‘Un día en la vida de una mujer sonriente’, de Margaret Drabble

Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Un día en la vida de una mujer sonriente

Margaret Drabble

Traducción de Miguel Ros González

Impedimenta

Madrid, 2017

281 páginas

En trece relatos, escritos a lo largo de treinta y tantos años, Margaret Drabble (Sheffield, 1939) engarza toda la historia de la literatura británica, que es tanto como decir toda Gran Bretaña y toda la literatura de la historia universal. Este volumen es una maravilla. Comienza con una joven imitando a Chejov y termina con la poesía como patrimonio universal. Y a lo largo de tanto tiempo, la mujer, protagonista de la mayor parte de los relatos, conserva su lugar, o deberíamos decir su lugar común, su tópico, en la sociedad de corte y confección en la que habita Drabble. Hay un aspecto costumbrista, pero que en realidad es un reflejo de la realidad, y un sentido de que lo que está sucediendo en un escenario limitado es lo que podría estar sucediendo en cualquier lugar. En ese aspecto, Inglaterra es Yoknapatawpha, pero también es la Rusia de Guerra y paz. La evolución, de hecho, es en esa dirección. Al mismo tiempo, Drabble sabe que la literatura evoluciona, y, sin que apenas percibamos el cambio, porque siempre mantiene como lo más efectivo e importante en cada texto cómo nos atendemos los unos a los otros, evoluciona, se actualiza, se regenera, aprende. Mira a las calles de las ciudades inglesas, pero mira también a Europa. Y termina por mirar a la Europa contaminada por Estados Unidos. Pero siempre mira, siempre es consciente de que lo que ella tiene que reflejar es literatura.

Y es en ese sentido en el que atiende a los vínculos, que pueden ser momentáneos o durar hasta la muerte. Los gestos hacia los demás nos delatan. Son ellos los que nos hacen ser buena gente, porque tenemos siempre la oportunidad de elegir. Nada hay tan valioso, pues, como la amistad, incluida la de abrir la puerta a un desconocido. Y también está presente el paradigma máximo de la amistad, que es el matrimonio. Pero en este aspecto, Drabble se plantea la deformación del concepto. Matrimonio tiene la misma raíz que maternidad. Así pues, la relación amorosa y la filial, también se miden y crecen, o se deforman, en los gestos y en los momentos críticos. Para resolver estas etapas, en alguno de los relatos los protagonistas se plantean vivir como en un cuadro de Constable. Pero ese intento de relación bucólica termina con topar con su contrario, que es el expresionismo.

¿Qué es lo que permanece? ¿Cuál es el bien que creó la humanidad? Para Drabble es la memoria y su sinónimo, que es la poesía. No es posible la una sin la otra. De hecho, como confiesa en su último relato, convertir a la poesía en un currículo académico es maltratarla, y con ella maltratar la historia universal. Ese intento de protegerla declarándola Patrimonio de la Humanidad es una lima que desgastará los barrotes de nuestra celda de bienestar, que es la memoria, que es la poesía. Ella es la que salva al matrimonio que durante un viaje de bodas por Marruecos se desgasta en prejuicios, hasta que abandonan los circuitos turísticos, como sucede en el primer relato. El gesto es paralelo al de la reivindicación de la maestra del último, incapaz de luchar contra la atribución académica de la poesía, que hace a los estudiantes reír frente a los versos de Coleridge, en lugar de emocionarse. Para Drabble, no merece la pena sufrir, y se crean demasiados prejuicios que facilitan el sufrimiento. Pero, al igual que expresó Buda, sufrir es una opción. A sus personajes les cabe la alternativa de no elegirla. Esa mujer que se obsesiona con sentirse sexy para seducir, en el relato Una historia de éxito, es un buen ejemplo de a qué nos referimos, pues inevitablemente, comienza y termina por sentirse mal, muy mal. Y no se olvida de que la naturaleza no exige prisas, la mujer no ser maltratada, la aristocracia europea decadencia y el tesoro de la felicidad recordar el instante divino. Porque al final, por delante nos quedará, como a la vieja profesora, la vejez, la enfermedad y la soledad, males de los que nos salva una buena velada tras un día en el campo y unos versos de Coleridge.

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