan irónico como su contenido.

No estamos únicamente ante un libro, sino, también, ante un artefacto explosivo que busca dinamitar con razones y un ágil e inteligente sentido del humor las bases fundacionales del sistema de creencias católico y, en especial, la institución que lo reproduce: la Iglesia. El autor se apropia en él de la forma de transmitir ideas de los sermones eclesiásticos para desvelar los absurdos y dogmas inherentes al propio discurso moral que los fundamenta. Desde la introducción tenemos contacto con esta original y rotunda forma de filosofar:

Vemos que los ministros de Jehová (…) han hecho masacrar repentinamente ciudades, ejércitos y pueblos en honor de la Divinidad verdadera. Esto fue así indudablemente para probar su superioridad y convencernos del santo respeto que merecen sus ministros. Por tanto, lejos de considerar como crímenes esos numerosos sacrificios que han hecho o causado sobre la Tierra, deben inspirarnos ideas elevadas acerca de nuestro Dios. En vez de vituperar esas santas persecuciones, esas santas persecuciones, esas santas carnicerías, esos suplicios inauditos que parecen atrocidades y crímenes a ojos cautos y escépticos, debemos aumentar la sumisión a sus ministros, los cuales nos enseñan su grandeza y hacen tantas buenas cosas para complacernos. Es cierto que la humanidad rebelde puede en ocasiones sublevarse contra prácticas que desaprueban la naturaleza y la razón, pero sabemos que la naturaleza está corrompida y la razón nos engaña. La fe sola es suficiente, y con la fe nuestros sacerdotes nunca se equivocan.

Este fragmento expone in nuce el discurso que se desarrollará a lo largo de la obra, la cual pertenece a un tipo de escritos no asociados tradicionalmente con la disquisición filosófica: los diccionarios. Este, en concreto, ofrece un amplio conjunto de definiciones a conceptos o cuestiones que, da la impresión, han sido cuidadosamente elegidos por el autor. Bien sabe Holbach -y la Ilustración- que la eficacia de la crítica a un conjunto de dogmas depende tanto de la calidad de los argumentos como de la forma en que estos se distribuyen y relacionan. Por ello, el contenido del libro/diccionario está hilado con finura, a saber: los términos o temas descritos se hallan vinculados de manera sutil pero clara.

Ese vínculo dirige las ideas que vertebran el texto contra las dos manifestaciones más propias de toda coerción ideológica e institucional: la establecida a través de la educación “en valores” y la aplicada mediante la práctica de la violencia física. Ambas colaboran estrechamente con el objetivo de que un sistema de creencias sea aceptado, asimilado y reproducido por los seres humanos a los que va “dirigido”. La historia de la Iglesia es un ejemplo concreto de esta represora y persuasiva dinámica. Holbach lo sabe bien y, con aguda ironía, lo desvela en su “Teología de bolsillo” :

– Libertad de pensamiento. Debe ser reprimida con el mayor rigor. A los sacerdotes se les paga por pensar, los fieles no tienen nada que hacer aparte de pagar abundantemente a quienes piensan por ellos.

– Guerras de religión. Sangrías saludables y copiosas que los médicos de nuestras almas recetan a los cuerpos de las naciones a las que Dios quiere beneficiar con un doctrina muy pura. Estas sangrías han sido frecuentes desde la fundación de la Iglesia, y se han convertido en muy necesarias para impedir que los cristianos con la plenitud de las gracias que el Cielo propaga sobre ellos.

– Ignorancia. Es lo contrario de la ciencia y la primera disposición a la fe. Se aprecia toda su importancia para la Iglesia. Desde que los laicos no son ya lo debidamente ignorantes, la fe disminuye, la caridad languidece y las acciones del clero se desprecian.

– Ciencia. Cosa perniciosa que debería estar prohibida en cualquier país cristiano. La ciencia hincha a los hombres de soberbia; por lo tanto, impide que se sea lo bastante delgado como para entrar en el paraíso. La ciencia de la salvación es la única necesaria; no es difícil de adquirir, para ello basta con dejar hacer al clero.

– Imprenta. Invención diabólica y digna del Anticristo, que debería ser prohibida en todo país cristiano. Los fieles no necesitan libros, les basta con el rosario. Para actuar correctamente, no se debería imprimir más que el breviario y el El Pedagogo cristiano.

– Crueldad. Facultad molesta en el trato de la vida ordinaria pero muy necesaria para el sostén de la religión.

– Esperanza. Virtud cristiana que consiste en despreciar todo lo que conocemos aquí abajo para esperar en un país desconocido los bienes desconocidos que nuestros sacerdotes, por nuestro dinero, nos inculcan que conoceremos algún día.

– Cristianismo. Sistema religiosos atribuido a Jesucristo pero inventado realmente por Platón y san Pablo. (…) Desde esa época feliz no habido disensiones ni revueltas ni masacres ni desórdenes ni vicios, lo que prueba irrefutablemente que el cristianismo es divino, y que hay que tener el diablo en el cuerpo para osar combatirlo y estar loco para atreverse a dudar de él.

El éxito filosófico de la crítica que Holbach lleva a cabo reside en la firmeza de las definiciones que la conforman. El pensador alemán no se anda con rodeos, ataca sin paliativos el centro de gravedad del conjunto de creencias legitimadas por la Iglesia. Y lo hace con una racionalidad afilada, de bisturí. La perspectiva ideológica de este proceso es plenamente ilustrada y, por tanto, defensora de la plena autonomía moral de todo individuo.

Nosotros, como lectores, nos enfrentamos a una elección: comprometernos con esta apología del uso de la inteligencia propia sin mediadores ni guías, o no hacerlo y seguir siendo, tal y como expresó y definió Kant, “menores de edad”. La cuestión es radical -nos jugamos en ella la calidad de nuestra vida- : ¿queremos o no queremos emanciparnos de todo tutelaje ajeno? La respuesta surgirá espontáneamente tras terminar de leer este magnífico libro.

—–
“Teología de bolsillo”
Barón de Holbach
Laetoli, 2015
168 pp., 20 €

Related Posts with Thumbnails

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *