‘Con las suelas al viento’, de Martín Casariego

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Con las suelas al viento. Viajeros, eruditos y aventureros

Martín Casariego

La línea del horizonte

Madrid, 2017

169 páginas

 

Los libros de perfiles son un género dentro del cual todas las avispas son reinas. En pocas palabras, uno debe llegar hasta el fondo de los huesos de la persona retratada y el compendio es una atmósfera que invita a seguir conociendo más, pero deja un sabor tan grato como el helado del verano. Eso sí, sobre ellos debe uno dejar caer alguna sospecha, un detalle que no sabemos cómo interpretar, esa parte de la histeria que hace a la gente más atractiva. Cuando, a mayores, el género viene condicionado por el número de caracteres, el escritor se ve presionado para sacar lo mejor de sí mismo. Eso es lo que ocurre con este Viajeros lejanos, en el que Martín Casariego, un escritor con oficio pero que en sus otras obras no asume tantos riesgos.

El género es tan antiguo que no hace falta remontarse a Truman Capote para encontrar antecedentes. De hecho, Marcel Schwob o Borges se apropiaron de él para escribir libros de perfiles sobre personajes que desearían que hubieran existido. El género es tan antiguo como la cultura en la que todavía no se guardaba registro escrito y los perfiles podían extenderse hasta alcanzar la longitud de La Odisea. Casariego se remonta a personajes anteriores a Heródoto para dar comienzo a su pequeña guía, que se centra en la historia antigua y medieval. Existen otros libros de perfiles de viajeros que prefieren arriesgar más por gente contemporánea, al menos en una buena parte de la selección, y que vienen a complementar a este, que recopila los artículos que Casariego escribió entre 2004 y 2007. Pensamos, por ejemplo, en ese volumen, también digno, que es Viajeros lejanos, de Antonio Picazo, publicado en el año 2015, y que uno debe leer si disfruta de las suelas al viento. Se trata de dos obras que se hacen buena compañía en nuestras estanterías y en nuestras memorias.

En este volumen, diseñado y maquetado con un gusto exquisito, se recogen cincuenta historias o trozos de historias. El número no tiene otro sentido que ser redondo, porque la lista es interminable. Basta con darse cuenta de la selección de exploradores españoles que descubrieron América para Europa, que podría ser ingente. Casariego se enfrenta a ellos sin mostrar filias ni fobias, sin entrar en el debate sobre las consecuencias de su paso, limitándose, por una obligación que llega a ser una virtud literaria, a destacar tres apuntes, los más sugerentes. Tanto en el caso de algunos de ellos, que podríamos tachar de delincuentes, como en el de científicos, naturalistas, ilustrados o los que se movían por ambición o curiosidad, lo que se impone es un ritmo al galope, el mismo que nos hace amar la buena música, porque a Casariego no le falta oído para escribir.

No podemos cerrar la reseña sin destacar que el libro se detiene con Ella Maillart, tal vez la mujer que cerró el sentido del viaje como descubrimiento universal. A partir de ahí, el sentido del viaje cambia. Apenas las expediciones antárticas pueden catalogarse como de aventura en comparación a lo que debieron padecer los tipos con armadura que afrontaban cruzar desiertos, selvas y los Andes, sin brújula ni saber si podrían comer al día siguiente otra cosa que no fueran gusanos. Casariego nos reconcilia con los tiempos en que las rutas no estaban cartografiadas y provoca añoranza por un tiempo que no conocimos, pero que hubiéramos preferido vivir solo en parte, en detalles, en esos que él utiliza para escribir los perfiles.

 

 

A favor de la luz

 

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