Comemierda

Algunas anécdotas son tan curiosas que es difícil no dejarlas por escrito, aunque el título sea tan directo como el presente. Esta tuvo lugar a mediados de agosto en ese territorio de frontera que limita La Latina con Lavapiés. Me pilló con la guardia baja, paseando con mi pareja. Con la excusa del calor acabábamos de comer un helado.

Los hechos sucedieron en la mayor de las parsimonias. Subíamos por una cuestecilla para ir al centro. Las calles, abarrotadas de la algarabía festiva. El palito del famoso helado (un almendrado) en la basura. Yo iba prestándole atención a ella cuando una sombra que caminaba en sentido opuesto dijo al pasar a mi lado: «ella no es tuya» y, dos metros después, con el descaro de dos espaldas que se señalan, añadió: «comemierda».

Y eso que al terminar de lamer le hice a mi pareja la pregunta habitual. No, no quedaban restos de chocolate ni pa’ luegos. Me cuesta creer que la susodicha, a pesar de su vestimenta oracular, leyese en las arrugas de mi frente el pasado cercano, o mi memoria a corto plazo (¿tengo otra?), o qué se yo. El punto es que Doña Deslenguada siguió empeñada en descender, sin hacer eses y, que yo sepa, sin hablar sola. El comemierda había sido deliberado además de gratuito.

Me gustaba más la idea de recibir un flan o un bizcocho de los vecinos, pero en la ruleta a veces sale el negro.

Tal vez, de haber escuchado la palabrita de marras a la altura correcta, mi boca también hubiera conjurado una palabrota, que léxico tenemos todos. Ciertos individuos (e individuas) se creen por encima del bien y del mal, como si su fascismo moral (otra palabrita de moda) sepultase cualquier doctrina o incluso a la mismísima constitución. O tan solo son idiotas.

Para empeorarlo, estábamos junto a una iglesia. Ni consideración de pecado, oiga. Una rama menos a la que atenerse. Ella siguió cuesta abajo presumiblemente buscando un pico, y yo cuesta arriba con el sabor del chocolate retozando en las encías. Que el azúcar es malo lo sabemos todos, pero ¿es para tanto? Debía ser que sí.

Fíjense en el poder de una única palabra. Borra de un plumazo el peso de la frase anterior, mucho más perturbadora: «ella no te pertenece». Parece el típico mensaje de una sibila en los primeros capítulos de una novela de terror. En unos días lo veré hasta en la sopa.

Como soy un tipo majete hice una relectura del asunto. Poco después, en la misma calle, entré en una librería de segunda mano y adopté cinco libros. El primero, en honor de la filóloga: El planeta de los simios. Los otros cuatro a favor de su cumplido: tres novelas de King y su primera antología. Tal vez se refería a eso.

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