Sinónimos (2019), de Nadav Lapid – Crítica

Por Laia Font.

Sinónimos: huir de la violencia

La primera noche de Yoav en París no augura nada bueno: se cuela a un apartamento vacío porque no tiene dónde alojarse, le roban sus pertenencias, y se queda dormido desnudo en una bañera en la que podría haber muerto por hipotermia. Pero nada es un impedimento para el joven israelí que, determinado, ha huido de su país para quitarse de encima hasta el último resquicio de sus orígenes y para conseguir un objetivo que acaba volviéndose obsesión, convertirse en ciudadano francés.

La quinta película de Nadav Lapid, ganadora del Oso de Oro y del Premio FIPRESCI en la pasada edición del Festival de Berlín, es un retrato crudo e hipnótico de la juventud perdida e inconformista, encarnada en un personaje que ve en el exilio voluntario la única vía de escape para poder crear desde cero la identidad que anhela y que tanto se aleja de la que le ha tocado.

Acogido por Émile y Caroline, una atractiva pareja de burgueses que se desenvuelven en escenarios de gran gusto estético, silencios aletargados y discusiones intelectuales, como anclados en una película de Godard, el protagonista da sus primeros pasos en la Francia fácil, y el film parece una comedia. Pero a medida que expande su círculo empujado por la necesidad –alquila un piso diminuto, come cada día lo mismo, acepta cualquier trabajo por turbio que sea– la atmósfera se va oscureciendo. Yoav, que huía de Israel, el país que por excelencia transpira violencia, se la encuentra de frente también en París.

El mayor atractivo de Sinónimos recae en la interpretación magistral que Tom Mercier hace de su protagonista, al que dota de una complejidad llena de matices y contradicciones, esencial para entender su comportamiento imprevisible, dispar e incluso surrealista. Yoav es ingenuo, romántico y sensible, pero también la encarnación arquetípica del macho, terco, impulsivo y agresivo. Todo ello con el añadido de un potente componente erótico.

Lapid acierta con sus momentos de cámara inestable y subjetiva para seguir a Yoav vagando por las calles de París, con la cabeza gacha y dedicando todos sus esfuerzos para memorizarse de pe a pa su diccionario de francés, porque ha renegado del hebreo de forma definitiva. La mirada que elige el director no juzga, sino que se limita a mostrar lo que de otro modo podría recriminarse, pero que aquí viene justificado por la obsesión que empuja al protagonista.

Quizás el logro de cruzar una frontera parezca suficiente como punto de partida para iniciar una nueva vida si nunca hemos tenido que hacerlo. Pero en Sinónimos el espectador se funde con la realidad del personaje y nuestras expectativas iniciales se van desintegrando hasta que nos instalamos por completo en la frustración y la impotencia de Yoav, para darnos cuenta de que en el mundo globalizado en el que vivimos ningún país se libera de ningún mal, de que en la identidad la interseccionalidad puede más que la voluntad, y de que elementos tan arraigados a la psique humana como la violencia echan raíces, se expanden y no son fáciles de extirpar.

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