‘Todos los espejos rotos’, de Antonio Tejedor García

POR JOSÉ ANTONIO MARTÍN VIÑAS.

Comenzar in media res una narración tiene la ventaja de introducir al lector en la acción directa. Si, además, se trata de una noticia sobre un secuestro, el interés se incrementa, porque casi todos tenemos interiorizado lo que supone que una persona desaparezca y, sin ser periodistas, enseguida nos asaltan las preguntas frecuentes, todo ello unido a los problemas que atañen a la familia, los amigos, etc.

El libro de Antonio contiene todos los ingredientes propios de una novela policíaca (desapariciones, muertes, pesquisas, ocultamientos…) y sin embargo rompe con el esquema habitual de este tipo de novelas, pues nos encontramos con que el investigador no es un policía, sino un joven periodista con un trabajo rutinario (además de ser traductor para la policía, por su origen árabe) que nos recuerda al de Clark Kent. Incluso su nombre y primer apellido es muy normal: Pedro García.

Sin embargo, como sucede con el alter ego de Supermán, un buen día todo cambia pues, como los buenos periodistas, se halla en el lugar y momento apropiados y en su caso nada más y nada menos que siendo testigo del secuestro de un empresario importante de Zaragoza. A partir de ese instante “milagroso”, los acontecimientos lo conducen a un abismo de experiencias relacionadas directa o indirectamente con el rapto.

Nuestro periodista trabaja codo con codo con la policía y, por tanto, se encuentra en el meollo de la información. Pero cuando la información tiene demasiado poder vale mucho dinero (“Con la Iglesia moderna hemos topado, con el dinero”, reflexiona nuestro reportero) y la verdad suele ocultarse también detrás de tanta información.

Antonio de forma irónica ha recurrido a un narrador en primera persona en lugar de a un narrador en tercera, cuando sería lo adecuado para contar los hechos de forma objetiva. Este matiz nos recuerda que toda información es valorativa y así se reconoce en muchos pasajes de la novela. La información en la sociedad actual se ha convertido en un mercado más donde se compra y se vende y cotiza en la bolsa de muchos bolsillos. Pero, sin duda, donde bulle la palabra es en las barras de los bares, pues, a la vez que se sirve una buena cerveza, entre conversación y conversación, la información también se va destilando gota a gota, sin prisas. En nuestro país, la sociología como terapia comunitaria nos salva de acudir a la psiquiatría individual. Veamos un fragmento de diálogo de la página 225.

-La ciudad entera está llena de ratas -dice.

-Lo manejan todo, son los amos. ¿Qué podemos hacer?

-Lo que estamos haciendo, charlar en la barra del bar. Es el deporte de este país, darle al pico para descargar la conciencia.

En cuanto a los temas, en una novela polifónica como la que nos ocupa, estos se bifurcan, se amplían, se diversifican: la familia, el amor, el paro, la soledad, la pasión… van jalonando el texto de Antonio. Pero en el centro de estos vaivenes está la corrupción, la ruptura de algo que otro u otros han construido. Si al verbo corromper le hacemos la autopsia, enseguida percibimos la preposición co(n-) -del latín cum-, cuyo significado, en unos casos, remite a la idea de unión o compañía como en convivir, componer, conmover, etc. y, en otros, esa preposición intensifica el valor del vocablo al que acompaña como en conceder o en corromper, la palabra que nos ocupa. Una vez analizada la preposición, veamos el lexema, es decir, la esencia de la palabra, que procede también del latín rumpere “romper, reducir algo por completo a fragmentos minúsculos”. Visto así, apenas nos sorprendería su significado. Por eso, tenemos que profundizar más en su abismo lingüístico y entonces descubrimos que su raíz indoeuropea, que responde a su rastro más antiguo, reup-, significa “arrebatar” y si la seguimos desmembrando, encontramos otras palabras ligadas a su origen primigenio y en él hallamos el verbo robar y arrobar, este último con el significado de “quedar fuera de sí”. Y ahora ya empezamos a hilvanar nuestro razonamiento: el que corrompe rompe en piezas pequeñas algo que otros (sus conciudadanos) han construido poco a poco. Pero el que destruye sabe que esas piezas son valiosas y por eso, una vez que están rotas, las va sustrayendo, es decir, robando. Y lo más interesante, cuando lo descubren, justifica que estaba arrobado o que estaba poseído por el arrobamiento o arrobo, es decir, que estaba fuera de sí. Luego, si rompió todo y se lo llevó en un momento de enajenación, su exculpación está justificada. No hay duda, el corrupto sabe encajar bien sus piezas. Así pues, el libro de Antonio también se podría titular: Todos los espejos, corruptos.

En la novela de Antonio todas esas piezas encajan y la corrupción salpica por doquier. De hecho, en el libro se pueden percibir dos mundos antagónicos, antitéticos, que se relacionan de una forma irónica: los amigos del protagonista y él mismo apenas sobreviven con un trabajo mediocre. Pero el dinero no aparece por ninguna parte, precisamente porque el dinero que ellos deberían estar ganando está siendo manipulado, vejado y enviado lejos, muy lejos, a los paraísos de los cuales los adanes y las evas, es decir, nosotros, hemos sido expulsados. Es curioso observar en esta ironía cómo los que están en paro, esto es, las personas, tienen que emigrar en busca de un puñado de euros y, en contraste, en las altas esferas, los que emigran no son las personas, sino los billetes. ¿Acaso no sería democrático que se fueran los corruptos sin dinero y se quedaran los honrados con un sueldo justo?

Todo es posible en un mundo corrupto, que se desvanece en un espejo que te devuelve una imagen rota, fragmentada, deformada, como aquella de la que hablaba Valle-Inclán en Luces de bohemia.

Otro matiz importante que identifica la originalidad del investigador y que rompe con los esquemas habituales es ese otro Pedro García que esconde también, como casi todos los protagonistas, un secreto: vende su cuerpo a cambio de dinero (lo que viene a ser un gigoló). Si de cara al público sobrevive gracias a sus atributos periodísticos, en el ámbito privado sobrevive gracias a sus otros atributos. No obstante, estamos de nuevo en el círculo vicioso de la corrupción, pues sabemos que Pedro García es un inmigrante y la prostitución, sea masculina o femenina, mueve dinero ilegal.

Si nos centramos en los personajes femeninos, observamos que Antonio conoce muy bien el alma de la mujer, con sus preocupaciones, ilusiones, devaneos, pasiones y dudas. En general, son mujeres activas, que saben tomar las decisiones apropiadas en cada momento de sus vidas. Las hay que se desviven por sus hijos, las hay que renuncian a su trabajo porque no quieren estar sometidas, las hay luchadoras y creativas, las hay pasionales que buscan el cuerpo a cuerpo y las hay que buscan desnudar su alma. De una manera o de otra, todas tienen que enfrentarse a hombres, que se mueven por sus egoísmos ancestrales y que tratan de romper los espejos a los que se miran.

El libro de Antonio esconde también un proyecto metaliterario, pues si la verdad no se puede publicar en el lugar que sería adecuado, a saber, el periódico, entonces no queda más remedio que recurrir a la novela. Es evidente que la literatura salva a la verdad del olvido. Además, están los microrrelatos escritos por Regina, que suponen literatura dentro de la literatura y que en el caso de Antonio supone una metaliteratura muy original, pues los microrrelatos que publica Regina están extraídos del anterior libro del propio autor: No me cuentes mi vida. De esta forma, hay un juego o salto literario, según el cual, una autora, que es un personaje de una novela, publica unos relatos que ya habían sido divulgados por el propio autor. Desde el punto de vista literario, Antonio le ha hecho un guiño al juego de perspectivas del maestro Cervantes.

Y rociando toda la novela hallamos los haikus del poeta Ramiro, a medio camino entre el pensamiento y el sentimiento. Este arte japonés tiene una concepción de la existencia frágil y precaria y por eso, en los haikus de Ramiro, se percibe ese carácter efímero en el uso de la metáfora furtiva y sorprendente, y que contribuye a esa sensación quebradiza e inestable que atraviesa la novela de Antonio:

Haz de periódicos

es la luna escondiéndose

en la oficina.

Si nos centramos en los aspectos lingüísticos, Antonio maneja la descripción con pinceladas precisas, las suficientes para caracterizar con unos cuantos adjetivos al personaje. Veamos el ejemplo de la página 58:

Doce de la mañana, sede del partido. Apretón histriónico, de los que dejan dolorida la mano para un buen rato. Unos sesenta años, moreno playa, una mancha morada en la sien izquierda. Canas de interesante y sonrisa de campechano. Aspecto de galán que empaña el traje gris de corte clásico, recto, con dos botones en la chaqueta, camisa del mismo color en tonos más claros, corbata casi negra.

Por otra parte, a las explicaciones mediante el uso de subordinadas se suceden las frases cortas, sentenciosas, con silencios, cortantes como el cierzo, a veces cargadas de sutiles metáforas y juegos de palabras. Ejemplo de la página 83:

Pido una cerveza. […] Mientras la bebo llamo a Maica. Contesta a la primera. Increíble. Un accidente. Del móvil, no de ella. Destripado bajo la rueda de un coche. Salvó el cerebro, o sea, la tarjeta. Hace media hora que le habían dado uno nuevo. Le hablo de Regina. Sin problemas. El día que quisiera, a mi disposición. Algo me contará.

Por último, conviene reflexionar sobre ese cuento final cuyo título El grito nos hace visualizar de inmediato (como ocurre con la noticia del secuestro que inicia la novela) otro grito, el de Munch.  Alguien tiene que poner freno al desmán, a la invasión de tanta impunidad. Basta es un buen verbo y un buen imperativo para que todo vuelva a tener un orden natural. Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato?

En resumen, la novela de Antonio Tejedor te salpicará con la intriga de una buena novela policíaca, pero también te salpicará con la basura que mueve nuestra actual sociedad, donde todo cambia y se transforma sin reparar en si los motivos son éticos o no, pues los protagonistas, todos muy celestinescos, solo miran por sus intereses y pasiones de los cuales serán víctimas casi todos.

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José Antonio Martín Viñas (Cuntis, Pontevedra, 1966) Es licenciado en Filología Clásica e Hispánica por la Universidad de Salamanca. Trabaja como profesor de Lengua castellana y Literatura de Educación Secundaria en el IES Calisto y Melibea de Santa Marta de Tormes (Salamanca). En 2011 obtuvo, en coautoría, el Premio Nacional Giner de los Ríos de Calidad Educativa con el trabajo “Todos los camino conducen a… El libro.”
Ha recibido varios premios literarios, tanto en gallego como en castellano.

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