‘Zebulon’, de Rudolph Wurlitzer

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

 

Zebulon

Rudolph Wurlitzer

Traducción de Irene Oliva Luque

Tropo

Barcelona, 2017

327 páginas

 

Hay personajes que son geografías. Por eso las novelas no pueden sino llevar su nombre al título que, al fin y al cabo, es el rostro por el que conocemos el libro. Zebulon entra en esa categoría. Existe toda una geología del personaje, unos estratos que le han construido y que iremos poco a poco conociendo. Ese pasado es la formación del continente. Y existe la realidad del personaje, que en buena medida es su itinerancia, de sur a norte, de México a Canadá, buscando, al parecer intencionadamente, los recodos de la piel de la Tierra donde no hay otra ley que las balas. Pero existe, además, una geografía de su cuerpo. Y decimos una geografía y no una cartografía, porque las marcas, las cicatrices y el sufrimiento, no están a flor de piel. Lo más grave, donde más plomo queda, es en el lugar donde debería encontrarse el corazón. Zebulon parece ser un caso de dextocardia. Aunque jamás se menciona. Ninguna de las amantes habla de las palpitaciones del corazón. De hecho, ninguna apoya la cabeza en el pecho de Zebulon. Si nos encontráramos frente a un caso de dextocardia, eso explicaría por qué es capaz de sobrevivir a disparos a quemarropa y le importa un comino, en las relaciones con las mujeres, otra cosa que no sea la penetración, la sangre acumulándose en.

El autor de esta novela potente, deudora de Meridiano de sangre y otras obras de Cormac McCarthy, es Rudoplh Wurlitzer (Cincinati, 1937). La ambientación fronteriza, los personajes exagerados, la propuesta de una acción descabellada, apta para corazones firmes en su sitio, nos recuerda al bueno de Cormac. Pero si por algo es conocido, o lo era hasta la llegada de esta novela y de Nog, su primera obra, recientemente publicada en España, era por su faceta como guionista de cine. Wurlitzer es coautor del guión de Dead Man, de Jim Jarmusch, que traduce el espíritu de Wurlitzer a la pantalla con bastante acierto, pero propone una obra que por momentos aparenta ser una deformación de lo que pretende. Más acertada, mucho más acertada, completa y compleja, una de las mejores películas de la historia, es Path Garreth & Billy The Kid. El guión mantiene las expectativas y se aproxima por momentos a Zebulon, aunque comparado con la novela, la película es un cuento de hadas. Wurlitzer pudo montar aquel guión sobre Chisum, un clásico en el que Andrew V. McLaglen se las apaña para destrozar la historia que había ideado Andrew Fenady. Los personajes que Wurlitzer recrea en la película de Peckinpah, son una herencia de Chisum. Da la sensación que donde más cómodo se encuentra Wurlitzer es en la faceta de escritor: la construcción sin aliento de cada frase, la pegada de una preposición fuera de sitio, la prosa flotando sobre barro, parece ser su mundo. Sin embargo, también fue coguionista de El pequeño Buda, de Bertolucci, tal vez la recreación más creíble de la historia del príncipe Sidhartta y su conversión espiritual.

Pero su testamento, donde se permite ya soltar lo que lleva dentro, sin rencor y sin falsos pudores, es este Zebulon. Lleno de mestizos y apariciones insospechadas. Donde la lealtad no se sabe si juega las mismas bazas que el azar, los faroles y el riesgo que una partida de póker, o si el protagonista controla su vida al igual que controla las partidas de billar. Las carambolas a varias bandas se suceden, como se sucede la violencia en una novela de la que se ha eliminado cualquier instante de descanso para el lector. De ahí que uno se vea casi obligado a leerla de una sentada.

 

Martínez Llorca y sus grietas de luz

 

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