‘Yugoslavia, mi tierra’, de Goran Vojnovic

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Por Ricardo Martínez Llorca

Yugoslavia, mi tierra

Goran Vojnovic

Traducción de Simona Skrabec

Libros del Asteroide

Madrid, 2017

363 páginas

 

¿Qué distingue el lamento del odio? Posiblemente nada. Cuando uno siente, y siente mucho, todo es una sola conciencia, dura, durísima. Pero no existe una palabra para designarla. Si la ira es tan intensa como la pena, lo que cuenta es la intensidad, no el carácter. Lo que cuenta es que la piel no sea suficiente como para contener lo que sea que uno sienta, las emociones, más grandes que el cuerpo. Uno, entonces, se sabe inevitablemente solo. Ese tipo de soledad, que es un energúmeno, es lo que invade al narrador de Yugoslavia, mi tierra. Un narrador que es no solo alter ego de Goran Vojnovic (Liubliana, 1980), sino que intenta serlo de toda una generación. Han sucedido las guerras de los Balcanes y Yugoslavia se la atomizado. Donde antes existía mestizaje, relación, vínculos comerciales, amistad, ahora se han implantado unas líneas de demarcación que obligan a la gente a considerarlas impermeables. La familia del narrador, como tantas familias del momento, ya no lo es, porque los orígenes geográficos se imponen. La norma que se establece es la de que no existe la familia ideal. De hecho, ni siquiera existen lazos familiares. La norma es la no-familia, incluida la brutalidad de la no-madre que sufre el narrador. Que es, casi con seguridad, la norma que se impuso en un territorio que ahora se llama Bosnia y Eslovenia, y Serbia y Macedonia y no sé cuántas cosas más, porque ya las aldeas reclaman su singularidad. Esa que mata lo humano, porque lo humano es querer y ser querido. La decadencia, con forma de desprecio, es el tema de esta novela de crecimiento, de aprendizaje. El protagonista no puede dejar de ver la estupidez humana en lo que se conoce como demarcación fronteriza. Ni en la segregación escolar o laboral.

De ahí que decida viajar al pasado, revisar sus años clave, su primera juventud, cuando la guerra le impone pérdidas que, se supone, ha debido superar a lo largo de los años, hasta la fecha en que se decide a escribir sobre ello. En ese sentido, la literatura de Vojnovic es una rendición de cuentas. No es un gran estilista ni el mejor de los psicólogos. Pero es que el libro, que trata sobre el desarraigo, no permite ningún lujo literario. Casi hasta no permite la literatura. Es gris, porque trata sobre lo que viene después del relato de una guerra que escribieron los muertos, no los superviviente, no los vivos que aman y creen que deberían llamar hogar al techo que los cobija. Por eso es tan compleja esta confesión, por las resistencias que existen a confesarse a uno mismo que aquello que sucedió entre vecinos era una guerra. No hay balas, no hay cañonazos. Lo que se impone es la conversión de la gente en horda. Incluido un padre al que busca para, en términos psicoanalíticos, poder matarlo, que es tanto como decir que necesita encontrarle para llenar tantos huecos sin explicación.

El narrador es bidimensional, se caracteriza por ser leal y por ser violento. Se caracteriza, pues, por el conflicto. Pertenece a esa raza de los que no pueden permitirse el lujo de dos segundos de debilidad al día. Pero es que esta novela, en la que él habita, es todo lo contrario de lo que debería ser una novela. En tanto que lo normal es que la narrativa sea una evasión frente a la realidad, aquí lo que nos encontramos es unos minutos de realidad al día, los que dedicamos a leer la novela. Nada de geopolítica, porque eso es una abstracción. Lo que Vojnovic pretende es reflejar esa época que vivieron los adolescentes, que o se dejaban llevar por los prejuicios, que era lo frecuente y cuyas consecuencias el narrador padece, o no hay versión de la historia y de la realidad que no se cuestione, venga de quien venga. “Ningún relato de esta guerra se narra desde el principio”, comenta. Como también comenta los logros de la psicopatía implícita: “Para mí, la imagen de los sanguinarios balcánicos tiene ese componente emocional. No me los imagino como unos fríos y desalmados ejecutores de órdenes ajenas. No, en mis pesadillas, esos hombres son una pandilla de amigos borrachos que mientras torturan a los prisioneros se “aligeran” entonando las mismas canciones que siempre hablan de amor. Esa es mi metáfora de la guerra en Bosnia”. No más palabras.

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