BARCELONA, LIBRO DE LOS PASAJES

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Barcelona, libro de los pasajes

Jorge Carrión

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2017

340 páginas

Espacios mágicos y rituales, laboratorios de la cultura y de la técnica, los pasajes permiten pensar el gran texto urbano desde sus notas a pie de página. En Barcelona hay cerca de cuatrocientos. Algunos son caminos que conducen a un pasado rural; otros, pasadizos proletarios o callejones de chabolas que hablan de la metrópolis fabril y del franquismo; los más famosos tienen forma de intersecciones ajardinadas y de galerías burguesas del siglo xix; los más recientes están en polígonos industriales o acogen casas con piscina y restaurantes para turistas. Jorge Carrión ha viajado por todos ellos, los ha estudiado, los ha leído, para acceder a una dimensión de Barcelona que no había sido explorada hasta ahora. Una dimensión protagonizada por las lavanderas de Horta, por fotógrafos como los Napoleon, por editores como los Tasso, por anarquistas y republicanos, por pintores como José María Sert o Joan Miró, por libreros y comerciantes, por arquitectos como Benedetta Tagliabue o escritores como Eduardo Mendoza. Así, sumando pasos y lecturas, entrevistas y viajes, Barcelona. Libro de los pasajes narra esta ciudad como no lo había hecho ningún otro libro antes. Inspirado por Walter Benjamin e Italo Calvino, el autor hace dialogar su ciudad con todas las demás ciudades. Así, Barcelona, Venecia, París, Nueva York, Buenos Aires o Londres dialogan en estas páginas como lo hacen el ensayo y la crónica de viaje, la autobiografía y el periodismo. El resultado es una apasionante novela sin ficción.

Jorge Carrión es doctor en humanidades por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y director de su Máster en Creación Literaria. Ha vivido en Buenos Aires, Rosario y Chicago. Publica regularmente en diversos medios, entre ellos el New york TimesEl País, La Vanguardia y Letras Libres. Es autor de la tetralogía de ficción “Las huellas” (conformada por Los muertos, Los huérfanos, Los turistas y Los difuntos) y de varios libros de no ficción, entre los que destacan Australia. Un viaje, Teleshakespeare y Librerías. Ha sido traducido al italiano, el alemán, el francés, el polaco, el inglés y el chino.

Como Barcelona y como los huracanes hasta 1979 (cuando se decidió dar fin a la infame tradición de los climatólogos que cumplían sus venganzas poniendo a aquellas tormentas devastadoras los nombres de sus exmujeres o de sus suegras), todas Las ciudades invisibles de Italo Calvino tienen nombres de mujer. El libro nació lentamente, como fragmentos, como poemas, como ensayos mínimos o cuentos, que el escritor iba archivando en una carpeta que estaba junto a tantas otras, cada una por un proyecto simultáneo, que yo imagino como las carreras de camellos de la feria, avanzando a ritmos distintos, según vas metiendo las bolas en los agujeros de colores, a trompicones, imposible saber quién va a ganar.

 Hoy llamaríamos etiquetas a los conceptos que articulan esas series de textos: la memoria, el deseo, los signos, los intercambios, los ojos, el cielo, el nombre, los muertos; las ciudades sutiles, continuas, escondidas. El índice de Las ciudades invisibles recuerda al de un tratado científico. El objetivo es diseccionar, al mismo tiempo, las urbes de nuestra imaginación y las reales, esa ciudad que soñamos con canales en lugar de calles y la Venecia verificable en la realidad y los mapas: “En Esmeraldina, ciudad acuática, una retícula de canales y una retícula de calles se superponen y se entrecruzan”, de modo que sus ciudadanos pueden escoger siempre si se trasladan a pie o en barca y no conocen el tedio, pues pueden cambiar infinitamente el orden y el desorden de sus recorridos. Pero “la red de pasajes no se organiza en un solo plano, sino que sigue un subir y bajar de escalerillas, galerías, puentes convexos, calles suspendidas”, la ciudad es tridimensional y sus habitantes cambian continuamente de nivel en sus idas y venidas. Por eso: “Un mapa de Esmeraldina debería comprender, indicados con tintas de diferentes colores, todos estos trazados, sólidos y líquidos, patentes y ocultos”.

Como Constant en su gran proyecto transartístico y vital, la Nueva Babilonia, Calvino también piensa que las ciudades son redes. Redes de vínculos y de proporciones. Proporciones entre su topografía presente y la dimensión brutal y paralela de su pasado y la dimensión brutal y también paralela de todo su potencial deseo, de todas sus proyecciones, de todos sus posibles futuros. El escritor nos habla en su libro de Ersilia, que está habitada por personas que tienden hilos entre los ángulos exteriores de sus casas, para establecer así sus relaciones sociales; y cuando son tantos los hilos que la ciudad ya no puede ser vivida, porque se han convertido en obstáculos, en murallas, sus ciudadanos desmontan sus casas y dejan las marañas y se van a otra parte con sus vidas y con Ersilia, de modo que cuando viajas por su territorio encuentras las ruinas de las versiones anteriores de la ciudad, sin muros ni cementerios: “telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma”.

La fantasía, en Las ciudades invisibles, es el camino para pensar el arquetipo. La suma de todas las ciudades de Calvino daría la Ciudad Total, que es una ciudad mítica y profunda, exclusivamente mental. “Se confirma la hipótesis”, leemos, “de que cada hombre lleva en su mente una ciudad hecha sólo de diferencias, una ciudad sin figuras y sin forma, y las ciudades particulares la rellenan”. Pero, al mismo tiempo, esa colección de ensayos, poemas y cuentos es una reflexión sistemática sobre la crisis urbana de los años 60, que persiste e insiste, que llega hasta nosotros. Una crisis derivada del predominio de una visión económica, utilitaria, comercial de la metrópolis, en detrimento de la visión urbana como una red de esperanza, vida cotidiana, conversación y querer.

Lee el fragmento completo

‘Luz en las grietas’, de Ricardo Martínez Llorca

 

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