Juan Arana: «El humanista debe recuperar la fe en la verdad»

 

 

Juan Arana Cañedo-Argüelles (San Adrián, Navarra, 11 de marzo de 1950)​ es Catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla, académico numerario de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas así como profesor visitante en Maguncia, Münster y París VI –La Sorbona–, director de la revista de filosofía Naturaleza y Libertad y autor de numerosos libros, artículos y colaboraciones en obras colectivas. Una de las ideas que defiende Juan Arana es que el diálogo interdisciplinar no estaría completo si solo interviniesen en él la filosofía, el arte y la ciencia. A la religión también le corresponde un puesto en este debate. «Las lecturas de autores ilustrados me convencieron de que las actitudes frente a la religión fueron mucho más complejas e interesantes de lo que las historias al uso nos cuentan», dirá. En lo referente a este tema, se centra sobre todo en cuatro autores que le sirven para ejemplificar y discutir acerca del tema: Einstein, Schrödinger, Borges, Octavio Paz. Esta entrevista la concede Arana poco antes de participar en la Cátedra del Diálogo y la Búsqueda, que se celebrará en la Universidad de la Mística, de Ávila, los días 16 al 18 de junio de 2023.

– Desde el punto de vista de los saberes acerca del hombre, ¿cuál es su opinión del estado de los mismos en nuestra sociedad? ¿Han sido doblegadas las humanidades por el paradigma científico, o todavía queda espacio para ellas, más allá de un uso decorativo o museográfico?

A mi modo de ver, el problema no es tanto que las humanidades hayan sido doblegadas por el paradigma científico, cuanto que, en contraste con las ciencias, no han sabido encontrar su propio paradigma, lo cual las tiene sometidas a una crisis que ya dura siglos. Someterse a los métodos y conceptos de la ciencia fue tan solo uno más de los agónicos esfuerzos por encontrar la credibilidad que habían perdido. El fracaso de ese intento era de esperar, al menos en lo concerniente a lo más honda e irreductiblemente humano. La raíz de todo está probablemente en que, mientras los científicos nunca dejaron de creer en la verdad que buscaban acerca de la naturaleza, los humanistas pusieron en duda a partir de un determinado momento su propia capacidad para trascender lo natural y todavía no se han recuperado de esa desconfianza.  

– ¿Cree usted que la ciencia actual, en sus planteamientos teoréticos, es más dúctil, humilde y abierta a la autorrefutación que la ciencia denominada «moderna»? Y, si es así, ¿esta percepción es compartida por la ciudadanía, o por el contrario esta conserva una perspectiva de la ciencia como detentora de una verdad estable, incontrovertible?

Para ser sincero, estoy convencido de que la “ciencia moderna” era tan dúctil, humilde y autocrítica como la contemporánea, si no más. La mitificación de la ciencia que se produce a partir del siglo XVIII y sobre todo en el XIX no provino en primera instancia de los propios científicos, sido de ideólogos y propagandistas sectarios que trataron de emplearla como arma para combatir el modelo de hombre y de saber humanístico que venía de la tradición. En proporción mayoritaria los grandes científicos permanecieron ajenos a tales maniobras, aunque a fines del XIX empezaron a sucumbir a los halagos de los que trataban de convertir sus descubrimientos en una especie de saber absoluto. Pero pronto reaccionaron para recuperar el espíritu realista de sus mayores, lo que les llevó a sacudirse poco a poco del regalo envenenado que les habían otorgado los filósofos materialistas de antaño, hoy en día reconvertidos al relativismo y al escepticismo, sin renunciar tampoco (con plena incoherencia) a un materialismo travestido de “naturalismo”.

– Entre los cantos de sirena de los demagogos del materialismo y las amenazas de los profetas del posthumanismo, ¿qué espacio queda para el hombre «clásico», dotado de alma y sentido de la trascendencia?

Creo que una de las principales tareas que hoy en día debe afrontar el humanista es agarrar el toro por los cuernos, sacudir su desinterés e ignorancia respecto a lo que realmente hay de genuino conocimiento en las ciencias naturales y en las humanas, para separar el grano de la paja, recuperando así la fe en la verdad y en nuestra capacidad de reconocerla, lo cual, al mismo tiempo, le servirá para volver a confiar en los valores humanísticos que tan frívolamente ha ido echando por la borda, por considerarlos equivocadamente un lastre que le impedían volar más alto.

 

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