La vanguardia y el deporte (con una sugerencia final)

Posiblemente no haya ninguna escultura de la antigua Grecia más conocida por todos que el famoso Discóbolo de Mirón, con permiso quizás del Laocoonte que se expone en los Museos Vaticanos y que es también, como la que hoy nos ocupa, una copia de la época romana. La obra representa un atleta con el cuerpo en tensión a punto de lanzar un disco y es tenida por expresión de buena parte de los elementos más característicos de la cultura griega: la admiración de la belleza corporal, la idealización estética clasicista (la tensión corporal es máxima pero resulta natural y poco forzada, el gesto apenas trasluce concentración y no esfuerzo, las proporciones son perfectas), el estudio anatómico casi científico y, por supuesto, la importancia social del deporte, que quizás nunca en la historia ha vuelto a tener tan gran repercusión literaria ni artística como en la Grecia clásica. Para mí, representa además el primer ejemplo que conozco de la apreciación estética del esfuerzo físico. Este interés, me atrevería a decir dentro de mis escasos conocimientos al respecto, ha sido bastante marginal en la Historia artística de Occidente, al menos después de la Antigüedad, pero ha reaparecido ocasionalmente en algunos momentos, en ciertas obras o pasajes que creo que merece la pena recordar, aunque sea en una selección arbitraria y apresurada.

Posiblemente, la época o, si se quiere, el movimiento que más se ha interesado en nuestra era por las posibilidades estéticas del deporte ha sido la vanguardia, que se plantea desde el mismo nombre, el culto a lo juvenil, a la fuerza física, a la acción, a la velocidad (nunca hay que olvidar la frase tan impresionante como ominosa del Manifiesto futurista de Marinetti: “Un automóvil que corre sobre la metralla es más bello que la Victoria de Samotracia”), como reacción, al menos en parte, contra la decadente y abúlica sociedad burguesa que retrató o idealizó a su manera la literatura finisecular. El deporte, que se expandía a pasos agigantados en el primer tercio del siglo XX con la creación de las grandes carreras ciclistas, la fundación de los más importantes clubes de fútbol, la celebración de las primeras competiciones de élite e incluso de los primeros Juegos Olímpicos modernos, puebla de forma sorprendente la literatura y el arte. Ahí quedan como ejemplo Formas únicas de continuidad en el espacio o Dinamismo de un futbolista, del futurista Umberto Boccioni; Los corredores, de Robert Delauney (resulta muy inquietante que no tengan cara; habría que preguntarse si el interés vanguardista por el deporte no tiene algo que ver con su ideal de arte deshumanizado y qué nos diría eso del deporte); los cuadros de tema pugilístico de George Bellows o este de tema ciclístico de Natalia Goncharova, o el Atleta cósmico de Dalí, pintado por encargo para representar a España en los Juegos Olímpicos de 1968 y que recrea en clave surrealista el Discóbolo de Mirón recordándonos de paso por qué nunca se debería hacer un encargo oficial a un surrealista (a no ser, por supuesto, que el gobernante en cuestión quiera patrocinar la sátira en lugar de a propaganda).

Esta obra de Dalí ejemplifica el curioso fenómeno de que parte de la vanguardia, en su interés por el deporte, vuelva sus ojos renovadores nada menos que a la Grecia clásica y en especial a Píndaro, el poeta del deporte por excelencia (y del que en algún momento tendremos que hablar), como modelo para la oda apologética del gran deportista. En España tenemos, ente otras, el ejemplo más célebre en la Oda a Platko de Rafael Alberti tras una hazaña heroica de este portero del Barcelona: en una final de Copa contra la Real Sociedad, salvó un gol interponiendo ¡su cabeza! entre el balón y el pie del delantero blanquiazul Cholin, tuvo que retirarse conmocionado y ensangrentado y volvió tras el descanso con toda la cabeza vendada para no dejar a su equipo con diez porque entonces no estaban permitidos los cambios.

Con todo, más interesante desde el punto de vista literario y más revelador de la fascinación vanguardista por el deporte me parece un pequeño texto del primer Francisco Ayala, una escondida joya estilística donde, pese al tema completamente ajeno (una recreación del episodio de Susana y los viejos del Antiguo Testamento) aparece una insospechada imagen deportiva cuando Susana sale de la bañera: “pisando el agua, saltó una pierna sobre el borde con gesto audaz de ciclista”. ¡Qué ejemplo de poder de evocación, donde casi el autor nos hace ver la pujanza física de Susana, la (suave) tensión de su muslo y su gemelo al salir de la bañera! Qué ejemplo, de hecho, de redescubrimiento de la belleza del esfuerzo físico del Discóbolo, de la dimensión estética de la tensión muscular, del cuerpo torsionado o en escorzo. Aunque este redescubrimiento, si se puede llamar así, no es solo vanguardista y nos llevará en otro artículo a Góngora, quizás uno de los grandes poetas del deporte en español. Y aunque posiblemente esta conexión entre Góngora y la vanguardia española sea completamente casual, no deja de ser curioso el peso de las imágenes deportivas en un poema de inspiración claramente gongorina como la Fábula de Equis y Zeda de Gerardo Diego, donde se habla de ciclismo, de patinaje y, en una sorprendente imagen ultraísta, se identifica la cornamenta del ciervo con un par de esquíes:

      En la almena más alta un ciervo bueno

alisaba sus cuernos y extendía

y el doble esquí nacido de su seno

con deportiva vocación lamía

como si él condujese al misticismo

la rueda en flor del analfabetismo

Pero dejemos a Góngora, quedémonos por hoy con los aciertos deportivos de la vanguardia e invitemos a nuestros artistas y escritores a no dejar caer en el olvido las posibilidades de la conjunción de arte y deporte, según los gustos de cada cual: un heredero del futurismo, admirador de la potencia y la velocidad aunque quizás más pacífico y ecologista que sus antecesores, podría perfectamente pintar un esprín en la Via Roma al final de la Milán-Sanremo; un neocubista encontraría a buen seguro material en una parada de reflejos o un lanzamiento a canasta en el último segundo; un pintor o escultor de inspiración surrealista, ¿qué no podría hacer con un combate de boxeo o un partido de tenis?; ¿no es ya necesaria, en fin, una oda a la inteligencia y la elegancia de Luka Modrić? Ojalá nuestros creadores recuperen la dimensión artística del deporte. No creemos que ello vaya a cambiar nada ni en el deporte ni fuera de él, pero quizás sirva al menos para aliviar su deriva mercantilista y reconciliarnos, aunque sea por un momento, con la belleza del esfuerzo.

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