Yves Bonnefoy en el Barrio Latino

Por Antonio Costa Gómez.  Se ve en la calle Descartes, parece mentira que sea en una calle con ese nombre. Antes se sube la cuesta de la calle de Santa Genoveva con sus tabernas pequeñas, con sus casas de madera entramada. Poco después la calle desemboca en la Place de la Contrescarpe, empieza la bohemia rue de Mouffetard. Cuántas veces yo paseé por allí. Y me acordé de las locuras de Francois Villon, de las ambigüedades de Paul Verlaine y sus “violines del otoño”.

En una pared Pierre Alechinsky pintó su Árbol azul y debajo pusieron el poema para el árbol de Yves Bonnefoy. Traza una fantasía azul en el Barrio Latino, recuerda que las mejores ciudades integran la fantasía y el aliento de la naturaleza. Y en ese barrio integra también tantas historias, tantas locuras de estudiantes y tantos sueños de poesía.

Yves Bonnefoy en “Del movimiento y la inmovilidad de Douve”, su poemario más conocido intenta comunicarse con Douve, que tal vez sea una salamandra que se quema, o el absoluto, o la propia poesía. En “Rimbaud por si mismo” que yo llevaba desgastado por mis manos de sudor en mi juventud por las calles de Barcelona resume a Rimbaud como el poeta que busca el absoluto a cualquier precio, en las playas del norte o en la maldición de París. En “La bufanda roja” evoca, por fin, a sus noventa años a sus padres retomando un poema que empezó cincuenta años antes.

Pero en “Elogio del árbol”, en el Barrio Latino nos avisa, nos alegra: “

Al pasar

mira este gran árbol

y a través de él

te puedes colmar.

Nos insiste en la vida:

Porque incluso desgarrado, agotado

el árbol de las calles

es toda la naturaleza,

todo el cielo,

el pájaro se posa en él,

el viento se mueve allí, el sol

allí dice la esperanza a pesar

de la muerte.

 

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