‘En el camino’. El libro de Sal y Dean Moriarty

Por Gaspar Jover.

En el camino es una novela de Jack Kerouak que podemos calificar como de viajes y de aventuras, pero en la que no aparecen héroes, no se produce en lugares o tiempos exóticos y, desde luego, no tiene un final feliz para sus protagonistas. Es una novela de aventuras, por lo tanto, que llama a engaño.

Lo  que sí muestra es un aroma característico, una forma de ser y de vivir, una personalidad muy particular que se desprende de la novela en conjunto y de cada una de sus páginas. Se puede copiar algún fragmento que dé idea de esto que digo pues es tal la armonía con que está escrita, que cada una de sus páginas contiene a la totalidad. Pongamos dos fragmentos representativos de lo que quiero decir:

  1. “¡Dios mío! tengo que volver y ver qué más cosas pasan –Prometí”.
  2. “No sabía qué decir; tenía razón, pero lo único que quería era escurrirme y desaparecer en la noche y ver lo que andaba haciendo la gente por todo el territorio”.

La clave de ese aroma indiscutible y homogéneo quizás se encuentre en que el narrador cuenta las cosas interesantes, las que le han pasado en su vida de aventuras, concediéndoles a todas parecida importancia, saltando de una a otra sin darle demasiado énfasis a una en perjuicio de las demás. Los personajes se comportan también de este modo trepidante. Todo les interesa: la filosofía, la literatura, escribir literatura, la naturaleza, las mujeres, el alcohol, los viajes y conocer gente. Se puede decir que son demasiado vitalistas aunque alguna vez les asalte la gran duda y se depriman durante algunas minutos, aunque un poso de amargura e insatisfacción quede al final de cada episodio. Sal, el narrador y protagonista, lo ha conseguido; ha conseguido un estilo propio, un tono genuino, una particular visión del mundo, lo cual va acompañado de un estilo contundente aunque con la apariencia de espontáneo. Sin la presencia de un norte claro en sus vidas, una solución para ellos mismos y para su entorno, todo les parece continuamente excitante, “ante él –dice Sal sobre su íntimo amigo Dean Moriarty− se abría la desnuda y estática alegría de la pura existencia”. Y ese norte no lo encuentran pese a que dedican mucho tiempo a la reflexión concienzuda sobre el sentido de la vida.

El personaje Sal es el protagonista y el narrador. Sucede que podemos tomar las reflexiones y explicaciones que va dando a lo largo del libro no como productos de un trabajo “a posteriori”, en la comodidad del despacho o en la intimidad de la habitación, sino como puntualizaciones contemporáneas a los hechos que nos transmite, es decir, sobre la marcha y sin ponerse por encima de las situaciones. No se sabe si Sal controla a los personajes que nombra en su novela o si estos llevan a Sal. Parecen encontrarse todos ellos a un mismo nivel de clarividencia o de confusión. Aun siendo una novela autobiográfica, el protagonista y narrador no se sitúa en la serena posición que el paso del tiempo proporciona, sino que transmite la tensión de cada momento y aventura como si los estuviera viviendo al mismo tiempo que los cuenta. Tal vez porque con el paso de los años, Sal sigue sintiendo las mismas irrefrenables ganas de aprovechar el tiempo que le ha sido concedido y las misas dosis de inseguridad y de seguridad.

Todos los personajes a los que Sal quiere, y de los que , por tanto, se ocupa en su libro, son extraños, locos, un tanto “pasados”. En un párrafo dice de su principal acompañante: “Dean anduvo entre ellos, subiendo y bajando en el calor. Anduvo por toda la cubierta y subió por una escalera con sus pantalones sueltos colgándole de la tripa. De pronto le vi anhelante, como siempre, en el puente. No me hubiera extrañado verle echarse a volar. Oí su risa de loco por todo el barco”. Dean es el coprotagonista con la misma importancia que el personaje narrador. Es en el que mejor se encarna toda esa filosofía de la vida inútil y peligrosa, intensa y bella. Ha robado cientos de coches solamente por el placer de conducirlos, y ha tenido muchos problemas con la policía porque conduce poseído por el placer de la velocidad, y porque desea conocer siempre lo que hay al otro lado de una curva o más allá de un paso de montaña.

Es un tipo especial cargado de contradicciones, un ángel y un demonio, se le nota rebosante de recursos: “Era una fiesta siniestra. De pronto Dean se quedó quieto y se sentó en una banqueta de la cocina entre Stan y yo y empezó a balancearse sin prestar atención a nadie. Simplemente había desaparecido durante un momento para reunir más energías. Si se le hubiera tocado, se habría deslizado hacia abajo como un canto rodado detenido por una piedrecita en el borde de un abismo”. Y del mismo personaje se dice en otro momento: “Quedamos tumbados de espaldas mirando al techo y preguntándonos qué se habría propuesto Dios al hacer un mundo tan triste”.

Otra peculiaridad de esta novela de permanente itinerario por los EEUU es que los continuos viajes de los personajes –de ahí el título− no tienen una finalidad concreta, algo así como visitar a un pariente, conseguir un trabajo, hacer turismo en un periodo vacacional, sino que viajan sobre todo por el placer de viajar, de moverse. Se desplazan en una dirección, van a alguna parte, pero lo importante es el movimiento, el viaje mismo. Son capaces de conducir las veinticuatro horas, de dormir y comer dentro del auto con tal de avanzar y de llegar cuanto antes aunque no tengan ninguna urgencia. La alegaría, el entusiasmo máximo se da sobre las cuatro ruedas o sobre cualquier otro vehículo que sirva para recorrer el asfalto. Dean es el que mejor conduce y a mayor velocidad; el coche en sus manos no encuentra limitaciones, ni dificultades serias en el trazado. En uno de los capítulos, vemos que Dean está dispuesto a seguir a pesar de que las luces no funcionan y de que se encuentran en plena noche, a pesar de que él mismo reconoce que sólo podría ver la carretera cuando se cruzara con otro vehículo. Resulta que, además, atraviesan un tramo de carretera muy poco transitado en el apenas encontrarán a alguien de frente. Pero, de forma milagrosa, las luces vuelven a funcionar cuando comienzan a atravesar la zona de los pantanos.

La expresión “estar alto” se repite a lo largo de la última parte de la novela, y significa estar en un momento de gran excitación o hipersensibilidad, ya sea por efecto del alcohol, de las drogas, de la música, o por una combinación de todo eso. Es una expresión convencional y vulgar porque el estilo de la novela no resulta literario en el sentido de exquisito. El ritmo de su prosa es alto, eso sí, es el ritmo que el escritor seguramente desea. Todo sucede con aceleración sostenida y el estilo elegido contribuye a dar esa impresión en todas las páginas. Aunque todos los personajes, incluidos Dean, beban mucho, no sólo son grandes bebedores y conductores sino también algo más complejo, sutil, no codificado; no se conforman y sienten una desazón poderosa y romántica que les empuja a caminar y a desplazarse sin temor al cansancio físico.

Y puede que haya también un contenido último, algo parecido a un mensaje. El mensaje último y profundo de la novela puede ser tal vez que no existe rumbo, que la vida no tiene un significado especial, un objetivo transcendente más allá de la búsqueda constante y de cada una de las experiencias vitales. No es un simple libro de aventuras sino una novela con trasfondo filosófico tajante, existencialista. Se trata de un existencialismo particular que no resulta sesudo, tampoco pesimista, sino vitalista y contradictorio. Como reconoce el narrador cuando él también comienza a deslizarse por el camino de las falsificaciones y de las convenciones, la vida no tiene un sentido: “y nadie, nadie sabe lo que va a pasar a nadie excepto que todos seguirán desamparados y haciéndose viejos”.

El lector ha sabido desde las primeras páginas que la acumulación de episodios y aventuras no va a concluir, como quieren los personajes, con el descubrimiento que les proporcione la serenidad y un lugar ideal donde establecerse. El lector sigue adelante aunque intuye, desde el principio, que la novela que tiene entre manos no va a tener una conclusión. Y no le importa mucho que la peripecia termine con un final completamente abierto. El lector sigue interesado en las alocadas peroratas filosóficas, en los arriesgados y trepidantes viajes, en las salidas de tono y los momentos de clarividencia de Dean y Sal porque es consciente, quizás, de que los objetivos que se alcanzan y las enseñanzas que se dan por definitivas casi nunca producen consuelo.

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