‘Fármaco’, de Almudena Sánchez

Fármaco

Almudena Sánchez

Random House

Barcelona, 2021

183 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

La depresión ha venido para instalarse como una tradición social, al menos esa es la impresión que da al encontrarnos con varios títulos que la tratan: ahí está Hombres que caminan solos, de José Ignacio Carnero, que la afronta desde la narración autorreferencial, o Un perro rabioso, de Mauricio Montiel, que se refiere a ella en primera persona con una secuencia de lugares comunes, no por ello menos impactantes. Ahora se suma a esa nueva tradición, valga el oxímoron, Almudena Sánchez (Mallorca, 1985) con este Fármaco, que es obra de una escritora, sí, pero también de una lectora. De hecho, si nos atenemos a un punto de vista muy literario, advertiremos que nos encontramos frente a una obra en la que se impone la lectura, la de los libros, que son consuelo, y la de los instantes, que son, al final, los mimbres con los que se hace literatura. Debemos decir, antes de no estar a tiempo, que la expresión con que iniciamos la reseña, la de apuntar a la depresión como una tradición social, es una visión muy sesgada. La depresión es un mal único para quien la sufre y para quienes se encuentran en el entorno de quienes la sufren. Ahí es donde Almudena Sánchez impone su registro. De hecho, se pierde constantemente en la búsqueda de una definición, por el sencillo motivo de que está desesperada por encontrar una solución. Necesita un diagnóstico para ajustar un tratamiento. Mientras tanto, la sostienen los fármacos.

La obra está escrita sobre la marcha, pero con un grado de meditación que se ajusta a las intenciones de la misma: dar fe del mal y compartirlo como quien practica un exorcismo que puede ayudar a otros. Es, posiblemente, la parte terapéutica de la sanación, como lo son siempre las confesiones: “La ciencia informa: son carencias emocionales no verbalizadas”. Se impone, pues, la verbalización para recuperar terreno. El libro es una demostración de amor a la literatura, porque nos presenta su función de rescate. De ahí, también, la serie de referencias que acuden a apoyar a los fármacos, como el libro de William Styron, por ejemplo, Esa visible oscuridad. Y para certificar que el tema de la depresión debería ser el de la vida, Almudena Sánchez la arrima al suicidio y al intento de suicidio, a las ganas de dejar de vivir. Tal vez uno eche de menos otras lecturas, como Levantar la mano contra uno mismo, de Jean Améry, pero esto pertenece al orgullo lector. Fármaco es una obra con vida propia, una pregunta acerca de qué hay más allá de la desolación, si es que es desolación lo que escribe, pues por momentos uno intuye destellos de humor. Y el humor bien aplicado pertenece a las medicinas que cauterizan.

Como no puede ser menos Almudena Sánchez afronta el pasado y, sobre todo, la infancia. Lo terrible, en este ámbito, suele ser el peso de la presión de tener que considerar que nuestra infancia fue feliz: “Que no habrá psicotrópico que me devuelva la explosión de la niñez”, suplica la autora. Y esa es una de las obsesiones que giran en remolinos dentro de la cabeza, una de las que nos construyen como seres disconformes y expuestos a la depresión, que es un mal que se instala en el cerebro, pero, no hay que olvidarlo, nosotros somos cuerpo. De ahí esos trastornos somatomorfos de los que habla Almudena Sánchez, pues uno se suicida con todo el cuerpo. De ahí la precisión de esta obra que trata sobre la alteración, pero que bajo presión consigue sacar lo más reflexivo de uno y confiar, compartiendo la confianza, en que cuando uno supera lo insuperable sin duda se vuelve mejor persona.

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