Los méritos de Galdós

CÉSAR ALEN.

Galdós en sus novelas contemporáneas españolas, tanto en ciclo de la materia como en el espiritualista, nos mostró la parte de la sociedad que permanecía oculta, que no solía reflejarse en la literatura.

Hay que tener en cuenta que la irrupción del Naturalismo auspiciado por Zola, abrió un nuevo campo de exploración, descubrió una veta social poco trabajada hasta entonces. Una vez eliminados los fuertes prejuicios decimonónicos, sobre lo correcto o lo incorrecto, sobre lo moral y amoral, sobre el “buen gusto”, sobre la religión, queda al descubierto la verdadera naturaleza del ser humano rodeado de las circunstancias. La veta del Naturalismo, que los franceses llevaron hasta el extremo con el determinismo, la degradación social e individual, puso de manifiesto esas circunstancias.

En este sentido, el crítico ruso Mijaíl Bajtin investigó en la polifonía de voces, en la multiplicidad y diversidad contractual de los personajes, a través de las novelas de Dostoievski, así como en el estudio que hizo en su obra La cultural popular en la Edad Media y el Renacimiento, en el contexto de François Rebeláis, refiriéndose a la cultura popular, a la que él llamó “carnavalesca y bufa”. Cuestionaba los rígidos moldes establecidos por la aristocracia y burguesía hasta la fecha. Consideraba autoritarios los planeamientos que habían dominado el estilo literario. Según el estudioso ruso la crítica no había sabido metodologizar ciertos aspectos de la novela, sobre todo el aspecto dialógico, polifónico, precisamente los aspectos en donde se podían encontrar la cultura del pueblo, porque para Bajtin el dialogismo estaba totalmente ligado a la espontaneidad, al impulso vital del pueblo, de donde brota el lenguaje como de un manantial primitivo.

Galdós bebe del manantial que surge de la profundidad de los barrios más ocultos, de los estratos sociales más bajos, más cerca de la tierra, de la pureza y naturalidad más absoluta, sin prejuicios, ni rigideces morales, simplemente muestra lo que hay. Lo que no quieren ver los novelistas tradicionales y tradicionalistas, que solo pescan en el caladero burgués. En ese sentido el Naturalismo tan criticado en nuestro país por el catolicismo y los moralizadores de turno, abrió un campo infinito.

No olvidemos el escarnio que tuvo que sufrir la gran escritora Emilia Pardo Bazán cuando escribió La Cuestión Palpitante, después de conocer a Víctor Hugo y hacer suyos los planteamientos zolianos, recibió todo tipo de críticas e insultos, acusándola de blasfema, inmoral, anticristiana. Ésa es la España que nunca cambia, que quiere recuperar un pasado glorioso, imperial, consignando unos valores anquilosados. Buscan una esencia, absurdos signos identitarios basados en su mayor parte en la supremacía, en el poder, la religión y sobre todo en un anacrónico folclorismo (tan nocivo, falso y banal como ya describió en su día Ferlosio en un extenso artículo en el diario El País).

Ése es el valor de Galdós, más allá de gustos literarios, de estilo, del tratamiento estructural de la novela, que por otro lado es impecable. Don Benito no rompe en ningún momento los moldes de la novela europea. Lo que sí hace es precisamente utilizar el soporte que le ofrece para volcar en él un contenido vivo, candente, desagradable por su crudeza, pero real como la vida misma. No esconde nada, no huye del dolor, de la sinrazón y la injusticia. Por eso no es de extrañar que novelas como Misericordia no tuviera, en primera instancia ninguna repercusión, a pesar de que se publicaron fragmentos en los periódicos El Imparcial y El Liberal. La burguesía que leía quería historias edulcoradas, el típico y manido conflicto triangular.

Galdós encarna el valor, el arrojo del escritor de vocación, silencioso, taciturno, observador, entregado al oficio, en el que dejó la vista, la vida, el olvido vergonzante de las autoridades. Un hombre que vivió la ciudad. Conocido por los pobres con los que vaciaba la billetera, incapaz de decir no.

En sus incursiones en los “guetos” investigó las enormes bolsas de pobreza, de miseria, de injusticias, de mala vida, de realidad inmisericorde. De todo eso se hizo eco Galdós, especialmente en su desgarradora novela Misericordia. Para ello, se metió de lleno en los ambientes más depauperados de Madrid: la calle del Mediodía, Bastero, la ronda de Toledo, las Cambroneras en el cinturón, la zona sur. Cuenta el autor que tuvo que hacerse acompañar por la policía para penetrar en ese submundo de marginalidad, de delincuencia, donde el hampa se hacía un lugar con facilidad, sustituyendo muchas veces la acción de la justicia. Quedó asustado, impresionado, conmocionado con lo que escondían las grandes avenidas, y los edificios oficiales y las iglesias, sobre todo las iglesias. La geografía urbana que acabó denominándose “el Madrid galdosiano”.

Por eso es imprescindible, necesario, vital. Nos habla de la parte olvidada de la historia, nos da a conocer los entresijos de la sociedad, nos enfrenta con nosotros mismos. Pone en evidencia las carencias del sistema, como decía Max Aub: “Pérez Galdós como Lope asumió el espectáculo del pueblo llano y con su intuición serena, profunda y total de la realidad, se lo devuelve como Cervantes, rehecho, artísticamente transformado.

Pero lo mismo podríamos decir de Fortunata y Jacinta o de Tristana o de la desheredada o de muchas otras. Por no hablar del ingente legado historiográfico que nos dejó con Los episodios nacionales, en sus cinco series. Una magna obra que supera cualquier expectativa. Galdós ya no es una cuestión de estética, sino de ética. Aunque esa ética, ese compromiso con su trabajo, con la sociedad y la “realidad”, le granjearse muchos enemigos, muchos desprecios, pocas adhesiones oficiales. Cómo diría Larra “en este país”, ya se sabe, la gente cabal, íntegra, cualificada, honrada, suele acabar en el ostracismo.  

Ortega siempre abogó por que nos gobernaran los mejores, los más competentes, pero parece una misión imposible. La mediocridad se ha adueñado de la vida pública y de las instituciones y me temo que de muchos otros ámbitos. Si para Hannah Arendt la banalidad había alcanzado el mal, yo creo que la banalidad ha infectado la vida en general. Es la cultura de lo banal, de lo efímero, lo etéreo, la cultura líquida se llama ahora. Y así fue como pudiendo tener un merecidísimo premio nobel, que a todos los intelectuales europeos le parecía de justicia, incluidos los propios integrantes de la fundación, pasó a un olvido vergonzante en su propio país. En el momento crucial los poderes fácticos, encabezados por el nacional-catolicismo, se opusieron a que el escritor optara al galardón.

Pero, a veces perder, puede tener más fuerza que ganar. Muchos de los grandes escritores han tenido siempre un halo de malditos, de marginales, con valores por encima de la dualidad éxito-fracaso. A mis ojos resulta más atractivos los que se quedan en la puerta, en el umbral de la “fama”. Si todo se supeditase al premio cuántos eméritos autores se quedarían fuera, la mayoría.

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