Adriana Ozores, Susi Sánchez y Joaquín Climent en una obra excepcional

Por Horacio Otheguy Riveira

Dentro de una cabaña, un matrimonio recibe la visita de una amiga, después de 33 años. Tras una cordialidad muy medida, heridas sin cicatrizar, individuales y sociales. Los hijos, de Lucy Kirkwood, despliega un planteamiento de conflicto sentimental entre tres ingenieros nucleares a escasos 15 kilómetros de una catástrofe producida en una Central que ellos colaboraron en construir y que durante un tiempo benefició a la sociedad, ahora convertida en un desastre que se intenta reparar. Hazel, Robin y Rose son tres prejubilados que miden sus fuerzas en una jornada que dará mucho de sí, rumbo a un destino forjado por ellos mismos.

Han trabajado juntos. Se han querido y detestado, aunque no a partes iguales; sus relaciones en el pasado  y otras que permanecen en relativo secreto se van deshojando al mejor estilo del llamado teatro pinteriano, un modelo que pasó al mundo desde los más augustos rincones del teatro londinense con el que sería Premio Nobel, Harold Pinter (actor, guionista, dramaturgo). Un lenguaje solapado que el director David Serrano entendió a la perfección y allí se embarcaron tres intérpretes que siempre admiramos a lo largo de su impecable carrera.

Susi Sánchez es la madre de cuatro hijos con la mayor de 38 años en crisis permanente. Recibe amablemente a la compañera de la que nunca se supo nada en tres décadas, una Rose (Adriana Ozores) pura amabilidad, sonrisa bien colocada, maneras cordiales para dar una especie de ultimátum que compromete designios morales; y entre ambas mujeres, el bueno de Robin (Joaquín Climent), dueño de una imperturbable compostura, de un suave, casi dulce, cinismo que le permite moverse con holgura entre frustraciones sentimentales y una enfermedad que puede que le esté corroyendo por dentro.

El ambiente está cargado. Nada es como fue. A su casa no pueden volver porque quedó en "la zona de exclusión". La cabaña en la que viven es un préstamo de amigos. La región va quedando desierta. Para llegar hasta allí un taxi cobra recargo. Los tres apenas hablan de todo eso. Ellas beben el té que una y otra vez prepara la anfitriona. Él se gratifica con un fuerte licor casero. Con aparentemente escasos argumentos, cuanto circula en escena resulta de un interés enorme, ya que sentimos que palpita directa y misteriosamente aquel mensaje de Arthur Miller que denominó Todos eran mis hijos en los años 50. Un drama de posguerra que viene a la memoria al ver este otro drama familiar en el que los hijos no son los que se tienen o los que se han deseado... sino las generaciones que pueden estar dejando su vida en una causa tal vez perdida de antemano.

El conflicto palpable: el riesgo mundial de las centrales nucleares. El subtexto: la destrucción generalizada de la naturaleza con su cambio climático. El otro subtexto siempre en vilo: nuestras relaciones afectivas, lo que sentimos y lo que decimos y la necesidad de seguir adelante con las mejores armas, con pleno conocimiento de que la incertidumbre será una compañera infatigable. Procurando, eso sí, una toma de conciencia que permita asentarse en lo que queda del planeta con la mayor dignidad posible.

La escenografía de Mónica Boromello y la iluminación de Juan Gómez Cornejo se alían de forma singular para ofrecer el ámbito en que las conversaciones transcurren con absoluta normalidad, aunque ya nada, absolutamente nada, pueda volver a ser normal.

Adriana Ozores, Joaquín Climent, Susi Sánchez componen sus personajes de manera minuciosa, diría que científica, por eso dan la impresión de haber nacido para interpretarlos, tan grande es la comodidad con que se mueven, se miran...
Recuerdo feliz de un tiempo en que bailaban creyendo que todo sueño era posible.
Texto y subtexto flotan en el ambiente creado por Mónica Boromello,  una cabaña fantástica, inquietante, en peligro...

 

Autora: Lucy Kirkwood

Traducción: Cristina de la Peña

Versión y dirección: David Serrano

Ayudante de dirección: Daniel de Vicente

Diseño de iluminación: Juan Gómez Cornejo

Diseño de escenografía y vestuario: Mónica Boromello

Espacio sonoro: Sandra Vicente

Ayudante de escenografía y vestuario: Lorena Rubiano

Caracterización Adriana Ozores: Romana González

Comunicación: María Díaz

Fotografías y diseño gráfico: Javier Naval

Fotografías de función: Elena C. Graiño

Producción ejecutiva: Lola Graiño

Dirección de producción: Ana Jelin

Producción general: Producciones Teatrales Contemporáneas

El Pavón Teatro Kamikaze. Del 28 de noviembre 2019 al 5 de enero 2020

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