El circo en casa entre acrobacias asombrosas

Por Horacio Otheguy Riveira

Bajo una carpa con corrientes de aire, sentados en gradas de vieja madera de las que van de pueblo en pueblo o bajo el seguro techo protector de un andamiaje millonario. A ras de pista o sobrevolando el espacio sin otra protección que su talento, los acróbatas llegan para quedarse en el alma del espectador más avezado o más ingenuo. El circo no nos hace nunca expertos, da igual el tiempo que llevemos asistiendo a sus espectáculos, una vez en sus butacas no somos más que seres sin edad, asombrados ante la maravilla de los artistas que nos colman de sorpresas.

El riesgo, la destreza, la belleza de los cuerpos elásticos, «los cuerpos de goma», el gesto adusto del creador concentrado, los movimientos plásticos de las parejas que parecen amarse en el aire, los grupos con coreografías acompañadas de música en vivo o grabada, en cualquier caso también mágica…

Y nuestra mirada convertida en caricias que brindarán su aplauso final queriendo dar más de sí, deseando que el tiempo final no llegue nunca porque a lo largo del tiempo que ha durado el show se nos ha brindado una inolvidable ocasión; la excepcional ocasión de soñar que trepamos por telas, que vamos de unas manos a otras, que brillamos en el espacio como en la tierra con la palpitación fascinante de ser nosotros mismos acróbatas en la pista.

Una bailarina sobre una tela
es una sustancia de pies desnudos y dementes
maniática en decadencia y bestia,
una mujer tierna y viva…
¿qué importa morir volando?
Su movimiento no tiene un retorno triste
pero tiene miedo, mucho miedo
a no arriesgarse, a no caer, a no reír
porque su cuerpo no vibra
hasta que las fuerzas la abandonan
entonces se desafía: rompe la gravedad
desarma las leyes de la anatomía
para volverse un ángel aferrado a un trozo tela viva
bailando, temiendo, llorando, suplicando en el aire
mintiéndole a la física y a la muerte
pues su arte es una expresión neta
de su amor al riesgo y a la adrenalina.
Y para amar a estos querubes silentes
cubiertos de sueños y desilusiones
hay que aguardar sus pies descalzos y fuertes
al final de una tarde fría.

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