Nada que esperar

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Nada que esperar. Tom Kromer. Traducción de Ana Crespo.

Sajalín. Barcelona, 2015. 214 páginas. 18,50 euros

Por Ricardo Martínez Llorca

El viaje del vagabundo

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Una serie de escritores americanos, que llegó a crear escuela también fuera de ese microcosmos literario que es Estados Unidos, aunque sin cuajar con idénticas pústulas, inventaron esa corriente que hoy conocemos como realismo social. Desheredados y borrachos, los protagonistas iban dejando calzoncillos sucios de cualquier excrecencia que soltara el cuerpo, por el suelo, por las aceras y en los baños donde se masturbaban o se metían en la bañera para sajarse las venas de las muñecas. En lugar de un testamento, quedaba un reguero infinito de botellas de matarratas con las que habían intentado olvidar lo jodido que es cada minuto de la vida. El sexo se había reducido a follar. Y la prosa a una dicción que en bajo la batuta de la armonía debería sonar a asco. Pero esa corriente literaria tuvo un origen o varios orígenes, y el más celebrado fue la Gran Depresión. Leída a fecha de hoy desde nuestras butacas, antes de abrir la bolsa de palomitas y la lata de cerveza para disponernos a ver una película saturada de efectos especiales, la Gran Depresión es casi un decorado contra el que se han podido escenificar algunas obras maestras de la literatura. Basta con mencionar a Steinbeck para dar fe de ello.

Pero detrás de ese decorada existía mucha mierda civil sobre la que pisaban, se arrodillaban o llegaban a yacer para intentar conciliar algo de sueño, dándose de bruces con que es posible mantener los ojos cerrados varias horas sin obtener descanso, un montón de residuos humanos. Tom Kromer fue uno de ellos y en este libro imprescindible, Nada que esperar, viene a constatar que el realismo sucio es apenas una golosina infantil al confrontarlo con la sucia realidad. Hijo de inmigrantes, de trabajadores que bregaban para darle algún estudio universitario, la vida se torció de tal manera que a los veintitrés años tuvo que salir al ruedo de la miseria para vivir como vagabundo, como mendigo. Pasaba días enteros sin comer y pidiendo limosna, fue condenado a prisión por dormir en un edificio vacío durante una tormenta; recibió carcajadas como respuesta a sus demandas de empleo; viajaba en trenes de mercancía, aterido de frío, confiando en topar con mejor suerte en la siguiente ciudad; convivió con vagabundos en los que no había nada de filósofo. Y decidió ir escribiendo sobre ello con la misma jerga que utilizan los vagabundos. Nada que esperar no tiene otra aspiración literaria que no se la de presentar el reflejo de la basura humana, esa que escondemos debajo de la alfombra, en un espejo.

Los textos fueron escritos en librillos de papel de fumar, en los márgenes de los folletos religiosos, en cualquier cuartilla de papel. La narración consecuente, crudísima, es pura realidad, pura autobiografía, aunque dispuesta de manera que la atención del lector quede atrapada en la incertidumbre: qué estrépito será el que nos presente en el siguiente episodio. Porque en todos ellos, sucedan en los comedores religiosos o narren la picaresca vírica de algún otro vagabundo, caen de bruces sobre el lector de manera que no le quede más remedio que gritar: “¡Hostia puta!” Cualquiera de nosotros, de los que vivimos en un piso en el que podemos permitirnos la higiene de lavar el retrete con lejía al menos una vez por semana, sabemos que si chillamos esas dos palabras una sola vez, basta para que se anule la posibilidad de que nos canonicen. Para Tom Kromer la expresión se sucede segundo a segundo, una y otra vez. Con todo lo que ha puesto en estas páginas de denuncia social, Nada que esperar provoca en un porcentaje muy escaso la identificación con el sufrimiento de los sin techo. Pero ese escaso porcentaje es demoledor.

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