En Zarzuela: ¿De qué hablamos cuando hablamos de escritores jóvenes?

© MANUEL RICO

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Así tituló Raymond Carver una de sus más conocidas colecciones de cuentos. Un título que invitaba a la precisión aunque se tratara de una materia tan maleable como el amor. Viene esto a propósito del titular con que nos encontramos el pasado 20 de mayo en un diario como ABC:  “Los Reyes, con la nueva generación de escritores”.  El video-encuentro en Zarzuela tenía como protagonistas a cuatro creadores que, en el mundo de los jóvenes escritores de nuestro país, son excepción: Defreds, Marwan, Leticia Sala y Elvira Sastre. Autores con ventas, con clara proyección mediática, “de éxito”, lo cual no equivale ni a calidad literaria ni a compromiso con el mundo, autores alejados de la literatura como conflicto existencial, moviéndose, ante todo, en Internet y en el espacio que va del mundo de los “influencer” a la canción de autor. Todos muy conocidos, con decenas de miles de seguidores en Instagram, y cultivando fórmulas literarias simples, alejadas de cualquier indagación en el lenguaje y con escasas raíces en la tradición literaria, a la que no en pocas ocasiones se desdeña.

¿Son ellos la representación de la nueva generación de escritores? Evidentemente son de una promoción nacida a partir de 1980 y pertenecen a una nueva generación. ¿De escritores? No: de otra cosa. Quien conozca mínimamente la realidad creativa de los jóvenes que se dedican a hacer literatura, sea narrativa, sea poesía, advierte de inmediato que es dudosa la aplicación de ese calificativo (quizá con la excepción de Sastre). Son otra cosa. Son el exponente de una labor híbrida, bien delimitada en el contexto cultural,  fuertemente mercantilizada y con mucho de espectáculo que, además, está al margen de los grandes problemas y desafíos a los que, a diario, tienen que enfrentarse los autores entre los veinte y los treinta y cinco años que conciben la literatura como parte sustancial de la tradición letrada, como espacio de exigencia y descubrimiento. Escritura simple, carente de ambición cuya legitimidad no es discutible pero que a mi juicio no cabe incluir en la literatura culta, en la literatura como expresión de un nivel superior de lenguaje y de una búsqueda en las contradicciones del mundo, reflejo de incertidumbre y el desconcierto del ser humano del siglo XXI. Hay numerosos escritores muy jóvenes, con una obra de calidad y con capacidad perturbadora y crítica (desde las más diversas estéticas), que en el campo de la narrativa y en el de la poesía ahondan en una realidad compleja y que dudp se sientan representados por quienes se video-reunieron  con los Reyes.

Ángela Segovia

Algunos premios Adonais, o Hiperion, o jóvenes autores que publican en editoriales casi desconocidas, o narradores curtidos en talleres de escritura y en la metabolización de los logros de la tradición, de los clásicos y de los grandes autores contemporáneos, son hoy visibles para cualquier experto. Nombres de jóvenes poetas como Ángela Segovia, Constantino Molina, Laura Casielles, Rocío Acebal, Unai Velasco o Jorge Villalobos, o de narradores y narradoras como Matías Candeira, Laura Ferrero, Javier Ruescas o Javier Jiménez, nacidos todos a partir de la década de los ochenta. En esos nombres hay un importante depósito de buena literatura y de exigencia y rigor.

Los cuatro creadores habían sido convocados a Zarzuela para “saber cómo están afrontando la situación provocada por la Covid 19 y cuáles son las necesidades del ámbito cultural».

A todo ello la noticia añade algo que acrecienta aún más mi desconcierto. Por lo que pudimos leer en la información de ABC, los cuatro creadores habían sido convocados para “saber cómo están afrontando la situación provocada por la Covid 19 y cuáles son las necesidades del ámbito cultural para el inmediato futuro”. El resto de la información consistía en una nota biográfica de cada uno de ellos: así se cerraba la crónica. Si tenemos en cuenta que estaban muy recientes en la prensa las demandas del mundo cultural y en concreto de los escritores dirigidas al ministro de Cultura y promovidas por organizaciones autorales para paliar los terribles efectos de la pandemia en el mundo del libro, no es difícil concluir que los invitados quizá no fueran los idóneos: hay centenares de escritores jóvenes, autónomos o parados con titulación, que han visto diezmados sus ya de por sí escasísimos ingresos en estos tres meses. Obviamente, no sabemos si en ese diálogo regio (no lo cuentan las crónicas) estuvieron presentes los problemas de ese colectivo casi anónimo: escasos ingresos cuando los hay, dificultades para publicar, trayectorias sostenidas, a lo largo de años, colaborando por amor al arte, contando con firma pero no con honorarios y no siendo desdeñable el número de autores que vuelven a la casa del padre por estar en paro o a la busca, vía oposiciones o vía contratos precarios, de unos ingresos estables para construir la vida.

Matías Candeira

La crisis sanitaria está teniendo duras consecuencias para quienes ya venían de una situación difíicl. En el Libro Blanco del Escritor (*), Juan Soto Ivars, escritor joven que firma el análisis del «estado de la cuestión» en las nuevas generaciones de autores, describía así la situación hace año y medio: «A grandes rasgos y a modo de introducción diremos que la situación económica de los escritores nacidos entre 1995 y 1980 es precaria y delicada, de la misma forma que lo es para sus coetáneos en toda clase de labores y desempeños. Esta circunstancia, sin embargo, no ha supuesto una amenaza grave para la creatividad de esta generación». Y añadía más tarde: «Los autores más conocidos del panorama joven cobran unos fijos que están entre los 700 y los 1000 euros mensuales, casi siempre por otros trabajos distintos a la escritura literaria. Intentan incrementar estos fijos de miseria con charlas, artículos y otras actividades vagamente relacionadas con la literatura, o directamente con trabajos ajenos al mundillo».

La Covid 19 tendrá consecuencias. Pero afectará a los escritores jóvenes de manera muy especial porque ya desde los primeros años, su vocación se ha visto encauzada a través de una cadena de condicionantes impuestos por una patronal líquida, semidiluida en las servidumbres de la crisis económica y de la revolución digital, poco propensa a hacer frente a obligaciones derivadas de la Ley de Propiedad Intelectual que deberían ser ineludibles. Se paga al fontanero, al electricista, al impresor, al informático, pero no al autor. Especialmente, al autor joven. Y lo más dramático es que por lo general, estos autores dan por hecho que han de renunciar a su diginidad profesional. Y lo asumen. Permanecer ocho o diez horas ante un ordenador escribiendo un artículo no es trabajo. Es un capricho, un hobby: muchos autores jóvenes me han contado cómo cuando les invitan a dar una conferencia o a asistir a una mesa redonda y preguntan por los honorarios, la respuesta es: «pero si tú disfrutas con esto, te lo pasas bien». En fin. Si eso es entendible en publicaciones o editoriales económicamente precarias, con ingresos limitados y que ponen el valor de la cultura por encima de cualquier rentabilidad, no lo es en muchos otros casos en los que la solvencia y la estabilidad económica no están en cuestión. 

Constantino Molina

Todos hemos visto películas norteamericanas, o europeas, en las que se nos muestran a jóvenes escritores a los que les encargan un cuento y reciben de manera cumplida su cheque en pago por su aportación a las páginas de una revista o de un diario. Para los escritores jóvenes de nuestro país (también para gran parte de los menos jóvenes, incluso para los talluditos) eso no deja de ser una quimera. Probablemente de todo ello se hablara poco en la video-reunión de Zarzuela. Sin embargo, es más necesario que nunca en los tiempos que corren. Yo diría que imprescindible.  Por eso, la elección de los representantes de ese sector amplio, diverso y con no pocas obras de una calidad más que estimable, deberá afinarse en próximas ocasiones. Influencer, youtuber, instagramer no son sinónimos de un término tan cargado de significado en la historia del lenguaje en su encuentro con la realidad y con la historia como el de escritor. O escritora.


(*) Libro Blanco del Escritor (Sobre la situación profesional de los escritores en España). Asociación Colegial de Escritores. Madrid, 2019.

Un comentario sobre “En Zarzuela: ¿De qué hablamos cuando hablamos de escritores jóvenes?

  • el 26 mayo, 2020 a las 8:53 am
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    Fijémonos en que, incluso Elvira Sastre, a la que el autor del artículo echa un capote, se puede salvar: una reseña de su novela en El Pais hablaba de «grado cero de la escritura». Mala sin paliativos. En fin, totalmente de acuerdo con M. Rico. Flaco favor de los reyes la literatura, que confunden ésta con el mercadeo y la coqueluche.

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