Reseña de «Los árboles que nos quedan», de Ramón Andrés

Los árboles que nos quedan: memoria viva

Por Mario Álvarez Porro.

Ya José Ángel Valente nos advertía cómo «a veces viene / desde la tierra misma la tristeza, / viene desde el amor, / desde la ausencia del amor, / desde la piedra o el vegetal al hombre.”

Ramón Andrés (Pamplona, 1955), ensayista y poeta, convoca esa misma tristeza en su último libro, Los árboles que nos quedan (Hiperión, 2020), una tristeza que aflora desde el sustrato de lo más auténtico y hondo del individuo, la memoria. En este conjunto de poemas nos ofrece una visión desgarradora desde la experiencia y el escepticismo que le confieren los años por medio de un verso amplio, con predilección en la mayoría de sus composiciones por el endecasílabo, el alejandrino o el hexadecasílabo, influencia nítida del versículo, que responde, perfectamente, a la gravedad del tono y que le otorga un mayor recorrido en el que poder demorarse en su contenido.

El libro está concebido como un continuum, similar a esa lluvia sempiterna que ya aparece en su poema inicial titulado ACÉRCATE, que es una invitación a adentrarnos en la vida como en un valle, pero «que no es de lágrimas” aunque lo sea como nos recuerda su memoria enterrada, con sus costillas, sus fémures y su cráneo, y que «que trabajan para ti, / día y noche, jamás se desdicen, y obran / lo horizontal como si fuera una obediencia”. Una vida que se nos presenta como una serie de estratos que se van superponiendo unos a otros, pero que, no por ello, dejan de existir al quedar ocultos y tener influencia sobre las capas más superficiales recordándonos nuestro origen, como nos hace notar en LOS COMEDORES DE PATATAS DE VAN GOGH: “Venimos de ellos, de su cama y de sus noches, / de su amarse adusto y rápido, parroquial, / de los partos atendidos por las vecinas, / hasta llegar al nuestro, azaroso, prematuro”. Una procedencia que también se nos revela de forma personal y biográfica en el recuerdo de la figura del padre: «Un niño toca el violín / entre la polvareda de un obús cercano. / Es mi padre. Arcilla de qué lugar, / de qué destierro o suburbio de la Biblia.” Es el LINAJE de los Andrés, existiéndose unos a otros.

Sin duda, aquí la poesía adquiere un carácter muy personal, SIN DONACIÓN, donde el poeta solicita «un poema sencillo, / como el corazón de un perro”, pero que no le será dado, porque “nada es fácil, / no lo es acercarte a un árbol viejo, / entre la densa bruma, / ver que es el padre que ya no te recuerda.” Y es asaltado por la duda infinita: “Rezas, no rezas”. Y es invadido por una tristeza sin concesiones, porque sólo se canta aquello que más duele, como en LA FOSA: “Año 1946. Mi padre con su hija muerta en brazos”. Y es que la memoria siempre te aguarda, como en DESVANES, donde “el frío está siempre en alza y muy adentro del pasado y de las tantas cosas que guardamos como nuestras”.

Todo esto no hace más que ahondar en lo irreparable de la existencia humana: «Un hombre, una mujer, repararlos, no: sólo apuntalarlos”. En LO HUMANO se pone de manifiesto el fatalismo de la condición humana y el egoísmo amoroso con el que se intenta resolver: «La estrategia es decir que aman / a alguien para así pesar menos y llevarse a cuestas, / dejarse en el suelo y reposar de todas las vidas”. Porque, como nos dice el propio autor en un poema con resonancias bergsonianas, DURACIÓN, “somos la luz empleada en terminar las cosas” […] «Lo que dura la luz, eso somos”. La existencia, nos expone en CAVILACIÓN, se reduce tan sólo a un “no saber regresar. Y desaparecer, / el solo instante en que te ves de cerca”.

Producto de todo ello son el descreimiento y la desesperanza mostradas en poemas como HOGUERAS, 2019 donde el fuego «prende en tus raíces de arbusto” que ya huelen “a fe quemada”, o CAMINO DE SANTIAGO en el que nos indica como “cada uno tiene la fuerza que tiene; la devoción / que no da más de sí, como el que no te saluda / o el pan comprado ayer que se ha secado”. No obstante, es en el poema que lleva por título ERMITA ABANDONADA donde se nos muestra un mayor escepticismo, pues Dios se nos aparece transmutado en minero y “la mina ha cerrado” porque “Dios ya no es rentable”. Sin embargo, los que creen aún «ven una lámpara de carburo en el interior”.

El tema de la memoria, como eje central, se afronta desde la cercanía de LO COTIDIANO donde «el lenguaje […] es lo que se vive en el valle”, una vida que, como hemos comprobado, no es nueva, un lenguaje que, por tanto, tampoco lo es, sino que viene de años y siglos atrás, quedando fijado en los libros, la escritura que, como nos dirá recordando a Maquiavelo, son para la noche, para hablar con los muertos que nos enseñan a vivir, a morir y entender “mejor el fin, y el hablar que fuiste.” A “morir a tiempo: eso nos enseñará Zaratustra”, nos dirá en NIETSCHE. En fin, LOS LIBROS «son perros, nos siguen, levantan la pieza, / la cobran. Lo abatido, nosotros” […] “y lo roen y roen porque es tu vida”.

Destaquemos por último, el poema que sirve para cerrar el libro, ÁRBOLES FINALES, pues enlaza con el inicial, a modo de cornice, cerrando el cuadro en el que queda enmarcado ese valle al que se nos invitaba de inicio, por medio del símbolo del árbol como recuerdo de «los que murieron, y creías convencido / que eran sólo un distinto acento en el habla”, pues «todo árbol cobija a un muerto y lo mantiene / en la savia, lo hace suyo y lo ampara, le da un suelo / de corteza y de hojas caídas para él. / Los bosques pueden salvarse en los que han sido, / quiero decir, en el recuerdo que guardamos de ellos.”

Ramón Andrés logra una imagen de conjunto que profundiza con desolador acierto en lo más íntimo y profundo de uno mismo, lo que más duele, sus recuerdos, que sustentan lo que hoy somos y nos acoge en su sombra. Se trata de un libro de marcado acento filosófico y un culturalismo nada impostado ni gratuito, sino, todo lo contrario, muy bien asimilado y que impregna todo el conjunto de poemas, donde las citas y el juego intertextual son claves para una mejor interpretación de los poemas, en los que se distinguen claros ecos del pre-existencialismo de Unamuno, el agnosticismo de Machado o la desesperación de Ángel González.

En Los árboles que nos quedan asistimos a una nueva épica de la memoria contada con desconsoladora sobriedad desde de la crudeza y la sinceridad. Porque como nos advierte al principio por medio de la cita de Hugo von Hofmannsthal: “No de otra manera la vida dice lo que dice”.

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