«Vientos difíciles», de Benito Pascual

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Por Julio Marinas.

Introducirnos en este primer poemario de Benito Pascual es dejarse llevar por el viento y surcar la vida, volar por las obsesiones que han sacudido a los hombres desde el principio de los tiempos. Transitar por estas inquietudes imperecederas es condenarse al desvelo, al flujo de la angustia, condenarse al fin primordial de la poesía al que todo poeta, indefectiblemente, está abocado: la búsqueda. Incesante e infructuosa búsqueda que agita, devasta o acaricia nuestro ser, según el viento que nos estremezca. Por lo tanto, en esa relación inseparable y dependiente, surcar, también, la muerte, tratar de sobrepasar el límite de lo que nunca conoceremos. Vientos difíciles que no proporcionarán respuestas transparentes o absolutas, pero que dejarán removidas las huellas trascendentes que nos permitan seguir siendo nómadas, sosegando momentáneamente el veneno de la indagación.

Los vientos que soplan por este extenso poemario nos van descubriendo las realidades en las que buscamos revelaciones más profundas. A veces rápidos e inapreciables, constatando la fugacidad de la existencia, La vida ha pasado sin darme cuenta, y otras veces, en contraposición, vientos intensos en los que una sola ráfaga, que pasa como la hoja de un libro, contiene toda la vida de un hombre. Vientos que nos hablan, cuya palabra dice, comunica el constante suceder y nos mantiene en la contemplación de lo aparentemente insignificante, aquello donde uno, ciertamente, acaba por hallarse. Vientos que, en su rumbo, nos recuerdan que somos tiempo. Somos esencialmente tiempo,/ y yo espero algún día fusionarme con él. Existen vientos que arrastran lo que uno abandonó, lo que se expulsó de nosotros mismos, volando sobre las ruinas del pasado, /ese tiempo que en la mente / ha dejado de ser. Y se abren vientos que aún están por venir para proclamarnos que seguimos sintiendo, ¿Y esos instantes fugaces de asombro / y extrañeza / que todavía nos tiene reservado / lo que queda por vivir?, que acaecerán otros trances deseosos de manifestar su seducción, tengo la sospecha de que todo lo de alrededor / se ha convertido en un poema, / que yo mismo vivo encerrado en él. Nada permanece en el idioma del viento, todo discurre como los acontecimientos que nos devienen y la única manera de ser es siendo, fluir como el viento o como el agua. Somos viento y agua, nos precisa Benito, dos de los cuatro o cinco elementos que, según la doctrina que los evidencie, componen la naturaleza, en definitiva, la esencia en la que cumplimos nuestro ciclo. Por eso, todos llevamos en nuestro tiempo un invierno, pues el invierno llegará una vez más, /…/ porque él ha venido para quedarse / en nuestras sombras / para siempre. Todo viento transporta el principio y el término, el recorrido de nuestra película, que tus cenizas se las lleve el viento. Todos albergamos un mismo viento de desintegración, Cualquier muerte es la muerte de todos. Un tiempo fugaz que sopla y se extingue. En cada roce leve o huracanado se impregna nuestro memento mori, llegará un momento en que yo no estaré. Y ese desamparo de ser solo hombres se elevará en otros vientos que nos recuerden, en otros ciclos de vida que, al menos, nos perduren en sus corrientes, Ese alguien me recordará / y le asaltará esa misma idea. Nos aferramos a la tenacidad de la memoria, sé que el tiempo no se acaba, de los que seguirán inhalando y exhalando el flujo de los vientos que vienen, van, aparecen, desaparecen, cumplen su substantividad, por lo que, también, nos harán comprender que No debería ser ninguna tragedia / nuestra ausencia para siempre. Los días que acogerán nuevos vientos cambiantes se sucederán empeñados a toda costa en no acabar nunca. El panta rei de la realidad. Si para Heráclito ningún hombre camina siempre en el mismo río dos veces porque no es el mismo río y él no es el mismo hombre, Benito nos sugiere, por las mismas razones, que nunca nos acariciará un mismo viento. Yo soy otro cada instante que avanza y cada brisa nueva o cada ventisca inédita o cada simple remolino nos introducen en una asombrosa vida, nos desposeen de lo que somos para seguir siendo otros. Acontecer en el tiempo y en el viento sin temor a perdernos, Tenemos verdadero terror / a despedirnos de ese yo al que nos hemos acostumbrado, porque, en todo caso, ese reconocimiento de que nunca somos el mismo, es un descubrimiento permanente del sí mismo.

A través de un poemario construido desde el vínculo del viento del tiempo y el tiempo del viento, nos adentramos en la esencialidad de la acción recíproca entre el mundo y el hombre. Y esa inmersión se realiza sin rebuscamientos poéticos, sin artificios léxicos, sin alardes pretenciosos, solo con la única vía de la sencillez de la palabra, desplegada en un verso libre o en un acierto de poema en prosa. La claridad de la expresión poética es autosuficiente para revelar que Hay milagros que ocurren todos los días / y suelen pasar desapercibidos, como el simple aullido de un gato con el que Benito nos avisa de que hay otro mundo. Esa es la grandiosa profundización que los vientos poéticos despliegan por todos sus versos, porque esas palabras desvelan mundos y porque Dentro, muy dentro / está la vida misma, / eso que tanto se teme. El viento siempre recurrente, nuestro viento, nuestro “siendo”.

 

Vientos difíciles, PIEDICIONES, 2019,

Finalista en el II Certamen Nacional de Poesía «La huella de la palabra».

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