Juan Andrés García Román

 
Uno de los logros más llamativos de la poesía de Juan Andrés García Román probablemente sea esa continuidad sostenida de las imágenes que confiere a sus textos la peculiar atmósfera alegórica que los caracteriza. Su discurso demuestra, una vez más, que la figura onírica no tiene por qué ser irracional. La elegante elasticidad de su escritura se suma al revival del verso largo, de la imaginería que brota a borbotones y al poema no encorsetado, tampoco lingüísticamente, pues, como empieza a ser frecuente, el autor no escatima composiciones políglotas, ni tampoco modulaciones tipográficas u onomatopéyicas. Sus apuntes culturalistas aparecen como referentes tan propios que lo extraño sería que no estuvieran. Nada de lo anterior terminaría, sin embargo, de cuajar si no fuera agitado por una mano lúdica que no ceja en su intento de alcanzar una idea, sin epítetos, de belleza. Pero lo mejor de todo es que al leerlos no nos cabe duda alguna de que poemas como estos sólo ha podido escribirlos un niño.
Por JORGE DÍAZ MARTÍNEZ
 
 

PERO TÚ ERES COMO FRANZ MARC

(LAS PATAS DEL MAR SON CORTAS Y GRUESAS COMO

LAS DE UN ARMARIO O UNA BAÑERA)

 

los caballos de Franz Marc son eso:

una gran respiración

a. g.

 

 
En el café descapotable,
junto a la orilla en la que el pescador va abriendo las cajitas de los
cebos
—cárceles para lombrices—,
se sentó a nuestro lado un matrimonio mayor.
La pronunciada ojera de ella es una bolsa que acumula imágenes,
igual que el bocio de un pelícano acumula peces.
¡No! ¡Es la mujer del lago,
la que tiene las rodillas mirando hacia atrás y anda como las grullas!
Él lleva largos y estrujados bigotes-Dalí: nos preguntamos
si los usaría como los gatos para entrar por las puertas
o si los usaría dentro del féretro para comprobar su angostura.
Le habían servido un huevo cocido dentro de un tulipán:
extraño nido, extraña huevera.
Ya golpeaba la cáscara con una cucharilla, mientras le preguntaba a
la mujer:
¿Has visto lo que dicen las noticias, Marta?
Monos, monos entrenados para entrar en pisos y robar el oro.
 
Tú aún sigues «loca por la belleza?»:
Los caballos de Franz Marc son eso, una gran respiración— dijiste.
También contabas algo de un hueso en el oído de los peces
que mide nuestro tiempo igual que los anillos de los árboles.
 
Después, nos acercamos a la orilla a contemplar el mar agitado:
mudez,
la lengua de signos rompiéndose contra las rocas,
dos simultáneas y entrecruzadas liturgias.
En el cielo, la nube del agrimensor.
Entonces, lanzaste una piedra al agua
—aunque hoy lo recuerde como si hubieras lanzado una piedra al
perfume—.
La arena de la playa era ondulada como una alfombra
y las punteras de tus sandalias asemejaban un costillar de paloma.
 
Hasta ahí la mimesis. Luego, comenzaste
a echar miga a los pájaros.
Tu costumbre de echar miga a pájaros o animales
desacostumbrados o incluso descomunales:
el cuervo, que al volar llena el viento de tubería y reproche,
por no hablar de la gaviota que se acerca a nosotros
chulesca, con el paso de uno que va a un burdel,
o incluso de la foca.
 
Vámonos. Va a llover.
 
Y corrimos antes de que llegara
la nube en perspectiva caballera.
 
 
 
Cuaderno del apuntador.
La princesa se orina y el guisante, cien colchones de colores más abajo, comienza
a germinar.

¿ASOMADO A LA VENTANA TRANSLÚCIDA? 
 
 
I
 
¡Mamá momia, mamá momia! —gritaba el crío de la película mala
de terror.
Cambié de canal.
No emitían nada. La nada comunicativa.
Metí la mano en la pantalla, escarbé entre las bandas de la carta de
ajuste,
como arena o tiza molida de colores,
y desenterré una calavera:
la calavera del speaker, la de la objetividad.
 
Las personas humildes suelen relacionar la soledad
con un animal temible o con un peso excesivo.
Om. We Ommmmm. Am. I ammmmmmmmm…
Yo soy, yo caigo.
 
El vuelo de la mosca dejaba en el aire como un grafito.
En este poema intento hablar de mí.
Si a ustedes les parece, usaré para ello un diagrama de Ben:
trazaré así —¿comprenden?— desde mi cuerpo una elipse
que contenga la poca conciencia triste, el vaso
pintado y el trapecio de manzana
en la jaula del canario. En todas esas cosas se ha posado la mosca.
Digamos: Ben, el soplador de burbujas.
 
 
II
 
El filósofo cowboy me dice que he mordido el polvo,
que soy «historia.»
Porque también me miro al espejo,
pero no quedo en su superficie
—los cuerpos de los ahogados no flotan—
y mi imagen se hunde hasta alcanzar el fondo
del espejo.
 
III
 
(Al colocar el espejo en el cuarto, la realidad comenzó a ser doble)
 
Tu mirada en el polen de la flor de ayer.
La fila de hormigas da la vuelta a la esquina
hasta alcanzar el día de ayer. Ayer llovió
y hoy la gente lleva paraguas pero antesdeayer ya no los llevaban.
Día de meditación, día en que la tarde llega con la perentoriedad
del pájaro de madera que sujeta la niña de Balthus.
 
Oh, trae acá la mano llena de telar,
dame la realidad, muéstrame
en la greda amarilla del óleo
una grieta que se cimbree como una espiga, una conciencia…
Sí, ayer volvieron a reírse después de que Papageno dijera «me quedo
soltero».
Una recepción tan predecible…
Por eso, quiero que aparezcas como el buen vidriero por este
estrecho y blanco
patio de vecinos. Tú tienes que salvarlo.
Tiene una extraña forma este patio de vecinos:
como de un corazón pintado por un médico.
 
IV
 
Un patio interior es una trepanación en un edificio.
Se ha encendido una luz en el patio.
Es el manco, seguro. Llega siempre a estas horas con su bolsa muy
llena de carne.
Los mancos suelen guardar su manga vacía en el bolsillo de la
chaqueta.
 
En frente de mí cuelga la camiseta del manco.
Sólo tiene —claro— una manga. La camiseta manca
se parece a un cuadro suprematista.
 
Yo, en cambio, soy poeta. Mi ademán y mi ropa lo denotan. Por
eso, de mi cuerda de tender cuelga una extraña camisa: una camisa
que tiene un ojal para abotonar la manga derecha en el costado
izquierdo, sobre el corazón, y otro para abotonar la manga
izquierda en la nuca, de manera que la ropa obliga a una postura
de arrobamiento… Es una camisa lírica.
 
Sí, déjame, estoy insoportable, y te ruego que no te preocupes:
no animal testing, te prometo sacar todos los pájaros
de este poema infeliz
—sí, también al de madera—,
pero escucha: el primer día te hablé de leixaprén y diseminaciónrecolección.
Pues bien, ¿recuerdas a la mosca de la segunda estrofa del poema?
Creo que tu planta carnívora ha cazado algo.
 
 
 
Cuaderno del apuntador.
Un botón en lugar de un dogma o de una idea. Abotonar las cosas a sus usos. Un
botón que une la espalda del pijama de aquel que duerme al colchón. Otro botón
que une la palma de los guantes del soldado con la parte lateral de sus muslos, para
que forme y se cuadre. U otro, por ejemplo, que une la palma de un guante con la
de otro guante para obligar al rezo. En definitiva, una sutil dictadura consistente
en botones dispersos por la piel de las cosas.
 
 
Del nacimiento de la melancolía
 
Every night she comes,
to take me out to dreamland…
Tom Waits
 
 
-Arrimo mi hombro a tu cuerpo para que también por mí vayan las hormigas.
Eso dijiste, así fue tu principio, no brotaste
de la costilla de neón rosa de Adán,
sino de mí, como una extrema solidaridad.
 
Pronto estábamos en la mañana, dentro,
igual que un grupo de tai chi en un parque.
En el origen eran nuestros cuerpos
sencillos y se comprendían,
pero no me bastó y realizaba
acciones y movimientos repetitivos y distintos
para obtener un alma.
 
Por ejemplo, se celebró tu infancia y yo quise llegar al fondo de aquello
colocándome una acreditación de poeta para entrar.
Los poetas éramos un grupo de académicos
que no habían terminado los estudios
y por eso, en lugar de pajarita, llevábamos una larva debajo de la nuez.
En aquellos tiempos ser moderno consistía en la ironía.
(Es decir, si algo nos dolía o hacía mucho daño
procurábamos siempre aun así sonreír.)
Y tú fuiste el objeto:
-Dear little you, I’m so sorrowful sorry,
culpable como una flor de plástico en un viento de primavera.
 
Nos pintamos los labios y comenzamos
a besar tus cuadernos escolares tan sólo con el labio superior,
sellando tu inocencia con algo parecido a un bigote.
 
Yo le hablé con crueldad
a la niña que eras. Dije: -Snow White,
hoy vas a oír un cuento de verdad:
Cuando la princesa besó al sapo, éste se convirtió en un príncipe,
cuando la princesa besó al príncipe, éste se convirtió en dos príncipes
y cuando la princesa besó azorada a los dos príncipes,
todos juntos se convirtieron en un solo muerto.
 
También te dije que los terremotos eran el modo que tenía Dios
de mecer las cunas de los huérfanos.
 
Porque andaba mothertheless por el mundo
y te regalé versos que te hicieron llorar.
Pero ni siquiera tu llanto me haría abdicar
de mi nueva mirada deportiva;
en nuestra institución había un pinball
y yo te pregunté: -¿Y cuando las lágrimas
atraviesan tu rostro
y pasan justo sobre tus lunares, recibes puntos?,
dime, Snow White.
 
Pero Snow White no me dejó continuar.
Snow White me cogió de la mano y me enseñó a
escribir versos de ancho irregular como los cuerpos de las lombrices,
a pintarle las uñas a la mano del viejo llamador si era verano
o vestirla con un guante si hacía frío.
 
Snow White me llevó
al mediodía de un mar cubierto de bombos chinos.
Y cuando una mañana de marzo se derritió la nieve de la calle,
Snow White me enseñó la calavera del muñeco de nieve.
Snow White me dijo que la mujer de las piernas ortopédicas era una sirena.
Porque Snow White era una niña que decía: ¡Dios salve a la reina del panal!,
antes de comerse la cucharada de miel.
 
Y cuando los pájaros veían a Snow White, decían lindascosaslindascosas.
 
Snow White, Snow White, the little men have come to say littleiloveyou.
 
 
(De La adoración, 2011)
 
 
EL POETA

Juan Andrés García Román (Granada, 1979) estudió teoría de la literatura y realiza su tesis sobre el poeta chileno David Rosenmann-Taub.
 
Como poeta, es autor de los libros Perdida Latitud (Hiperión, 2004), Las canciones de Lázaro (Adonáis, 2005) y El fósforo astillado (DVD Ediciones, 2008).
 
Entre sus traducciones se cuentan Los poemas a la noche y otra poesía póstuma y dispersa de R. M. Rilke (DVD Ediciones), una suerte de screenplay -obra conjunta de Rilke y el pintor Balthazar Klossowski, Balthus- titulado Mitsou, una antología poética del joven poeta alemán Arne Rautenberg (Poemas no escritos, Ediciones del Festival de Cosmopoética), las Elegías de Friedrich Hölderlin (DVD Ediciones) y la novela de Carl Einstein Bebuquin o Los diletantes del milagro de inminente aparición.
 
Ha publicado poemas y realizado artículos, recensiones y semblanzas críticas en publicaciones y revistas y ha sido traducido al italiano, alemán e inglés.

Un comentario sobre “Juan Andrés García Román

  • el 22 mayo, 2012 a las 1:14 pm
    Permalink

    Alguien sabe el autor de un poeta que tiene una frase como «tienes alma de bicicleta»?
    Muchas gracias.

    Respuesta

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