«La vida en el aire», de Alfonso Brezmes

Por Rafael Escobar Sánchez.

Un título que nos lleva al encanto, pero también a la angustia de sentir que se carece de amarres sólidos, de lo etéreo. Pero creo que no solo es un canto a la levedad sino, en un sentido más hondo, a la fascinación de lo impreciso, de cómo rastros borrosos de vida van ganando rotundidad ante la atención de nuestra mirada (“El que nombra”) y nos enseñan sobre cómo es preciso actuar para que la belleza sea una realidad cumplida (“Teoría de la levedad”) aunque sea aceptando el riesgo de que toda sensación de rotundidad o movimiento aparente (como en esa desasosegante parábola que compone “La ciudad nueva”) o concluya en una sensación de fantasmagoría que ponga en entredicho la realidad que alguna vez se dio por sentada (… y al fondo de la foto tú:/entrañable fantasma que los otros/también recuerdan con la misma voz/que cuando estabas vivo concluye el catálogo de sensaciones perdidas de “Los otros”).

Toma forma en muchos poemas una vida que no solo se sueña sino de la que se cree estar permanentemente en su inminencia, como si cada día pudiera ser la antesala del deslumbramiento que lograra simultáneamente la coherencia de lo experimentado y lo escrito (Camino como si cada momento/fuera a sucederme algo extraordinario./¿De qué otro modo podría vivir? anuncia en el comienzo de “Para contarlo”). Y da la sensación de que esa sugerente falta de perfiles claros afecta al amor, concebido como un fluir de huellas sensoriales que se convierten en placer cuando se amalgaman de forma caótica. Aparte de la única emoción con apariencia de asidero ante la incertidumbre (“Wild is the wind”… cuyo título supongo remite a la canción de Bowie) y un placer tan intenso que solo se puede gozar desde los márgenes de la clandestinidad moral (“El buen vampiro”).

Resalta aquí la sensación de que no poseemos la vida, tan solo una terca permanencia sobre el tiempo tan débil que apenas puede sostener el milagro de no sucumbir (“El arte de flotar”), pero que no va nunca en detrimento de saber apreciar y gozar la excepcionalidad de su azar y la potencialidad infinita para reescribirnos que supone cada día (“Nuevo final para Blade Runner”), mientras trabajamos inconscientemente por su persistencia (“La música del mundo”) incluso desde la ignorancia de lo que realmente somos (“El nombre de la rosa”) y el acaso ser feliz mientras nos empeñamos en aspirar a una alegría convertida en ideal imposible (¡Felicidad¡-te llamo, pero nadie/me contesta-. Tal vez solo consista/en no poder pararse a ver/dónde te escondes, porque estoy/demasiado ocupado en ser feliz,/creyendo que estoy triste).

Ese, tomando el título de forma literal, “vivir en el aire” llega a convertirse en alienación, en el complejo de ser un ente robotizado y rígido que crean el miedo o la angustia existencial (“Paisaje antes de la batalla”) y que crece a medida que el paso de los días va ahondando en una traición que no es tanto a los propios sueños como al coraje que requería afrontarlos (Tendré que atarme al mástil de mi cama/para no encallar en esa isla/que unos llaman deseo/y otros sencillamente soledad es el remache triste de lo que pudo ser heroísmo en “Ulises goes home”).

Es interesante leer ciertas partes del libro a la “sombra” de los motivos de la tradición clásica. Por ejemplo, el “Beatus ille”. La búsqueda del propio yo a través de la meditación y el quedar voluntariamente al margen del ruido del mundo (“Lo que el corazón busca entre los bosques”), actitud capaz de cristalizar la resistencia a la que se canta en poemas como “La tempestad”, y que requiere como paso imprescindible una aceptación como hecho espontáneo de la vida perdida (Solo ahora lo entiendes:/Lot era yo, tu juventud perdida/y si no has de mirar atrás/¡no te pares, sigue viviendo! se dice en “Nuevas teorías sobre Lot” un personaje (no el propio Lot sino su esposa convertida en sal) que, después de pasar por Anna Ajmátova o Wislawa Szymborska, bien podría ser considerado ya un pequeño “género” poético.

No menos estimulantes resultan los poemas que cantan dualidades, muchedumbres ocultas dentro de las cosas visibles, como muñecas rusas de seres cuya existencia solo insinuada es un inquietante misterio (“Repeticiones”, “Allegro ma non troppo”), así como la serie infinita de paradojas en que se sustenta el vivir (Si la belleza brilla es por su ausencia,/igual que las estrellas en la noche/nacen y arden, y explotan y se extinguen/solo para que las podamos ver concluye “El mundo al revés”).

Para concluir, creo que quizá La vida en el aire sea el libro de Brezmes en que más merece la pena detenerse en su concepción de la escritura y en el logro efectivo de su estilo. En el que más nítidamente se percibe cómo se va tensionando (elijo ese verbo por su capacidad de sugerir lucha, esfuerzo) hacia la esencialidad. Y en efecto, la escritura parece en ocasiones una agonía, un esfuerzo estéril (pero aceptado como una especie de “fatum” que no puede abandonarse pese a la lucidez de su sinsentido, como apunta “Vanitas”) sugerido con imágenes que alcanzan su mejor fuerza expresiva en la elementalidad (por ejemplo en “El túnel”).

Hay una aspiración a la palabra precisa, a la vez la que nombra lo aparente y descifra el enigma que lleva tapiado dentro todo lo real, convertida en un mundo en el que “aposentarse” como el que Juan Ramón le ofrecía a Dios (El poema-te respondo-/es ese lugar del futuro/que yo elegí para que vivas tú, concluye “Puntos de vista”). El “cuando siento no escribo” de Bécquer parece transmutarse en un “cuando existo no escribo”, poesía que emana no de una distancia objetiva sobre lo contado sino de lo que queda reverberando después de su extinción (en “Lección de canto” o estos versos de “Inacabable”: Así que, si esta tarde no termina/es porque todavía/es siempre el poema, y ahora es toda su verdad).

Parece igual de intensa, o al menos simétrica, otra aspiración al desorden (consciente de que esos hilos dispersos pueden reconstruir toda una vida pasada como en “Otros mundos”), a la anarquía de la escritura automática en que las palabras se proclaman autónomas y se sacuden la tiranía de componer un significado convencional (“Ateología”). También a rechazar toda ambición “faraónica” para ser el testimonio sencillo de la incertidumbre de un hombre (“La medida perfecta”). E igualmente un desafío, un estar serenamente en pie ante el dolor como nos sugiere la sencilla imagen simbólica (y coheniana) del pájaro en el cable de “Poética”: Lo vimos cantar sobre un cable./Casi invisible,/su canción no era una queja,/era una descarga./Saber que podía volar/lo volvía inmune al seísmo.

Ya va siendo hora de concluir (lo era hace por lo menos cuatro párrafos) pero no puedo dejar de mirar una vez más la portada. Esos acróbatas circenses no parecen representar exclusivamente esa “vida en el aire”. Dos de sus brazos se han encontrado pero el otro par queda angustiosamente suspendido en ese elemento tan frágil que no es visible. A un milímetro del abrazo. Y a otro de la muerte. Y así el poeta parece saberse también a la misma mínima distancia entre expresarse y borrarse del todo en el mutismo. Y aún pactar un encuentro entre esos dos polos con una escritura tan sustentada en mínimos que parece querer anularse más que recrearse con placer en ella misma. Milagro alto, y tan extraño como el de San Francisco con sus peces cantando en el lago Rieti, que seamos capaces de seguir adelante, a la par poetas, lectores y hombres comunes, entre un equilibrio tan precario.

Alfonso Brezmes

La vida en el aire

Renacimiento, 2023

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