“La sesión final de Freud”: el espectador como psicoanalista de dos espléndidos personajes

Por Horacio Otheguy Riveira

Helio Pedregal y Eleazar Ortiz, dos años después del estreno, logran fortalecer sus creaciones; en sus manos los personajes mejoran, se enriquecen, transmiten emociones sutiles, situaciones escénicas más ricas, y la poética melodía de sus discusiones como personajes históricos claman al cielo: todo es artísticamente superlativo, emocionalmente fascinante e intelectuamente insólito en el imaginario encuentro del doctor Sigmund Freud y el profesor C.S. Lewis, el hoy popular autor de Las crónicas de Narnia. Ya muertos ambos, regresan con inusitada fuerza en una obra imprescindible.

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El escritor estadounidense Mark St. Germain es un hombre-orquesta del mundo del espectáculo que tuvo la brillante idea de inventarse esta reunión que tal vez se produjo, pero de la que no hay pruebas. Lo importante son las chispas que saltan en este encuentro dialéctico entre un apasionado “de la dictadura de la razón” —y por tanto, muy crítico ante la fe en cualquier dios, asunto que considera propio de una “neurosis obsesiva compulsiva”— y un profesor de literatura y escritor de obras fantásticas que se forja su propia creencia en el cristianismo, al margen de las perniciosas instituciones.

Hoy, siglo XXI, ambos forjadores de pensamientos de enorme riqueza, perviven en mil y un estudios, el escritor de fantasías en versiones cinematográficas y reediciones de toda su obra, y el padre del psicoanálisis como un imperecedero buscador de apasionantes debates que dan firmeza a la capacidad humana de no conformarse con lo que la sociedad le ofrece.

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Se debate fervientemente en un ámbito del clásico “teatro de ideas”, a la manera de los existencialistas (Albert Camus, Jean Paul Sartre…), pero en realidad el mayor acierto está en la articulación de una función atípica en la que es el espectador el psicoanalista de los personajes, dos hombres que discuten y en su discusión disfrutan de su capacidad de polémica, interpretados por dos actores inmensos que transmiten un amor infinito por sus criaturas: lo mismo el atormentado Freud (muy enfermo, con un cáncer de boca) que el más entero, pero no menos sensible, escritor que lucha con su dios, suficientemente inteligente como para no limitarse a una creencia simplista de la fe.

Entre uno y otro planteamiento, ambos descubren sus emociones más profundas, sus difíciles relaciones con su padre, deseosos ambos de huir hacia un bosque liberador, cada uno en su medida.

123709He de reconocer que soy un adicto a esta función que ya he visto tres veces: una experiencia muy valiosa que me lleva a valorar aún más lo que ya destaqué en su momento, cuando escribí la crítica de estreno de La última sesión de Freud, hace más de un año.

Resulta sobresaliente cómo, después de tanto tiempo, los intérpretes potencian la riqueza de sus personajes y facilitan una comunicación nueva (la tarde del Sábado de Gloria había otros espectadores que también repetían, llevando a amigos y parejas a ver una representación que, como yo, ellos ya habían visto): una comunicación en la que los espectadores acaban siendo los conmovidos psicoanalistas de dos hombres que hablan de img_5272bajalo humano y lo divino, que cuestionan y discuten sus propias ideas y las ideas del otro, y a la vez desnudan sus emociones más profundas, más oscuras.

C.S. Lewis es Eleazar Ortiz, el invitado siempre respetuoso ante el hombre que admira y también satirizó en un libro, y Sigmund Freud es Helio Pedregal, en una composición físicamente muy ardua. Entre ambos consiguen la dinámica de los grandes del teatro, una comunicación constante que se percibe en miradas y gestos que contagian al espectador, siempre un invitado más en la formidable reunión de dos hombres inteligentes y creativos que se debaten: uno tiene 40 años llenos de vida con sus complicaciones emocionales, y el otro 83, bajo un gran dolor físico, muy cercano a la muerte, mientras Europa comienza la segunda guerra mundial.

freud_a3Discuten en las antípodas, se unen de repente ante el dolor y la impotencia de la guerra que se avecina, se hermanan y distancian, y el espectador se marcha con la sensación de haber estado allí, en medio, invitado al debate; y dolorido y esperanzado sale de la sala convencido de que la vida es otra cosa, momento a momento reconstruida por el inmenso poder de la imaginación y voluntad de supervivencia.

Un modelo de representación en el que el debate de poderosas ideas se plantea con creciente interés dramático con ráfagas de humor, porque lo que importa por encima de todo es el factor humano, planteado desde una perspectiva escénica admirable, en la piel de dos actores fuera de serie.

Sala Arapiles 16 del 2 de diciembre 2016 al 15 de enero 2017.

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