Florencio Pla Messeger, «el maquis hermafrodita», en el 16º aniversario de su muerte

Por Horacio Otheguy Riveira

Florencio Pla Messeger fue víctima de una tragedia que afrontó con gran entereza. En realidad fue protagonista de un acontecimiento histórico hoy muy actual. Pone contra las cuerdas el mensaje de algunas organizaciones políticas que tratan la transexualidad como si fuera una frivolidad de seres perversos. Alicia Giménez Bartlett, especialmente conocida como autora de novelas policiacas, se ocupó del personaje y volcó amplia documentación en una novela apasionante, ganadora del 67 Premio Nadal del año 2011: Donde nadie te encuentre.

Es hora de que su libro vuelva a la palestra y se enfrente, por sí solo, a la bárbara ignorancia de quienes se empeñan en dar la espalda a uno de los problemas más graves que afrontó España durante siglos.

 

En 1917, Florencio nació en Vallibona, Castellón —hoy Comunidad Valenciana— con una diferencia fisiológica aparentemente insalvable, y por ello fue marginado por la familia. Murió a los 87 años mientras cenaba, entre gente solidaria. Entre ambos extremos: la perfidia, el horror, la calumnia y el amor decidido, el amor incondicional y platónico, de un desconocido funcionario de prisiones.

Alicia Giménez Bartlet con una foto de su personaje: La Pastora sobrevivió a una existencia de soledad absoluta.

La historia comenzó entre las alabanzas al Señor de un padre de familia entusiasmado por tener un varón, después de dos niñas. La fiesta duró poco. Entre las piernas el crío trae una cosa rara que ni chicha ni limoná, y será terrible si eso crece y se lo llevan al ejército obligado y al verlo desnudo acaban matándolo a golpes. Así que no se andan con miramientos, no consultan médicos ni comadrona: le bautizan Teresa Pla Meseguer y le ponen un vestido pa protegerlo.

Tratada como una niña infradotada, sus hermanas no soportan que se ande tocando entre las piernas, siempre hurgando lo raro, la muy cochina. Por mucho que le pegaran y arrastraran de los pelos no aprendía que no había que tocarse. Es tanto el agravio pertinaz que la madre se apiada y lo vende a una familia a la que le viene bien una criatura de ayuda. Allí no la maltratan. Allí la dejan en paz, fuera del cetro familiar, a solas en el monte y los corderos de Dios, y Teresa se convierte pronto en La Pastora.

Rápida, ingeniosa, afectuosa y comprensiva de los animales aprende a dominar los resortes de la supervivencia con lo mínimo. De hecho, a pesar de su primitiva condición y del hambre que llegará a pasar a lo largo de los años, apenas tuvo ligeras enfermedades y hasta el último momento dominó un cuerpo sano fortalecido en las inclemencias.

Los acontecimientos del país suceden muy lejos de su soledad. Apenas tiene trato con la gente. El indispensable. La guerra civil no la salpica y la posguerra la pilla con más de 20 años. La Guardia Civil acosa a los maquis (guerrilleros antifranquistas cuyo nombre proviene de los hombres y mujeres de la resistencia francesa) que se concentran en el monte y bajan a los pueblos a comprar o robar, a hacer amigos y a matar enemigos, a vengarse de antiguas traiciones y a llevar a cabo atentados contra los que ganaron la contienda: la violencia de la Iglesia católica y la mediocridad corrupta de una burguesía protegida por un militar convertido en Caudillo de España por la Gracia de Dios: Francisco Franco Bahamonde.

En los pueblos el trabajo sucio lo hacen los Guardias Civiles; en general gente ignorante y socialmente humillada, mal pagada, lanzada al odio desmedido contra los revolucionarios a quienes torturan, asesinan o aplican la ley de fugas (intentaron escapar y tuvimos que disparar). Pero bastantes maquis les hacen la vida imposible, ilocalizables durante años, perseguidos con saña. Entre estos Pastora descubre y afirma su masculinidad, lo que siempre ansió asumir públicamente, y se convierte en Florencio.

Entre los maquis es el ser que quiere ser. Allí olvida la humillación de unos guardias que le obligaron a desnudarse, que se rieron con su sexo viril atrofiado, y se mofaron de su condición de monstruo de feria. Los guerrilleros le enseñan a leer y a escribir y participa en muchos avatares rebeldes con mensaje marxista-leninista. Mas el largo y confortable periplo llega a su fin. La realidad barre con las aspiraciones, y Pastora/Florencio descubre que ya no se puede parar el fracaso total: todos enterrados en fosas comunes o despeñados por un barranco. No sirve de nada acordarse de los compañeros y de lo valientes que eran, porque, un tiempo más tarde, el que se acuerde estará muerto también.

Cuanto se sabe de este personaje de la historia de España tan rico en matices ideológicos como en perfil psicológico y numerosas vicisitudes, se debe a un biógrafo que realizó un largo trabajo de gran riqueza: José Calvo, autor de un libro que se compra por encargo, por Internet: La Pastora. Del monte al mito.

Antes hubo una novela considerada por algunos como sensacionalista y poco fiable: La Pastora, el maquis hermafrodita de Manuel Villar Raso, quien, no obstante, realizó muchas entrevistas antes de escribirla.

Luego, esta que nos ocupa ahora, la novela de Alicia Giménez Bartlett, Donde nadie te encuentre, que aporta datos muy interesantes, junto a una visión personal de aquellos acontecimientos.

Es muy poca literatura sobre alguien tan apasionante. Seguramente esto se debe a los complejos de un amplio sector de la izquierda por retratar este caso donde se difumina el sexo y a la vez se amplía, donde política y sexualidad deben recorrer un largo camino en el que los prejuicios no sirven más que para obstaculizar todo conocimiento.

En los años 60, después de años de soledad, cuando su único gran amigo, guerrillero, había muerto, Florencio es detenido por la Guardia Civil, a causa de una traición por motivos de dinero. Creyeron que era un disfraz de hombre para despistar. Llevaban muchos años buscando a La Pastora, considerada una feroz asesina sin escrúpulos; monstruo siniestro; degenerada capaz de matar niños y mujeres indefensas. Tuvo varios consejos de guerra en los que nunca se pudo demostrar de modo fehaciente que hubiera cometido alguno de los 29 asesinatos que se le imputaban. Él lo negó siempre: Yo solo vigilaba. La gente que lo conoció afirma que era incapaz de matar, lo cual tampoco pudo ser probado.

Después de conmutada la pena de muerte vivió en diversas cárceles, en todas respetado por su modestia, su silencio y su capacidad de aprendizaje y solidaridad. El funcionario de prisiones Marino Vinuesa Hoyos se conmovió ante la posibilidad de que muriera en la cárcel y se convirtió en su protector hasta el final de sus días y le asesoró en sus derechos carcelarios hasta lograr la liberación cuando ya tenía una edad avanzada. Los dos se esmeran para conquistar la libertad y que Francisco sea identificado con un Documento de Identidad masculino.

Finalmente lo consigue a los 76 años, tras un definitivo veredicto médico que logró eliminar para siempre la cruz de un hermafrodita que nunca fue:

 

Se aprecia escroto hundido en dos mitades y en el interior de éstas se albergan sendas gónadas que por su tamaño, movilidad, forma y consistencia hacen pensar en testículos normales (…) El pene es de tamaño reducido y se halla medio oculto (…) Tiene un glande de un tamaño proporcional al del pene, siendo su tamaño mucho mayor que el de un clítoris… Por referencias propias el individuo dice tener apetencias por el sexo femenino y haber tenido eyaculaciones.

 

Cuando al fin es liberado con una modesta suma de dinero por pensión, libre a su vez de culpa por la “tara” de su condición, recurre a Vinuesa. Entre ambos, pocas palabras y una vida de reconciliación con el espíritu en calma y la fraternidad universal por bandera.

Ya hacía años que permanecía en una cárcel distante de aquella en que trabaja Vinuesa, así que cuando sale en libertad se las apaña para llegar hasta allí. Poco antes el funcionario —y sin embargo amigo— le había ido a visitar y le había ofrecido su casa. Así que le espera a la salida y con pocas palabras se inicia el largo y pacífico tramo final de su existencia:

— Don Marino, aquí estoy.

— Pues no se hable más.

Y se lo lleva a su casa en Olocau, Valencia. Los Vinuesa tienen un amplio jardín donde hay una caseta que se la preparan para que se instale lo más cómodamente posible. Con poco se apaña. La mera decisión familiar es ya en sí misma una apuesta de gran solidaridad. Allí duerme, aunque realiza todas las comidas con la familia en la casa principal.

Florencio Pla Meseguer, ya con 87 años, el 1 de enero de 2004, vuelve como todos los días de andar por el pueblo a paso lento junto a sus dos perras que envejecían a la par, medio ciega una de ellas, como el propio amo. Se sienta a cenar. Lo hace con el apetito que acostumbra en la mesa familiar, y muere mientras pela la pera del postre.

 

 

 Las personas como yo nunca tenemos muchos sitios adonde ir, ni muchos planes para la vida. Yo nunca había tenido ninguno, la verdad, vivía cada día que empezaba por la mañana y lo acababa por la noche.

 

Entrega del Nadal a Giménez Bartlett, 2011: «La Pastora es hija de una España trágica y siniestra».

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