Irene García Carbonell: “Mi novela, no es más que la experiencia vital del hombre”

SONIA RICO.

La primera novela de Irene García Carbonell se inicia con un enigmático y poético título: Y nunca más me haré a la mar. Publicada por Valparaíso en 2017 ha supuesto el debut en el mundo literario de Irene por la puerta grande. La novela nos cuenta la vida de Joaquim Roure, un hombre en la recta final de la cincuentena, se enfrenta a la relación con una mujer treinta años más joven que él. Esta vez, de nada le servirá toda la experiencia acumulada en su intensa y agitada vida amorosa, que incluye un matrimonio fallido.

El evidente atractivo femenino de esta mujer no es el motivo que ha captado su atención, sino otros de índole muy distinta. El encuentro y la relación con ella le harán toparse, cara a cara, con lo que él llama la «consecuencia perdida»: la irremediable secuela de un acto involuntario, inconsciente e ignorado tiempo atrás, que reaparece tarde o temprano de forma inesperada para cobrarse su «factura». Quim Roure comenzará a pagar, de forma implacable, las deudas contraídas a lo largo de su vida.

-Irene, ¿cuándo empezó esta novela a gestarse en tu cabeza?

Allá por el 2001. Para el verano de 2003 tenía un primer manuscrito, que luego hubo que poner a “cocer” bastantes años. Pero si hablamos de gestar la novela, la idea, el embrión que empujaba para salir de algún modo de mi cabeza, es algo mucho más antiguo, y diría que ¡nada original! Imagino que original, en lo que es de manufactura humana, hay muy poco a nivel conceptual. Cambian las formas, creamos nuevas vías de expresión, pero al ser humano le preocupa, le fascina, lo atribula o lo tranquiliza lo mismo desde los tiempos de los tiempos.

La idea de mi novela, no es más que la experiencia vital del hombre. De un hombre en concreto en el caso de “Y nunca más me haré a la mar”. Sobre eso, nos han llegado textos tan antiguos como la Odisea. Y por favor, no me tomen por una pretenciosa, no me estoy comparando, sólo quiero apuntalar mi afirmación anterior de que no he sido nada original. A mí, me acuciaba contar una experiencia vital, y en cierto modo angustiada, como la de mi protagonista. Nunca he escrito un diario –tengo algunas notas sueltas de hechos que no quiero olvidar y he tomado nota “en caliente”, para que el tiempo no los deforme en mi memoria, pero no un diario propiamente dicho-, siempre me daba apuro y también sentía algo de vértigo frente a lo que pudiera escribir si escribía la verdad. Me coartaba y si alguno empecé –que lo hice- lo “maquillaba”, me presentaba ante mi misma –estúpido, ¿verdad?- como una “chica normal con los problemas propios de la edad”. En fin, vomitivo.

Lo dejaba correr a las tres páginas. Para escribir chorradas infumables, me quedaba mejor con mis cuitas guardaditas en mi cabeza, ¡sí, cociéndose! Y aunque parezca mentira, ¿saben en que pensaba incluso en aquellos años juveniles en los que, por supuesto, no se piensa en nadie más que en una misma?¡Que cuanto escribía, era dejar constancia, para escarnio público en el futuro, si caía en manos inadecuadas! Recuerdo que pensaba: si descubren esta M, ¡encima pensarán que eres así de tonta! Pues todo cuanto escribía era, de verdad, para echar la pota, pero lo era por mentira, por ser una máscara. Si alguien va a leer alguna vez lo que escribes, me decía a mí misma, ¡saca “el monstruo”! Que por lo menos no tengas que mentir para sostener una mentira, y puedas decir: si no te gusta, no lo leas, ¡pero es lo que hay!

Bueno, todo este rollo para decir que sin estas cuitas juveniles no se entiende como ya en la treintena, alguien se pone a escribir algo que bajo una apariencia de convencionalismo absoluto –¡Soy una mujer educada en el más absoluto y anodino convencionalismo!-, puede resultar poco ortodoxo.

-¿Cuesta dar el paso de la escritura a la publicación?

A mí me costó por ese periodo de cocción del que hablo, pero no fue difícil una vez tomé la decisión. Hubo “catalizadores”, por supuesto, personas que se habían leído la obra y cuyo criterio era, por profesión y por altura intelectual, apoyo suficiente para intentar dar ese paso. Luego además, aparecieron entusiastas que se involucraron en el proyecto. La primera edición lleva el sello de la Federación AICE (Asociación de Implantados Cocleares de España), y eso se debe al apoyo que esta organización me prestó. Su presidente, el señor Joan Zamora, se leyó la obra de cabo a rabo y, aparte de decirme que le había gustado, dio el visto bueno a una cuestión técnica que, de haberse desarrollado mal, podría haber desbaratado la obra: la protagonista es una mujer sorda postlocutiva que ya en la edad adulta se somete a un implante coclear. Esto es circunstancial en la obra, no el tema central, pero era importante que no hubiera errores en el tratamiento de esa discapacidad y su solución quirúrgica y tecnológica. A esto, súmale el prólogo que para obra escribió la coordinadora de la federación, la señora Teresa Amat, que como lingüista, le dio, además, un buen repaso a la obra. Se entiende que con tanto apoyo, el paso ya sólo era cuestión de dedicarle tiempo a buscar una editorial.

-A través de Quim Roure, el protagonista, nos hablas de varios temas: el paso del tiempo, las consecuencias  de los actos, el no poder pasar página en la vida pero ¿cuál es el principal para ti?

Definitivamente, las consecuencias de los actos. Me sorprende la inconsciencia de la gente frente a las consecuencias de sus actos. Para mí, es algo vital, todo lo repaso a modo de cadena causal hacia atrás cuando analizo un hecho, un suceso. Puede ser un poco agotador, lo reconozco, pero no puedo evitarlo. Y no sólo hacia atrás. También he tomado decisiones en la vida a cuyas posibles  “facturas” he dedicado muchas noches en blanco. Por supuesto, no tengo una bola de cristal, pero sí puedo decir que hay decisiones que he tomado “porque he tenido que tomar” y me he preparado para lo que tuviera que ser, que podría haber sido terrible, por ejemplo, pero nada podía ser más triste que donde estaba. Me fastidian enormemente los plaños de quienes les toca pagar por sus actos, honestamente. No puedo evitar pensar de debieron pensarlo antes, pensarlo mejor o si no lo pensaron, ¡asumir las consecuencias sin más! Un poco de dignidad, por favor. Y ojo, que hablo sólo de consecuencia de actos, no de accidentes o imprevistos. Ese es otro tema. Hasta cuando actuamos creyendo que tenemos razón, debemos contemplar la posibilidad de tener un cabronazo enfrente, y si aún así, echamos para adelante… es lo que hay, y lo sabías, luego haber diseñado tu acción de otro modo. El error es de uno mismo, no del otro o los otros, sobretodo si éstos no son ningún misterio y pocas veces lo son.

-¿Todos los actos tienen consecuencias?

¡Todos! Sin excepción.

-Y ¿qué sucede con esas personas que no “pagan sus facturas”? Que también las hay.

¡Sólo son apariencias! Y no es por consolarse; parece que no pagan, ¡pero anda que no! A veces –y eso pasa mucho- ni se enteran, pero si notan que algo no va bien. Te pongo un ejemplo: el tipejo que asciende deprisa en su empresa y nadie lo entiende. Es desagradable con los compañeros, a quienes luego, cuando son sus subordinados, trata sin respeto. No empatiza. Va a la suya. Da muchas órdenes que ni él podría cumplir. Fija objetivos así al, tuntún, si base ni fundamento, sólo porque es lo que le pide a él “el accionariado”, y se limita, pura y llanamente, a pasarle el muerto a la tropa. Y algunos se consuelan diciéndose que, claro, ha subido porque “arriba” necesitan un perro de presa, y como yo soy una buena persona, etc. Bien, pues es probable que además en casa tenga una tía buena por esposa: alta, rubia y delgada.

Jode, ¿eh? Pues ahora, observémoslo con detenimiento: esa barriga de comilonas de negocios, esas bolsas en sus ojos, su piel cerúlea –fuma, lo tranquiliza-, ese estado de alerta permanente para que no lo adelanten por la derecha –tiene miedo, sabe que ha ascendido hasta el límite de su incompetencia-, esos pequeños desprecios que le hace a su mujer –sabe que está con él por que le proporciona cosas materiales, status, pero no lo quiere, ¡y se lo hace pagar!-, el Ventolín… ¿Un triunfador? ¿Seguro? ¿Uno al que todo le sale bien? ¿Qué pisa fuerte y “no paga”? ¡Claro que paga! Con su vida, y no porque ésta sea un asco de vida, sino porque además, es probable que muera pronto y entubado. Y no son deseos maliciosos para tipejos infames, es la vida y su extraño sentido de la justicia. O no tan extraño…

-¿De dónde vino introducir la “sordera” como limitación en Cecília?

Para hablar de lo que quería hablar, necesitaba un espejo. Un personaje que diera la réplica al protagonista en sus cuitas. Joaquim Roure lo ha tenido todo muy fácil en la vida, no sólo por su origen social. Es, además, un hombre sano, guapo, fuerte y con una cabeza bastante potente. Y elegante, culto, “viajado”, formado… el sueño de cualquier suegra, vamos. Cecília no lo ha tenido tan fácil. Como digo en la novela, “ha nacido unos metros más atrás en la línea de salida de la vida”, ha afrontado una discapacidad, ha pasado lo suyo para superarla y vivir con la mayor normalidad posible y trabaja, vive, ama sin limitaciones. Eso le da poca cancha a Quim Roure para regodearse en sus sufrimientos, digámoslo claro, de pijo barcelonés. Unos sufrimientos que son fruto de su psicología y su educación, y que en cierto modo, ahí está su “discapacidad”. Sólo que ésta no es visible. No tiene una deformidad incapacitante o una minusvalía física, sensorial o mental. La discapacidad de Quim es la de tantos que andamos de “normales” por la vida, sin saber cuan limitantes -¡hasta incapacitantes!- pueden ser nuestros miedos, por ejemplo. Ahora bien, Cecília es sorda porque es una discapacidad que no me es del todo extraña, alguno tengo en la familia, y ya sabes, la ley del mínimo esfuerzo: con poco que me informara, iba a diseñar bien el comportamiento del personaje. Pero que tenga una discapacidad, es circunstancial y sobretodo ¡instrumental! Podría haber elegido una cojera o cualquier otra limitación “visible”.

-Las referencias a la música clásica y la ópera son una constante ¿Eres melómana o tuviste que documentarte para ello?

¡Soy melómana empedernida! Desde muy joven. Al principio de esta entrevista, ya dejo entrever una juventud en la que no me sentí del todo a gusto. La melomanía me ha dejado algunas anécdotas para el recuerdo: en primero de B.U.P. teníamos clase de historia de la música. Una profesora estupenda acudía a clase con sus vinilos y el tocadiscos y, a lo largo del curso, íbamos avanzando por las diferentes épocas, estilos y movimientos, compositores e intérpretes. Esa clase era mi hora de gozo y de descanso. ¡Una maravilla! Recuerdo un día, a principio de curso, en que puso el famoso adagio de Albinoni. Bueno, pues resultó que “famoso” para mí. Preguntó si alguien lo conocía y, entusiasmada, levanté la mano. ¿Lo puedes creer? ¡Levanté la mano! ¿Cómo pude hacer algo así? Imagínate los compañeros, ¿de verdad sabes de quién es esa música?, parecían decirme. ¡Repelente! Lo peor fue que, efectivamente, acerté, y cuando la profesora me preguntó cómo era que lo conocía, dije que tenía el disco en casa. El murmullo en la clase fue humillante. Aquello fue mi sentencia en un grupo en el que lo “cool”, lo guay y lo que molaba era conocer lo último de Mecano, Bowie o F.R, David. ¡Qué no es por desmerecer! –Bowie también me gustaba mucho y sigue gustándome-, pero es que yo vivía la música clásica, la amaba, me alimentaba, me transportaba… y tenía catorce años, cuando se supone que debían molarme las discotecas y en aquellos tiempos, ¡lo punk!

-Hay una interesante alusión al complejo de Edipo.

Lo uso con una vis mágica, o esotérica, del complejo: el hijo de Joquim Roure está enamorado de la novia de papá, Cecília, quien al mismo tiempo, lo es porque cuando Quim la ve por primera vez, le trae a la memoria a la madre del chico. Este juego lo uso para hacer pausible ese vacío que el chico, ya un hombre, intuye en su vida. En su estupenda, magnífica y resuelta vida. Sólo lo intuye, pero el joven hombre que es el hijo de Quim, es una mentira. Y eso que cumple muy bien con sus cometidos: saca su carrera, lleva el negocio, es una buena persona “al uso”… nada que haga pensar en una persona no válida o falsa. ¿Qué mentira alberga entonces este joven? Un origen, si no oculto, sí acallado en su corazón, en sus recuerdos y también en su familia. Para que parezca lo que no fue. El detonante para que emprenda la búsqueda de su verdad, es precisamente el enamoramiento de una mujer que se parece a su madre, y que puede acabar siendo su madrastra, y por supuesto, la competencia con el padre y su imponente sombra.

 

-La novela nos plantea el eterno debate de si el amor tiene edad y sobre la diferencia de edad en la pareja.

¿Qué quieres que te diga? Para mí el amor no tiene edad, aunque para eso, quizás deberíamos empezar por definir “amor” y eso puede ser largo y complejo, y no dar para tanto una entrevista, que tiene obviamente sus limitaciones de espacio. Así que atajaré diciendo que si amar implica crecer, aprender, desde luego el amor no tiene edad. Están las maniobras del “daemón” –como diría Platón- para la conservación de la especie, y sí, eso es importantísimo, es una de las manifestaciones del amor, pero eso no surge si no hay está esa admiración, la del que aprende algo nuevo, la del que crece por quien lo hace crecer. Dicho así, podría parecer que sólo puede amar quien es menos, y quien es más no puede amar a quien lo ama, precisamente porque es más, pero no es así, porque nadie es más en todo, siempre hay territorios en los que una persona es menos que su pareja amada y viceversa. Podría resumirse en admiración mutua aunque sea en terrenos dispares. Si no, una pareja esta coja. Y visto así, como digo, el amor no tiene edad.

Recomiendo a los lectores una película titulada “Breezy”, con un estupendo William Holden y una jovencísima Kay Lenz, dirigida por Clint Eastwood. En ella, un hombre de mediana edad (W. Holden en el papel de Frank) se enamora de una veinteañera (Kay Lenz en el papel de Breezy, y a la que afirma triplicarle la edad). Surgen todos los problemas, cuitas y prejuicios: la sociedad que lo juzga a él como un viejo verde, a ella como una hippie loca, los amigos de él, que se ponen hasta vulgares cuando tienen conocimiento de la relación, mientras se quejaban de sus aburridas vidas antes de saberlo, la exesposa, que se preocupa por los desvaríos de su exmarido, la tendera del quiosco de helados que la toma por su hija y por supuesto, las cuitas de hombre que se fustiga con un montón de prejuicios, fruto de las frustraciones de los demás, que vierten sobre él sin piedad. En un momento, él se rinde a la presión, al convencionalismo e incluso a su sentido del ridículo, y deja la relación. Su vida no mejora, no se siente mejor. La ama y no quiere vivir sin ella.

Al final, acude en su busca en un parque donde ella se reúne con sus amigos y la  película termina con el siguiente diálogo:

(Frank suelta el perro que adoptaron entre los dos y el pero va en busca de la chica, ella lo reconoce y se gira para ver de dónde viene. Frank está apoyado en un árbol, esperando su reacción. Finalmente, Breezy se acerca con el perro a hablar con Frank)

Frank: Hello, my love.

Breezy: Hello, my life.

Frank: I don’t know, if we’re lucky it might last a year.

Breezy: A year! Just think of it, Frank! A whole year!

Pues eso…

-Los escritores nos quedamos un tiempo con nuestros personajes ¿has podido dejarlos de lado y embarcarte en algún otro proyecto literario?

Sí. Forman parte de mi familia literaria, pero están ahí, como la familia. Los visito de vez en cuando, pero eso no me impide conocer nuevos personajes, es decir: crearlos y llegar a conocerlos bien.

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