‘Escuela de mandarines’, una novela más que recomendable

GASPART JOVER POLO.

Escuela de mandarinas es un libro grueso y barroco, en efecto, pero las páginas pasan rápido cuando la lectura resulta amena y al mismo tiempo te hace reflexionar con espíritu crítico; más aún cuando también te hace sonreír. He leído en algún sitio que se trata de una parodia de la institución universitaria en época del dictador Franco pues el autor padeció el franquismo y, más concretamente, la universidad franquista de Murcia en la que trabajaba como profesor. Tal vez, algunas de las calamidades que este novelista, Miguel Espinosa, describe pueden adjudicarse solamente a las universidades de aquella época de dictadura, pero mucho me meto que otras calamidades siguen presentes y siguen empujando al alumno universitario a la pasividad y al desinterés. Se trata de un libro ameno, como ya he señalado, porque nos cuenta la peripecia de un protagonista que va viajando, o sea, que es una novela de aventuras y de carretera en la que se van sucediendo variados personajes y muy variopintas circunstancias. Es una especie de Quijote del siglo veinte pues el protagonista de este libro no solamente se pasa el rato viajando sino que, además, se impone la tarea de cumplir una misión completamente utópica y disparatada, se enfrenta al mundo apoyado tan solo en su gran capacidad de sacrificio y en su férrea voluntad.

Me parece un libro recomendable porque además se cita poco en los medios académicos y periodísticos, mucho menos de lo que se debería. Se cita poco la capacidad para la hipérbole humorística de Escuela de mandarines; es decir, para la caricatura humorística en la línea de don Francisco de Quevedo, por poner un término de comparación conocido. También se cita poco su capacidad para inventar palabras (para crear neologismos) y para adjudicar a las palabras ya existentes significados que resultan inesperados, que ya estaban en las palabras pero que tal vez sólo se encontraban en estado latente. Y además no se conforma con crear un neologismo aplicable a cada concepto, institución o personaje, sino que crea varios sinónimos todo ellos jugosísimos sobre un mismo concepto o personalidad. Las hipérboles humorísticas, los ingeniosos neologismos y las acepciones inesperadas, más que sucederse, se atropellan y brotan con forma de enérgico borbotón. También se cita poco su capacidad para crear todo un mundo fantástico a la manera de autores como Tolkien en El señor de los anillos, un mundo que, en el libro de Miguel Espinosa, se denomina “la feliz gobernación”, que es el gran imperio en donde gobierna la casta de los mandarines. Este mundo en apariencia fantástico puede entenderse como caricatura del mundo universitario de entonces, de la época de la dictadura, pero también se sostiene perfectamente como mundo autónomo a la manera del imaginado por Tolkien.

Cervantes, Quevedo, Tolkien juntos y en relación armoniosa. No es que Miguel escriba como ellos, claro; tampoco tengo por seguro que se inspirara en alguno de ellos. Solamente nombro a estos tres grandes autores para que el lector se haga una idea de lo que puede encontrar en Escuela de Mandarines, de la importancia que tiene esta obra para mí.

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