Estado de zozobra

José Luis Trullo.- Si para algo está sirviendo la pandemia que padece el planeta es para conocer la auténtica dimensión de nuestra impotencia (siquiera transitoria, y hasta el próximo combate). Nos creíamos tan modernos y tecnológicos, tan avanzados y progresivos, que al menos en el llamado «primer mundo» parecía que jamás íbamos a volver a lidiar con epidemias letales, y mucho menos con la mera perspectiva del caos. Una falsa conciencia de omnipotencia nos infudía una confianza prácticamente ilimitada en nuestra capacidad para domeñar las amenazas a las que, antaño, debía hacer frente la humanidad: la ciencia describía las leyes naturales, los ingenieros diseñaban artefactos para sacarles el máximo partido y los consumidores nos contentábamos con acumular nuevos dispositivos para aumentar nuestro bienestar material.

Sí, está bien, ciertas voces empezaban a alertarnos de que el mito del progreso como sinónimo de crecimiento exponencial de la producción y el consumo estaba pasando factura, en primer lugar al medio ambiente (contaminación de acúiferos, desaparición de entornos naturales, extinción de especies), pero a renglón seguido a nuestro hábitat y, por consiguiente, a las expectativas de nuestra propia superviviencia; sin embargo, la preocupación al respecto se veía rápidamente subsumida en la corriente de mensajes cuya propia difusión y reiteración acaba anulando su efecto sobre la opinión pública, y aún más sobre los comportamientos personales y colectivos.

Hasta que llegó el virus: un bichejo invisible -que ni siquiera posee entidad de ser vivo- ha puesto a medio globo entre las cuerdas, amenazando con arrasar con la realidad tal y como la conocemos. De repente, los científicos confiesan su perplejidad; los supuestos expertos caen en continuas contradicciones; los gestores políticos yerra estrepitosamente, las autoridades patinan y rectifican en el plazo de horas… La ciudadanía, de la noche a la mañana, descubre que aquellas instancias en quienes había depositado todo su crédito, incluso su fe cívica, han hecho aguas: los reyes y presidentes están desnudos, no dan pie con bola, son un desastre. «¿En qué manos estamos?» nos hemos preguntado muchos al asistir, estupefactos, a la retahíla de consejos e instrucciones en un sentido y en el contrario, sin apenas tiempo para comprender los argumentos con que trataban de persuadirnos de que, lo que hasta ayer era innecesario, ahora resulta imprescindible… y viceversa.

Vuelvo al principio: para lo que está sirviendo esta pandemia es para hacernos despertar de ese ensueño omnipotente con el que tirios y troyanos han acariciado nuestros oídos prácticamente desde los albores: «seréis como dioses»… Si la humanidad, en cuanto especie, se destaca de las demás por su ambición desmedida en lo que concierne a la utilización y transformación de su entorno, con la Modernidad esta pulsión de dominio se vio centuplicada hasta cotas delirantes: la industrialización supuso un salto cualitativo de tal magnitud a la hora de propiciar la materialización de las más absurdas quimeras humanas, que acabamos por creernos los nuevos demiurgos… hasta el punto de bautizar una nueva era con nuestro nombre, el «androceno», ¡nada menos!

A menor escala, en dimensión pero no en importancia, el virus ha puesto a nuestros gobernantes ante el espejo de su propia pequeñez: no sólo no lo pueden todo, sino apenas saben gestionar con acierto lo poco que pueden. ¿Los expertos? Unos eternos aprendices. ¿Las autoridades sanitarias mundiales? Imprevisibles en el mejor de los casos, ineptas en los demás. Visto lo visto, los ciudadanos de a pie nos hemos visto recurriendo al puro sentido común para orientarnos en la jungla de mensajes confusos emitidos por quienes se suponía que sabían lo que se hacían. La población, abandonada a su suerte, ha vuelvo a ese estado de zozobra del que se suponía que el progreso y el Estado moderno nos habían librado, y que ahora descubrimos que permanecía oculto bajo una maraña de gestos teatrales. La vida humana sigue estando, ahora como siempre, en manos del azar, para los agnósticos, y de Dios, para los creyentes. Y ningún científico, técnico, experto o político podrá nunca cambiar ese desamparo esencial que nos constituye como personas, porque forma parte de la propia naturaleza del hombre como ser vivo: frágil, vulnerable y mortal.

 

 

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