Del amor como dominación

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Por Carlos Rodríguez Crespo.

Hasta el momento de su prematura desaparición, hace ahora cinco años, el mayor de los Pérez Merinero, Carlos –el otro, David, destacó a principio de los setenta como crítico cinematográfico– publicó doce novelas, la gran mayoría en editoriales alejadas de los grandes circuitos comerciales del momento que reforzaron su imagen de autor de referencia (otros habla de autor de culto) en ese microcosmos salvaje que conforman los autores y lectores de novela negra, una comunidad que ha cobrado especial actualidad ahora, por necesidad del guión impuesto por la crisis. Siempre provocador, en este conjunto de  textos Merinero fue tejiendo la construcción de un universo narrativo donde se atentaba contra buena parte de los mitos y cimientos que conformaban el cuadro de valores de la sociedad que fue su contemporánea, la de la Transición y el postfranquismo, y me temo que su gran rival, pero también su fuente de inspiración.

Aunque él mismo afirmó en diversas ocasiones que la política estaba lejos de sus intereses como narrador, vapuleó sin que le temblara el pulso buena parte de estas mitologís, con la excusa del crimen, añadiendo dosis de humor que facilitaban la digestión de los interdictos que hacía estallar como copas de cristal contra el suelo. Del incesto al voyeur, del motivo pornográfico al machismo redundante, de la ridiculización de la policía a la impugnación de la institución familiar, del asesinato premeditado a su reverso, el suicidio, y de allí a la apología de la delincuencia, los temas de Carlos Pérez Merinero causaron vértigo y carcajadas por igual en una sociedad que no terminaba de restregarse la pudibundez del nacionalcatolicismo y encumbraba el gran estilo mientras miraba a otro lado cuando se cuestionaba los tópicos del gran pacto constitucional. De los jirones de esos temas sepultados con quilos de papel nace la obra de este sevillano afincado en Madrid, o de este madrileño nacido en Écija.

A estas doce obras, en el último año hay que añadir la publicación de sus cuentos completos y La estrella de la fortuna, que reseñábamos aquí hace unos meses, probablemente el punto de inflexión que anuncia entre líneas su trilogía final, edificada sobre la reiteración, donde es apreciable la influencia de Bernhard y quizás el hastío, la pérdida de confianza en ese vitalismo delincuente, ese afán por triturar los valores de la sociedad biempensante que caracterizó sus primeros libros y por pisotear el debate sobre la centralidad del ringorrango expresivo que aún era hegemónico cuando publicó, en 1981, Días de guardar, con toda seguridad su obra más conocida, y la primera. La Santa Hermandad, publicada también, como los cuentos, por Garaje, continúa esta senda de recuperación de su obra.

En una entrevista que concedió al investigador Bryan Patrick Weiler, Merinero reconocía la influencia, de Jim Thompson, James M. Cain, Horace McCoy, Fredric Brown, W.R. Burnett, Donald Westlake, David Goodis, a Willian Irish, Simenon, Ruben Fonseca y Jean-Patrick Manchette. Le interesaban las historias en primera persona que fueran transgresoras. Ambas cuestionen están presentes en esta novela que reseñamos aquí.

Esta novela corta recupera algunos de los temas que estaban apuntados en algunos de sus textos breves y que sólo el año pasado pudimos conocer gracias a la compilación reunida por David Pérez Merinero y editada por Manuel Blanco Chivite. El viaje que propone comienza con un asunto de cuernos que le quita el sueño al narrador, un joven huérfano que comprueba resignado cómo la mujer que ama, también joven, pero más que él, sale a diario con un tipo cuya identidad le perturba.

A lo largo de las 145 páginas, contadas con una envidiable eficacia narrativa que recuerda a los maestros en la tradición de Poe, asistiremos a la paulatina deconstrucción de los celos masculinos, al juego de poder que se establece en las relaciones de pareja que se agotan, a la transición entre servidumbre y desprecio, a la persistencia del deseo que se torna en obsesión y no es sino voluntad de dominio, un cartografiado de las ideas que anidan en la mente de un amante despechado y que permiten testar qué se esconde tras el asesinato de mujeres por sus parejas masculinas, volviendo este texto lamentablemente actual. Poco ha cambiado en estos últimos treinta años.

Porque la novela es fechada por David Pérez Merinero en 1986, entre El ángel triste y Llamando a las puertas del infierno, esto es, en su primera etapa, donde se observa una permanencia de algunos de los temas, entreverados por cierta concesión al amor pasión, que definen el actuar cutre español, y que lo emparentan con Joaquín Belda y José Sánchez Pinillos, como señala el investigador José Luis López Sangüesa. Este dato no es baladí y es necesario relacionar con su producción literaria breve, como el cuento “Altos vuelos”. Y no puede escribirse más sin desvelar la trama, salvo que, como es habitual en sus libros, hay escenas de sexo explícito tratadas con un sentido del humor que persigue desacralizar y por tanto vulgarizar este santa sanctórum con que nos bombardean a diario para reducir nuestras resistencias al consumo banal. La prostitución, el incesto y el tránsito –contraviniendo a Gilles Deleuze, quien veía una clara oposición entre ambas prácticas– del masoquismo al sadismo como estrategia de afirmación personal, esa proeza en el sentido de hazaña u hombrada con la que le gustaba definir a sus personajes, establecen un pacto para cuestionar la institución de la familia y los tabúes del deseo. Juega con el tópico del sexo lésbico como fetiche del deseo masculino. Lo fuerza. La cámara en cuanto metáfora del voyeur.

Hace un buen número de años, a propósito de Pavese, citaba un pasaje del diario de este escritor en el cual confesaba su hartazgo del amor, quizás condicionado por la impotencia que le aquejaba, y sobre la cual no falta quien acude a ello para explicar la decisión que tomó de quitarse la vida. Merinero, aquí, nos da un toque de atención entre risas, transgrediendo un interdicto. Y se obstina en hacerlo con un lenguaje sencillo, nada pretencioso, transido de humor, como lo hacen aquellos –pocos– que intentan llamar la atención sobre un asunto de gravedad sin traicionar su vocación literaria. La Santa Hermandad es una entretenida revisión del terrorismo de la intimidad.

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