Antes de que te alcance la muerte

 

 

José Biedma.– El último libro de Emilio López Medina es, como todos los suyos, sugerente y da qué pensar. Me ha resultado tan conmovedor como desolador. Lo primero, porque tiene mucho de confesión autobiográfica y de lamento personal; lo segundo, porque es evidente que ha de ser desoladora y amarga una colección de aforismos que tienen por tema La Soledad no elegida: el desamor y el desamparo.

Que algo sepa amargo no tiene por qué molestar al paladar. Amarga es la cerveza y refresca y alegra sobre todo en verano; la amargura es propiedad organoléptica que valoran como positiva los catadores de aceite, especialmente en la variedad picual (masiva en Jaén), como el picor o el afrutado. Igual que la tristeza y la melancolía (“eco hueco”, le llama Emilio) o tal como la añoranza (tan otoñal), la amargura se puede sublimar y convertir en arte. Hasta la crueldad puede sublimarse; fue lo que hizo Flaubert en su novela histórica sobre Cartago: Salambó.

Aquí no nos referimos a la soledad que uno elige libremente y que suele ser refugio creativo de almas grandes y libres, sino a la soledad que imponen el desamor, la indiferencia del ser querido o la falta de interlocutores válidos. Es como jubilarse y no encontrar pareja para jugar al dominó. Emilio entona el lamento del traicionado o del abandonado, ese que el cantaor flamenco reduce a ayes. En los aforismos de Emilio (algunos más bien epigramas por su extensión o su intención) la soledad es estrella alrededor de la que giran, cual planetas y asteroides, otros temas bien sesudos: la libertad, la palabra, el silencio… Oigo en su tratamiento ecos existencialistas: “Toda decisión es una caja de Pandora. Ese es el miedo a la libertad. Esa es la caja (de sorpresas) que los humanos llevamos bajo el brazo”. Para la libertad, la vida se ofrece como una selva inmensa de posibilidades. Una de ellas es la de convertirse en monstruo, el más solitario de los seres; otra la de entregarse mártir. En general, tiene razón Emilio en esto: “La cosas no cambian si tú no cambias”.

La misma sociedad se antoja a veces como efímera y frágil comunión de solitarios, en la que todos los humanos resultan mendigos de afectos, o de emociones fuertes cuando se aburren. Pesa sobre todo el corazón (depósito de sentimientos) más que la cabeza (repertorio de razones). Corazón que sólo dejamos apartado mientras trabajamos. Y de ahí el valor terapéutico de la ocupación. Algunos se obligan a trabajar mucho para olvidarse de satisfacer deseos o de cultivar sentimientos amables. El trabajo supone –como dijo Hegel– un aplazamiento voluntario de la satisfacción.

Tan duro como la soledad no elegida, entendida por Emilio como ausencia o escasez de interlocutores, es el temor a la soledad. Opino que este es mucho más frecuente en las mujeres que en los varones, aunque puedo equivocarme. La interlocución, la comunicación, llave de toda sociabilidad como comprendió Aristóteles, es imprescindible, porque nutre el YO: “Cuando me nombran o me llaman, parece que soy más yo”. Y eso porque “el yo no es más que un nudo de vivencias, cuyo entrelazar forma a veces una secuencia, o quizá una melodía (en ocasiones de resonancias trágicas y en otras de resonancias alegres), que lleva nuestro nombre”. Comunicación verbal o no verbal, no subsistimos sino como entes en comunicación, lo que explica el éxito de las redes sociales: “Dios, para paliar la soledad de los hombres, creó la sonrisa como puente entre ellos. Los animales son seres solitarios porque no se sonríen el uno al otro”. En efecto, la sonrisa acorta la distancia entre dos almas y genera confianza, que es fundamento para un buen intercambio de bienes y servicios en las sociedades libres. Sin embargo habría que matizar la soledad de los animales, al menos de los superiores, y no sólo porque se acoplan sexualmente, sino también porque intercambian caricias y gestos, aunque ciertamente sin el grado de sofisticación que estos han adquirido en el rostro humano, “espejo del alma”.

Emilio ha sido dramaturgo, tratadista, novelista, además de reputado aforista. La Soledad (Themata, colección Gnomon, 2023) es el quinto de sus elencos aforísticos, repertorios a los que el autor llama “Las Siete Bestias”, cada uno dedicado a una gran cuestión: la ignorancia, la ambición, la diversión, el sexo… No es casual que este último desemboque en soledades. Soledades que -como las de Góngora-, se pueden compartir amable, amistosamente, cosa que no entienden muchos desengañados del matrimonio, quiero decir de la pasión que lo motivó y se apagó. La serie desembocará en un volumen VI dedicado al dolor y un séptimo que, fragmentariamente como todos, referirá al temor.

El conjuro más potente contra la soledad no buscada y padecida triste, como destierro, desamparo u orfandad, es la palabra. A ella le dedica Emilio jugosos aforismos. Porque la palabra puede ser libre, porque es el escape del pensamiento y el desahogo del sentimiento. “Ya no amas a una persona cuando no tengas nada que decirle”. Si no los comunicamos, si los dejamos dentro, los sentimientos se marchitan. “El amor –define– es sobre todo la búsqueda de la palabra del otro, que es lo único que podrías obtener”. El verdadero y más duradero desiderátum de toda relación es la mutua comprensión que otorga la palabra. De ahí la apelación: “Háblame para no sentirme solo”. “Por eso la palabra es algo más que un puente entre los hombres: es una inmersión en los hombres”. “La mirada comprende. La palabra disuelve, colorea, penetra, discute y desmiente lo aprendido por la mirada. El hombre no hace más que mirar y hablar”.

Y sin embargo es cierto que a veces hablamos para ocultarnos detrás de palabras. El charlatán que no tiene interés alguno en conocer a sus interlocutores los condena al silencio con su cháchara inacabable. Sólo busca el eco de lo que dice, disfruta al oírse. Mas también está el que demanda conversación y no dice nada, ¡así no se compromete!, y espera que el otro lo divierta o –al menos– le entretenga. No puedo estar sino de acuerdo con Emilio en que la pregunta es la parte más importante de todo diálogo, reconociendo que, si bien ninguna pregunta puede ser falsa, sí puede ser malintencionada o “retórica” (en el mal sentido de esta palabra).

“La conversación es la aliada de la piedad” y eso aunque siempre nos desorganiza lógicamente, o precisamente por ello. El otro no piensa lo mismo y ello nos duele y desordena, pero se trata de un caos eventual y creativo, que remueve las propias convicciones, contrasta y hasta elimina prejuicios, o amplía la información con que contamos. Hablar ofrece consuelo fácilmente y “quien no habla o no busca oír hablar es que ya no admite consuelo”. “Más que consultorios (sentimentales, económicos…), lo que esta sociedad necesita son consuelatorios (…) El infeliz habla, y el feliz escucha”. Una asamblea o un mitin es por supuesto otra cosa, un lugar en el que se buscan silogismos, se esgrimen sofismas o, todavía peor, donde se emiten consignas, nada parecido a una auténtica comunicación.

Ningún placer –decía Montaigne exagerando– tiene gusto sin comunicación. No negaré la existencia de placeres solitarios, pero es cierto que la comunicación los intensifica. No por otra razón acudimos a ferias, fiestas y saraos. El verdadero solitario –escribe Emilio– es el misántropo al que le gusta comer sin compañía; el tipo que en onanismo permanente todo lo disfruta solo”. No negaré que todos aquejamos algo de misantropía y necesitamos recoger velas de vez en cuando.

Quedan pocas esperanzas en estos latigazos filosóficos cuyos flagelos parecen golpear la espalda desnuda de su autor. A las flaquezas de la razón se unen con los años las del corazón y entonces es necesario que este se endurezca o se rompa. Llega la decepción, la depre; para la persona frustrada las esperanzas son las creencias en ilusiones, ilusiones que se le han ido cayendo a uno como plumas inútiles, como las de aquel gallo que se engreía cantando sobre un montón de estiércol. Desilusionado, desencantado, tal vez entonces se haga uno más sensato; o tal vez enloquezca. Si la pretensión de ser feliz es ridícula y además nos causa sufrimientos y si la esperanza es una forma de masturbación espiritual –como piensa Emilio–, tampoco la locura, que puede elegirse como revancha o protección, se antoja camino de rosas. Por más que la lucidez pueda llegar a ser desgraciada; la locura lo es todavía más y, definitivamente, nos relega y aparta. Nos deja solos, aun divididos.

Emilio se ocupa con perspicacia analítica de las paradojas del perdón, de la reversibilidad e intercambiabilidad de amor y odio, que ya versificó Catulo (amo et odio), y de sus diferencias con el desamor o con la indiferencia (la mayor expresión de desprecio). Y sí, puede que el perdón no sea sólo esa super-virtud cristiana: superdón o supergracia, sino que él mismo exprese indiferencia y, por consiguiente, desprecio hacia el ofensor, pues el que perdona renuncia a jugar el juego de odiar o vengarse.

Menos mal que “Hay una belleza que los años no pueden destruir: la afabilidad, la generosidad, el humor”. Puede molestarnos mucho el hecho de que la persona amable no alcance a ser amada, que precisamente quien merece afecto “lo tenga crudo”. En fin, sólo los buenos, o cuando somos buenos, aman, o amamos. “En otros puede haber pasión, sexo o locura, pero no tendrán capacidad de amar”. Así pues: “Démonos prisa en amarnos; corramos antes de que nos pille la muerte, que ya nos está pillando”.

 

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