‘La sabiduría de quebrar huesos’, de Pablo Matilla

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La sabiduría de quebrar huesos

Pablo Matilla

Témenos

Barcelona, 2017

156 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca @rimllorca

Este, lo decimos ya, es un libro de lector. Entra en la categoría que denota el bagaje de lecturas de las que puede presumir su autor, Pablo Matilla (Mieres, 1986). Cada uno de los relatos que lo componen corresponde a un recurso diferente, cada uno nos recuerda a un autor diferente, y cuando está a punto de dejarnos de sorprender, recurre, entonces sí, a la personalidad propia, que es la que atraviesa el libro y tiene mucho de melancolía. Sorprende, porque el lenguaje que utiliza y los temas que trata no parecen tocarla ni de lejos: desde el minimalismo distante de Carver a la parte desagradable de la vida y, sin embargo, lo que uno reconoce en el libro como mundo propio de alguien que todavía tendrá que construir su obra, es la memoria. Y nada es más propio de la memoria que la melancolía.

No importa qué personaje sea el que ponga voz, ni que el relato sea más o menos fantástico. Lo que se impone, una vez leído cada uno de los relatos, es el pasado, lo viejo o los viejos, o las ruinas, incluso el oficio de forense nos remite a la melancolía, por muy crudo que sea sacar ojos de los muertos. También está Bogart, cuya forma de encender cigarrillos es la más melancólica de la historia del cine en blanco y negro, la ópera y un pintor como Degas, que lamentaba tanto haber dejado de ver a las bailarinas, sin mirarlas directamente, sin contemplar el cuadro completo, que las pintaba con una delicadeza con la que solo se trabaja el mimo de nuestros mejores recuerdos. Hay un circo que, como no podía ser menos, es decadente, un viejo músico pobre que triunfó quién sabe cuándo y en qué lugar de América, un manicomio, donde la melancolía es patológica también para los amigos y pariente de los reclusos, y está, no podía ser menos Edgar Alan Poe. Uno tiene la sensación de que tal vez esta no haya sido la intención de Matilla al escribirlos, de que él trataba de hacer pura literatura, con referencia a Poe, sí, pero también a Cortázar, a Borges (¿quién no ha querido ser Borges en algún momento de su vida literaria?) y al género fantástico que frecuentó junto a su amigo Bioy Casares, tal vez el autor al que está más próximo, finalmente, el propio Matilla. Como él, practica la pasión por el cine negro, la lectura y las preguntas acerca de los cadáveres. Como él, su estilo es tan popular como intrigante resulta lo que esconde. En algún momento, puede que sospechemos de la presencia de un espíritu, con toda la polisemia de este término. Y también existe la realidad, por supuesto. Pero en la realidad de Matilla cada individuo no comparte la suya con los demás. Da la sensación de tratarse de realidades tabicadas.

Pero estas no son las únicas paredes. La violencia no traspasa la piel. Está contenida y termina por transformarse en una forma de locura. De hecho, en alguno de los relatos el detonante es un tipo que piensa que para triunfar se precisa ser agresivo y mata la melancolía, mata el pasado. No es un reproche, pero nos encontramos frente a un autor que hace de los temas una literatura reaccionaria: las cosas fueron un día mejor que como son ahora. ¿Hasta dónde podrá llegar la literatura de Matilla? Es mejor no preguntárselo, porque también contiene esa monomanía de la literatura de actualidad, que es la identidad, preguntarse por algo tan evidente que, dado que la literatura no es el arte de ver, jamás se terminará de resolver en términos de texto. Pero por ahora, eso sí, nos deja unos cuantos monstruos que llevan dentro unos cuantos personajes, entre los que cualquiera de nosotros podríamos ser uno de ellos. Este libro es, lo comentamos al principio, un viaje por la literatura.

 

Y luz en las grietas

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