‘La ciudadela’, de Antoine de Saint Exupery

ANDRÉS G. MUGLIA.

Sucede siempre con los autores que mueren jóvenes. Si su obra no fue prolífica y aun si lo fue, los editores buscan hasta debajo de las piedras para encontrar textos inéditos del finado. Gracias a eso conocemos por ejemplo América de Kafka, o casi todos los volúmenes de En busca del tiempo perdido de Proust. Lo que ocurre con este tipo de textos es que probablemente no han sido pulidos como el autor hubiese querido, o simplemente no fueron terminados, como el citado América que concluye en nada o en lo que hoy llamaríamos un final abierto.

Algo de esto sucede con Ciudadela de Saint Exupery. Es evidente que se trataba de un libro importante para él, quizás el más importante por el tiempo que le dedicó. Lo que no es evidente es si quería publicarlo tal como estaba. Ciudadela no tiene que ver con los libros anteriores del autor francés basados en su biografía como aviador: alegatos contra la sinrazón de la guerra como Piloto de guerra, crónicas de los comienzos de la era de la aviación como Vuelo nocturno o Tierra de hombres; y mucho menos con su archifamoso El principito.

Ciudadela es un libro inclasificable. Se basa en los pensamientos de un príncipe al que podemos adivinar árabe. Éste reflexiona acerca de todos los aspectos de la vida que considera trascendentales. La lista es heterogénea y nutrida. La fe, la justicia, el poder, el amor, el trabajo, la mujer, Dios, y el más largo etc. que se pueda imaginar. Casi es imposible encontrar una estructura en el texto. No es un libro de teología, ni de filosofía, ni de poesía, ni de aforismos, y es todo eso a la vez. El príncipe es un máscara que usa Saint Exupery para plasmar su pensamiento, y lo que le permite esa máscara es analizar un mundo reducido a elementos casi esenciales, parecidos casualmente al paisaje que uno puede imaginarse para situar los personajes que trasuntan las páginas de la Biblia. 

El desierto siempre presente, ciudades y pequeños pueblos miserables, el ejército, esclavos, labriegos, leprosos, trabajadores y artistas que sirven al príncipe. Además de elementos que se repiten una y otra vez como enormes símbolos que echan su sombra sobre todo el libro: el templo y la relación con las piedras que lo componen (metáfora de la religión y sus feligreses, como las piedras están impedidas de entender el templo ellos están impedidos de entender a Dios); el árbol (no cualquier árbol, el cedro) que busca la luz aun encerrado en una habitación a oscuras, nutriéndose del suelo y encontrando el modo de hallar eso que busca; la ciudad entendida como una navío que viaja en el desierto; el rey que vive en los recuerdos de su hijo el príncipe aleccionándolo en los misterios del poder imperial. Palacios, ciudades amuralladas, sólo alguna vez se le escapa a Saint Exupery que un soldado lleva un fusil, restituyéndonos al siglo XX desde este mundo de ensueño que más se parece al de las Mil y una noches.

Porque si a algo me hizo acordar Ciudadela fue a la interpretación gráfica que hace el genial Toppi de Las mil y una noches. Sus imágenes sugestivas, expresionistas y misteriosas, que tan bien transmiten eso que imaginamos el desierto donde bailan los espejismos y los espíritus de la soledad, me vinieron una y otra vez a la mente. 

¿Y cómo se lee Ciudadela? Con mucha paciencia. En los comentarios que leí en la Web ganaban por goleada los que habían abandonado su lectura. Todos coincidían en la calidad de sus reveladoras frases, pero pocos lo habían terminado. Es cierto, Ciudadela es árido y difícil de digerir; pero me resultó más fácil cuando comprendí que era, o interpreté que era, al menos en parte, prosa poética. Que eso es. Además de sentencioso. Además de intento de propagar una fe que Saint Exupery tiene pero se niega a explicar porque la divinidad no puede condescender a hacerse presente a los mortales, porque dejaría de ser divinidad. Además de escrito en segunda persona como una serie de lecciones o un libro de autoayuda. Para captar su parte más hermética me sirvió relajar mi expectativa tomando pasajes enteros como largos poemas, donde no buscaba un profundo y oscuro sentido a desentrañar en base a quebraderos de cabeza, sino una musical sucesión de palabras donde el sentido sobrenada de un modo muy superficial en la suave y dulce ligazón de una palabra con otra que no busca más funcionalidad que la belleza. Conocer otras obras del autor y comprender que ante todo y aun escribiendo prosa Saint Exupery siempre fue un poeta, me ayudó en este sentido.  

A veces no hay que hacer mucha pesquisa, la prosa poética deja paso a la verdadera poesía. Se da sobre todo cuando Saint Exupery utiliza repeticiones o enumeraciones, el ritmo poético es innegable. Querer encontrar un significado exacto a todo esto es imposible y supongo que ese esfuerzo es lo que ha hecho este libro inviable a muchos lectores. 

Eso no quiere decir que todo el libro esté escrito en esta clave. Contrastando con estos textos, otros son verdaderos ensayos sobre temas que le preocupan al príncipe, a Saint Exupery detrás de la máscara del príncipe. Y ahí sí que es claro, sentencioso, prescriptivo y hasta muestra rasgos insólitos, como una poco solapada misoginia. ¿Pero el autor habla de la mujer del siglo XX o la de este reino imaginario situado a comienzos del cristianismo? En fin, que no se sabe a ciencia cierta.

Hasta en esos detalles da la sensación de que Ciudadela es un libro escrito por el autor para sí mismo, sin atender a las necesidades del lector para leerlo, ni a las dificultades de los editores para clasificarlo, ni a otra cosa que no fuera su propio deseo de escribir lo que le viniese a la mente sin la necesidad de dotarlo de una estructura ni de pensar el modo en que el público pudiese interpretarlo. Ciudadela es el límite donde llega el lenguaje para expresar lo inefable: la fe, el amor, el asombro ante la maravilla del universo o la abyección del hombre; cuando más que nunca se demuestra, como decía Alberti, que las palabras son palabras. Saint Exupery parece querer empujar ese límite para que el lenguaje exprese más de lo que puede expresar, diga más de lo que es capaz de decir. ¿El resultado es difícil de leer? Por supuesto. ¿Es malo, es bueno? Imposible de calificar. Es una textura que gira en torno a temas y símbolos recurrentes en la que están engarzadas, como las estrellas en la noche del desierto, las brillantes frases poéticas, reflexiones, imágenes, que Saint Exupery se las arregla para dibujar sutilmente en todas sus obras; ya sean las aventuras de los primeros aviadores, o el diálogo imaginario que un piloto perdido en el desierto mantiene con un príncipe venido del espacio que le pide le dibuje un cordero. 

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