«Llámame Méndez», precuela de once obras de González Ledesma, maestro de la novela negra española

Por Horacio Otheguy Riveira

Es este un aporte sustancial al ya buen historial de la novela negra española. A través de esta precuela, el protagonista adulto de una serie de novelas es reconstruido en la adolescencia. Así, Victoria González Torralba irrumpe con fuerza en un paisaje muy apreciado, sugiriendo un nuevo estilo de novela histórica en la que lo negro de su ambiente de posguerra civil le permite descubrir nuevas aristas. Comienza como agradecida heredera de su padre, y a medida que avanza consolida lenguaje, imaginación y dinámica poética suficientes para forjar su propio estilo.

Indagar en el pasado de un gran personaje escrito por otro exige una dedicación minuciosa y seguramente muy grata por parte de una periodista que así trata la obra de su padre, también periodista.

Cuando Francisco González Ledesma se recuperó de un ictus en el último tramo de su vida, reconoció un privilegio obtenido con la enfermedad: «… al fin pude disfrutar de la compañía de mis hijas, ya que cuando niñas o jóvenes estuve demasiado absorbido por mi trabajo en el periódico y en los libros». Una de sus hijas, Victoria González Torralba se ha involucrado en ese mundo periodístico-literario que tanto atrapó a su progenitor, y el resultado es muy emocionante, ya que se perfila una escritora con la suficiente paciencia para asumir la línea paterna donde se forjó el Inspector Méndez, y a la vez lograr la conquista de su propia voz en un entrañable viaje por el dolor y la miseria, un tenebroso lugar en el que un chico solitario ha de convertirse en un hombre carismático; un policía intrépido, doliente y generoso.

Amor, muerte y extraña solidaridad

Ricardo Méndez, 17 años. Madre muerta de niño, y padre ausente, es criado por un maestro de escuela que perdió la guerra. Vive en una Barcelona castigada por la posguerra, a cuestas con la violencia del hambre, de la corrupción policial y política, prostitución con muy valoradas chicas menores que se entregan por hambruna o para salvar a sus padres, incapaces ya de llevarse un pan a la boca, todos hijos de una penuria económica y moral de crueles consecuencias.

Su mentor acabará siendo un comisario del franquismo que ha luchado en la División Azul con los alemanes en Rusia. Un personaje odioso que mostrará nobles facetas y crecerá hasta convertirse en uno de los grandes:

«El tipo parecía sacado de una fotografía oficial. Vestía un traje oscuro con finas rayas blancas. El corte no era malo. Lucía chaleco a juego y un pañuelo blanco asomaba por el bolsillo de la americana. Llevaba el pelo, que ya empezaba a clarear, engominado, y el fino bigote bien recortado. En las manos se adivinaba una esmerada manicura, pero los dedos índice y corazón amarilleaban por la nicotina. En ese momento sujetaban un cigarrillo. Tanto atildamiento delataba que hacía todo lo posible por causar buena impresión, pero nadie había fracasado tanto desde que la Armada Invencible partió rumbo a Inglaterra. Al menos eso es lo que pensó Méndez al encontrarse cara a cara con él».

Si así ve el chaval al comisario Castañeda la primera vez, éste a su vez no pierde detalle de la catadura del joven indigente:

«Hasta ese momento solo se había fijado en su arrogancia, en su mirada airada, en ese ademán de falsa seguridad que solo son capaces de adoptar los más inconscientes, pero ahora, al observarlo de cerca, se dio cuenta de su delgadez, del tono azulado que tenían sus ojeras, de la sombra de dolor que velaba su rostro y de que, a pesar de su fingida madurez, no era más que un crío vestido con ropas de viejo».

No hay seres humanos normales. Sólo hay personas a las que no acabamos de conocer.

Dentro de una muy documentada panorámica social de la posguerra en Barcelona, Llámame Méndez es la  historia de un adolescente rebelde, enérgico, duro y blando, mucho más resistente a los golpes de lo que él mismo se cree capaz, así como mucho más sensible de lo que pudo imaginar. En el vaivén de sus contradicciones crece ante nuestros ojos en demasiado poco tiempo.

Suspira en las primeras páginas por una chica con la que llega a bailar en una fiesta al aire libre. Es una noche fascinante porque, en su tremenda timidez, ha conseguido tomarla por la cintura, moverse con ella al ritmo de su música, disfrutar de su sonrisa y, en un alarde de erotismo nunca imaginado llega a oler su cabello como una fragancia jamás sospechada.  Un encantamiento profundo al sexo opuesto en una sociedad cuyas calles mucha suciedad física y moral. Pero esa casi niña de aroma delicioso será descubierta por el mismo muchacho atrozmente asesinada. Poco después descubrirá que su preciada criatura se prostituía, como tantas otras chicas obligadas a ayudar a familias caídas en desgracia. Y se convertirá en una especie de detective que entrará en la boca del lobo de la ciudad con todas sus consecuencias.

Entre los muchos aciertos de la novela de Victoria González Torralba, llama la atención el principal, gracias al cual todo se desarrolla de manera envolvente: un dominio narrativo que nos acomoda en la trama como buenos compañeros de ruta.

Cada personaje esconde un doble

Castañeda es, en principio, un arquetípico comisario del régimen con sus trajes a medida, su tabaco permanente, su coñac… todo lo cual le sirve para interpretar a un prepotente que ha de meter miedo. Tras esta imagen en el mismo hombre hay otro muy distinto: uno que fue soldado de la División Azul en el frente ruso, donde se incorporó («no por afición a los nazis ni al franquismo») para proteger a su hermano menor. Allí conoció un frío que le atormenta aun en el verano húmedo de Barcelona. Es un tipo duro, castigador según los baremos del momento, pero puede sorprender a los rojos en extremo padecimiento, algo que marcará al chaval cuando se convierta en inspector de policía del régimen franquista.

Ricardo Méndez es, en manos de Victoria González, un joven viejo, un aprendiz de policía sin saberlo, y un muchacho ingenuo, con sus prontos, su ansiedad, su pobreza pegada a los huesos. Su vehemencia no le ciega. Su sensibilidad de huérfano con mucha hambre no le paraliza, más bien le fortalece para afrontar muchas situaciones inesperadas. La pertinaz incertidumbre no le doblega, le hace más lúcido.

Rosalía, su amada, vecina de barrio con la que bailó una sola noche, y se enamoró con solo oler su cabello es una dulce criatura que le tiene embobado. De madrugada él mismo la encontrará bestialmente asesinada. Ingenua, capaz de ruborizarse bajo su mirada ensoñada, ya ejercía como prostituta en situaciones muy morbosas para tipos mayores que pagaban mucho por ir con menores, aunque ellas recibieran migajas.

Y por último, un burdel, regido por una burguesa necesitada de dinero, hasta que entra en decadencia y pasa a otras manos muy distintas en cuyas habitaciones se encuentran mujeres atendidas por religiosas, carne ya carente de vigor sexual, entre la miseria total y graves enfermedades.

Regenta la nueva casa un personaje que aparece una sola vez pero resulta clave. Su madre fue una más que, al hacerse mayor, pasó a ocuparse de preparar a las niñas poniéndoles cocaína en los labios para que el sexo oral les resultara placentero, con un sabor dulzón que de inmediato les creaba ansiedad por volver a recibir la droga en la hipersensibilidad labial. Un mundo de espanto sin límites en que algunas ex prostitutas que fueron muy solicitadas, sobreviven entre las mismas paredes atadas a camastros para que no se hagan daño…

 

«—No le des más vueltas. No lo consideres una propuesta, tómalo como una orden. Venga, chaval, piensa que cuanto más colabores antes podremos dar con el asesino.

Atrapar al culpable, eso era lo que quería Méndez. Sabía que no le devolvería a Rosalía, pero sí le proporcionaría un poco de alivio. Según los cálculos de la Policía, el crimen se había producido poco después de que dejara a su amiga. La habían matado prácticamente en sus narices. Tomó aire y se dijo que, mientras no encontraran al asesino, se sentiría tan despreciable como si él mismo hubiera sido el brazo ejecutor.

Miró al comisario, que volvía a encender otro cigarrillo, con abatimiento. Poco podía esperar de aquel individuo endomingado que había aterrizado en sus barrios desde no se sabía dónde.

(…) Méndez pensó que ya encontraría la manera de librarse de esa rata de despacho. De momento, tenía claro que no había tiempo que perder».

La buena sombra del padre magistral

El esfuerzo de la novelista ha dado un fruto que cautiva, ya que ha logrado retrotraernos a las páginas del maestro y a la vez entrar en un nuevo estilo que poco a poco va ganando en firmeza, dejándonos confiados en que Castañeda y otros personajes reaparezcan en novelas donde la intriga y las palpitaciones sociales y políticas exhiban su lado más oscuro, pero también más noble. Si el mito psicoanalítico difunde la necesidad de matar al padre en nuestro interior, para ser libres en nuestra propia identidad, Victoria González Torralba lo consigue haciéndole renacer. Muerte, ensañamiento político fascismo, explotación sexual, corrupción de menores, son los fuertes temas que les unen. También un afán de justicia poética que les lanza al ruedo como una pareja de justicieros que ya forma parte del acervo de la literatura española.

Francisco González Ledesma (1927-2015) fue un gran periodista durante el franquismo; como escritor supo burlar la censura con numerosas obras con seudónimo, dando mensajes coherentes con su ideología bajo la máscara de novelas del Oeste o románticas, hasta que pudo escribir lo que más le interesaba: novela negra surgida de su amplio conocimiento de las calles de Barcelona, sus adinerados señoritos y su gente de a pie. Así creó a Ricardo Méndez, un inspector de policía que encierra a los rojos y una vez que están entre rejas les lleva comida y su ocupa de su familia. Un poli que envejece lleno de nostalgia porque, palmo a palmo, ve la destrucción de su Barcelona republicana. Un aventurero valiente y sentimental que por encima de todo ama las calles miserables de la hermosa ciudad y a sus putas, a las que protege, como si fueran sus hijas, incluso cuando las mete en la cárcel.

NOTA AL MARGEN

Una sola novela de González Ledesma ha sido llevada al cine: Crónica sentimental en rojo, Premio Planeta 1984. Se estrenó en 1986, dirigida por Francisco Rovira Beleta con José Luis López Vázquez de protagonista.

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Ver también un artículo sobre la obra de González Ledesma con listado de sus once títulos:

Francisco González Ledesma: padre de la novela negra española

Entrevista  a Francisco González Ledesma

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