‘Ríos’, de Martin Michael Driessen

Ríos

Martin Michael Driessen

Traducción de Isabel Clara Lorda Vidal

Libros del Asteroide

Barcelona, 2019

185 páginas

 

«Si quieres beber, hazlo donde no molestes a nadie», lehabía dicho su mujer.
«Si quieres beber, hazlo ahora», le había dicho su agente. «Tus ensayos de Banquo no empiezan hasta septiembre.»
«Sí, claro que puedo dejarte mi canoa y la tienda», le había dicho su hijo. «Pero no pienso acompañarte al río.
¿Pretendes salir de excursión para matarte a beber?»
Durante los últimos días había llovido sin cesar y el nivel del agua en Sainte- enehould era inusualmente elevado para el mes de julio. En la cena en Le Cheval Rouge bebió vino; en la cama del hotel, whisky de la botella que había empezado durante su viaje en coche desde Bruselas. Así que haría la excursión en canoa solo. Sabía que cuando bebía se volvía agresivo y comprendía que la gente evitara estar con él. Esto último lo había asumido ya con la resignación de un leproso. Lo que a él le refrenaba, pensó mientras volvía a servirse whisky en el vasito de plástico del cuarto de baño, era su enorme  fuerza de voluntad. Si pactaba consigo mismo no volver a tomar jamás una gota de alcohol, seguro que lo respetaba. De lo contrario, perdería su autoestima y eso sería su ruina. No sería capaz de volver a mirarse al espejo si rompía una promesa como esa. Por eso debía pensárselo bien antes de comprometerse, porque esa decisión determinaría el resto de su vida.
«Es usted alcohólico —le había comunicado el médico—. En su caso, beber con moderación no serviría de
nada. Debe cortar de raíz este hábito.»
En el río me dedicaré a reflexionar sobre esto, se dijo. La botella que llevo en la mochila tal vez sea la última que me beba. Supongamos que me decido a dejar la bebida. Mi matrimonio salvado. El respeto del hijo por el padre recuperado. Mi carrera en el Teatro Nacional estabilizada. Durante diez años pareceré diez años más joven, y quizá aún me surja la oportunidad de interpretar a Hamlet. La botella de la mesilla de noche estaba casi vacía; pero la de su mochila se la guardaba para la excursión por el río. Y con una pastilla y media para dormir sería suficiente.
¿De verdad quieres dejar de beber?, se preguntó mientras encendía un cigarrillo. No es la felicidad, pero seguro que se le parece mucho. Más que todo lo que conoces.
El embarcadero estaba inundado y apenas había espacio para navegar debajo del primer puente. Se dio un impulso. En esa mañana de domingo, el pueblo de SainteMenehould estaba tan somnoliento como él. No se veía a nadie. Condujo la canoa hacia el centro del río y se agachó al pasar por debajo del arco central del puente.
Al llegar al otro extremo se adentró en la luz y se incorporó; en una casa de la orilla izquierda se abrieron unos postigos oxidados. Asomaron tres niñas morenas de cabello crespo que le saludaron animadas, agitando la mano. Él les devolvió el saludo.
La canoa se gobernaba bien, solo que la punta se alzaba demasiado a pesar de que el equipaje iba delante. Era una canadiense alargada, de aluminio, en realidad demasiado grande para una persona. Se la había regalado a su hijo en su decimosexto cumpleaños. Aquel verano habían recorrido juntos el Loira, al menos una gran parte, pasando por delante de Chambord y otros castillos famosos. Aquello había sido después de los primeros y prometedores ensayos de Don Carlos. Más adelante perdió su papel tras darle una bofetada a la asistente de dirección. Algo de lo que, aún hoy, no se arrepentía.
Quien carece de respeto no entiende nada de teatro.
El río discurría ahora entre arbustos y árboles inclinados sobre el agua y así continuaría decenas de kilómetros más, al menos según indicaba la guía de canoa, un ejemplar de antes de la guerra, que había consultado la noche anterior. «El Aisne —leyó— es un río apacible que serpentea por el ameno paisaje del norte de Francia formando numerosos meandros. Excepto por algunas obstrucciones ocasionales causadas por árboles, no cabe esperar ningún problema particular hasta la gran presa de Autry.» Tanto mejor, pensó, problemas particulares ya tengo yo suficientes a bordo.
Reinaba el silencio. Los árboles, con sus bolas de muérdago, destacaban contra el gris perla del cielo matinal. Las ratas almizcleras chapoteaban en el agua y se sumergían cuando eran sorprendidas por la aparición de la canoa. Las golondrinas se arrojaban por los agujeros de sus nidos buscando un refugio seguro en las altas y desmoronadas orillas de barro de las curvas externas del río. La France profonde, qué más quieres, pensó mientras mantenía el curso con tranquilos golpes de pala.
Después del café de aquella mañana le era imposible imaginar que en algún momento pudiera volver a sentir la necesidad de beber alcohol. Ni siquiera era capaz de recordar por qué lo había necesitado alguna vez. Remó en torno a islas flotantes de hojas de lirio acuático; unas veces decidía bordear los bancos de guijarros por la izquierda y otras por la derecha, aunque de hecho era la corriente la que hacía todo el trabajo. A lo lejos vio alzarse la aguja de la torre de una iglesia, pero no sintió curiosidad alguna por saber el nombre del pueblo. El calor empezaba a apretar y se quitó el jersey. Seguiría navegando un par de kilómetros más y luego descansaría un poco. No sacaría el whisky de la mochila.
El lugar donde atracó al caer la tarde fue una elección desafortunada: se hundió hasta las pantorrillas en el barro y tuvo que tirar de la canoa con un cabo y arrastrarla por el lodo y las boñigas de vaca. De pronto se sintió cansado y sediento. La botella tenía un tapón de rosca. El vino estaba tibio. Se tumbó en la hierba. Oyó el rumor del tráfico y, al darse la vuelta, vio coches circulando por una carretera al pie de la cadena de colinas.
Verdaderamente se había equivocado de lugar, sobre todo teniendo en cuenta que había remado durante horas por un paisaje prácticamente virgen. Pero tenía sed y volvió a llevarse la botella a la boca. Un merlot de esos de supermercado; no contendría más que un dos por ciento de alcohol.
«No rey, pero padre de reyes», murmuró cuando regresó a la canoa media hora después. El barro le succionó hasta tal punto que las sandalias se le quedaron pegadas y tuvo que agacharse para quitárselas. Banquo no era un papel importante. Lo interpretaría estupendamente, incluso si el joven director polaco resultaba ser un idiota. Entendía que no se hubieran atrevido a darle el papel de Macbeth. Aunque habría sido el papel de su vida. Se limpió las sandalias, subió a la canoa y se apartó de la orilla. Sentía alivio ahora que la corriente se lo llevaba de nuevo, doblando la siguiente curva, hacia la sombra de otro bosque. Al poco rato dejó de oír el rumor del tráfico. El angosto Aisne fluía con regularidad y elegancia serpenteando bajo ramas colgantes que de cuando en cuando apartaba con el remo, como en los combates a espada sobre el escenario. Un pequeño martín pescador volaba de arbusto en arbusto. Conforme avanzaba la tarde le fue entrando sueño y se bebió el resto del merlot para mantenerse despierto. Sentía que se le daba bien remar; algunas cosas no se olvidan nunca, pensó, como nadar, montar a caballo o hacer el amor.
Aunque hacía años que no practicaba ninguna de esas tres cosas. No mantenía la canoa en el centro del río, sino que la dirigía por el exterior de las curvas, donde la corriente suele ser más rápida. Eran tantos los recodos que formaba el río que unas veces veía el sol a su izquierda y otras a su derecha.
Un árbol caído le obstruyó el paso. Intentó remar hacia atrás, pero ya estaba demasiado cerca. La orilla derecha, desde donde había caído el árbol arrancado, no era una opción, porque el tronco estaba demasiado próximo a la superficie del agua como para poder pasar por debajo. Su copa aplastada reposaba en la orilla opuesta. Con todo, esta última posibilidad le pareció la mejor. «¡Que la gran mano de Dios me ayude!», exclamó, y se lanzó a la máxima velocidad posible contra la gran masa de ramas y hojas, donde se quedó enganchado, mientras la canoa empezaba a dar bandazos atravesada en mitad de la corriente, que le pareció inesperadamente fuerte ahora que se había quedado atrapado de cintura para arriba entre las ramas; se inclinó, la canoa se ladeó y el agua fue entrando en la embarcación por el costado de babor. Arrojó la pala, se aferró a unas ramas y ramitas y se impulsó con todas sus fuerzas hacia el interior del follaje. «¡Negádmelo y una eterna maldición caiga sobre vosotras!», gritó, aunque este no era un verso de Banquo, sino de Macbeth. Las ramas le arañaron la cara, se le rasgó el anorak y la parte frontal de la canoa desapareció de su vista; aun así, volvía a tener la situación bajo control. La punta de la embarcación señalaba de nuevo hacia el frente. Se inclinó y cogió una rama grande para impulsarse río abajo, pero no había manera de poner la canoa en movimiento. Incorporándose un poco, empezó a balancearse hacia delante y hacia atrás, hasta que la embarcación rechinó y se deslizó lentamente hacia delante. Cuando sintió que ya casi lo había logrado, volvió a sentarse. Hizo un par de movimientos más y la canoa se desprendió del follaje y se adentró en la luz del sol. Vio que tenía sangre en la mano y se la limpió en la cara. Una cicatriz no le quedaría nada mal a Banquo. Cogió el remo y recuperó el rumbo. El entarimado y la lona bajo los que guardaba su equipaje estaban cubiertos de hojas y ramitas arrancadas. El bosque había quedado atrás, el Aisne serpenteaba ahora por un paisaje de campo abierto. Una escolta de eufóricas terneras lo seguía galopando por la alta orilla. Una alondra invisible cantaba contenta. El mundo a este lado de la barricada se le antojaba mucho más bello y rico que el del otro lado.
Hostia, pensó. Hostia, esto mi hijo no hubiera sido capaz de hacerlo.

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