‘El ministerio de la felicidad suprema’, de Arundhati Roy

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

El ministerio de la felicidad suprema

Arundhati Roy

Traducción de Cecilia Ceriani

Anagrama

Barcelona, 2017

512 páginas

 

Si existe un reto más complicado que construir un mundo en una novela, si existe un reto más complicado que aquél en el que Tolstoi nos dio una lección magistral en cada novela, es meter un subcontinente como la India. El mundo es más uniforme que cada trozo de piel de la India. Es imposible conocer la India, porque uno necesitaría conocer cada una de las mil millones de almas y cada corriente de pensamiento, obra y religión. Las castas son el sistema más fácil de simplificar la sociedad, porque nos ofrecen estratos como capas de hojaldre, pero las castas no tienen la misma función en Kerala que en una aldea de Ladakh, un trozo de Himalaya que parece robado al Tíbet. Y no digamos nada si nos arrimamos a Cachemira, donde la mayoría es musulmana y la guerra se remonta a ya no se sabe qué orígenes, y se atomiza en las fronteras, algunas tan absurdas que ascienden a seis mil metros de altura por los que disputan los pakistaníes, el gobierno indio e independentistas de toda clase. La India es tradición, de esa que atrae al turismo, pero que lastra a la sociedad. Es espiritualidad y es un tipo de modernización que uno no querría ver en los sótanos de su edificio. Todo eso, y mucho más, es lo que pretende encajar en este libro Arundhati Roy que, a pesar de su volumen, lamentamos decepcionar a los amantes de la calderilla, no ofrece ni una sola frase barata. No existe un solo predicado en el que el lector pueda reposar. Roy nos obliga a estar siempre atentos, como uno está atento si enfrente tiene a un demente que no duerme, pero que al tiempo que sufre el tumor del neoliberalismo nos regala una tonelada de cariño.

Roy nos propone una visión de la India acompañando a la mujer. En este caso a dos mujeres, Anylum y Tilo, de distinta procedencia y cuyos destinos se unirán al final del libro. Existe una India inmóvil, tal vez inamovible, al menos para las fuerzas de Roy y sus lectores, y otra que reza a favor del capitalismo, lo neocon y esa neoguerra que llamamos crisis. Ambas producen basura, la que se esparce por las calles y la que poluciona las relaciones. Aun así, Roy confía en el amor, un sentimiento que salva al individuo, y raramente, pero en ocasiones, a lo plural. Porque esta novela se rige por el prefijo poli: poliédrica, polimorfa, polisocial, poliespiritual, poli… todo es uno y es múltiple. El  polimundo con todas las secuencias posibles, con una imaginación política y humana, a flor de tierra, de naturaleza y de ciudad, que se rige por un principio ético de Roy: “Como las ciudades, ajetreadas y efervescentes, simulando una ilusión de vida, mientras que el planeta que ellas mismas han saqueado muere a su alrededor”. Porque Roy no esconde que se trata de una novela política, de hecho, saca a la luz toda la maldad con la que las grandes compañías y sus títeres gobernantes se han cebado en el país, desde la destrucción de Bhopal en la explosión de una planta química, a los etnicidios por la construcción de megapresas para producir electricidad. La única forma que se le ocurre de no deprimirnos, es el humor, un humor que nos retrotrae a la infancia, a una fase casi anal, en la que los chistes sobre pedos son los que más hacen reír.

Pero le maldición del país no viene solo de arriba hacia abajo. El machismo, el acoso de los médicos que se enriquecen a costa del pobre, las convenciones sociales, son violencia. Anyum, nuestra primera protagonista, nace con sexo indefinido, tal vez hermafrodita, tal vez andrógino, tal vez con el alma de un Drag Queen. La descripción de su infancia es una cascada de sentimientos que agotarán al lector: la sociedad se empeña en que sea hombre y la huida será la solución probable. Pero mientras tanto, tiene que vivir en una sociedad donde la gente se aprieta en pocos metros cuadrados, donde es imposible no tener contacto con los demás. Una sociedad que llega a vender el sistema de castas como salvación estructural. Y el paisanaje más frecuente, con el que convive Anyum, es el de los mendigos, los sin techo, los borrachos, los enfermos, los drogadictos… una multitud que permite ser explotada a cambio de una promesa. Esto sucede en las calles de Delhi.

Más lejos, los movimientos bélicos marcarán a Tilo, que crece en una ciudad Srinagar, en estado de sitio. La guerra está tan atomizada que ya no se sabe quién es rebelde y quién es delincuente. Pero en el país se acepta que Cachemira será siempre un tumor, una herida, una sucesión de noticias absurdas, un collage compuesto por la mente de un esquizofrénico. La estupidez militar, a la que le interesa el conflicto, la furia y el dolor del otro, parece el plan de vida que estructura la sociedad en la que crece Tilo. No puede hacer otra cosa que no sea aprender, y aprender tanto como sea posible, si quiere conservar un resto de esa pureza que llamamos ingenuidad. Porque también su hábitat inmediato es el que impone un tipo que colecciona todo, como tantos otros en Cachemira, donde el síndrome de Diógenes es lo frecuente, lo colectivo. Tal vez esa sea la razón por la que las notas que Tilo toma hablan de alguien desnortado, roto, que se pregunta cómo puede hacerse una catarsis a sí misma y termina huyendo a Kerala con su marido. El enfrentamiento entre hindúes y musulmanes, creado artificialmente por líderes políticos y religiosos, supera cualquier umbral de violencia soportable.

Roy llena la novela de microrrelatos, de pequeñas historias de pequeña gente, que existe en contacto con los demás, pero que en realidad están al borde de un abismo que les separa de los otros humanos. Y la humanidad misma la sitúa en peligro de extinción. Vaticina que será sometida al mismo imperio de modificación genética que se ha impuesto en el maíz, el algodón o el cerdo, y que ha supuesto la muerte, cientos de miles de veces por suicidio, de tanta gente. Porque la India también ha sido un laboratorio para Monsanto y las empresas que patentan organismos genéticamente modificados. Su propaganda, sin embargo, sigue triunfando. Como si en la India diera igual tener o no tener razón; lo que importa es creer que se ha ganado. ¿Ganado qué? Si se vive bajo ese imperativo, es porque uno está siempre en guerra, porque quedarse quieto tienta a la muerte, como la tienta el movimiento. Y cuando se llega a cierta dinámica bélica, ya no hay nada que hacer. A Tilo y a Anyum solo puede salvarles la bonhomía, esa pequeña escala que es regar la planta del balcón, enseñar a leer a un niño sin utilizar la amenaza. Aunque a tu alrededor se esté desatando un infierno.

A favor de la luz

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